Por: Julio César Londoño

Cuestionario para grandes cuentistas

BETUEL BONILLA, EL CRÍTICO DE REnata (la Red Nacional de Talleres de Escritura Creativa de Mincultura), me sometió a un interrogatorio titulado “Cuestionario para grandes cuentistas”.

Seguro pensó que me iba a derretir con este soborno. Que no resistiría esa marquesina tan rutilante. Y sí, acertó. Aquí va su transcripción de mis líquidas respuestas.

Betuel Bonilla: Borges descubrió “la paradoja de la inspiración”: Platón, un clásico, creyó siempre en las románticas musas; veintidós siglos después el romántico Poe, razonando de una manera asaz clásica, definió la creación literaria como un ejercicio netamente intelectual, algo casi matemático. ¿Cómo crea usted?

JCL: Nadie niega que el trabajo, ese “noventa por ciento de transpiración”, es el elemento clave en el proceso de la creación. Pero también es cierto que hay días más fecundos que otros y que a veces a un autor le salen cosas extraordinarias, líneas que están muy por encima de su capacidad, de su manera habitual de escribir, de sentir y de pensar. La única palabra que se nos ha ocurrido para explicar estos milagros se llama inspiración. Darles todo el crédito a las musas es cursi, amén de injusto, lo acepto. Pero negar ese misterio o reducirlo todo a cuestión de sinapsis y neurotransmisores me parece simplista, amén de antirromántico.

BB: Si no es mucho pereque, defina relato.

JCL: Un cuento malo.

BB: ¿Y cuento?

JCL: Edgar y yo pensamos que el cuento debe ser tenso. Puede tener frases sin verbo, prescindir de la poesía, de los finales brillantes (que haya o no un comienzo, es negociable); puede carecer de lo que usted quiera, pero no de tensión. Sin ella, se vuelve una cosa flácida, un bodegón, una postal, un fragmento de novela, un cuadro de costumbres, un merengón, un capuccino sin brandy, todo menos un cuento.

BB: Algunos escritores andan con libreta en mano a la caza de fragmentos de la realidad que les puedan servir como disparadores para la escritura. Otros afirman que la imagen simplemente llega y ya, está lista la semilla del cuento. En su caso ¿cuál es ese momento inicial para la escritura de sus cuentos?

JCL: Yo no cargo libreta ni escribo en los cafés. Mi exhibicionismo no ha llegado a esos extremos… A veces el cuento está tirado en la calle y sólo es cuestión de recogerlo. En ocasiones obro more geometrico y me digo: la lotería (o el sexo, o el crimen, o la sabiduría) es una obsesión universal, y a partir de esa nada, de ese átomo mínimo y comercial, invento una historia. El “momento inicial para la escritura” es demasiado serio como para estar improvisando. Por eso le doy vueltas al asunto en la cabeza unos días y sólo cuando tengo un cigoto sólido me atrevo al lápiz. Como puede ver, querido Betuel, puros nervios, otro misterio del oficio.

BB: Liste diez cuentos imprescindibles.

JCL: Continuidad de los parques (Cortázar), Taibel y el demonio (Singer), Tlön, Uqbar, orbis tertius (Borges), La aventura de Tse-i-La (Villiers de L’isle Adam), Necesitaba una historia de amor para contarla (Roberto Rubiano), El rey del Honka Monka (Tomás González), La última carta (José Zuleta), A la diestra de Dios Padre (Tomás Carrasquilla), Al final del coche cama (Óscar Collazos), Un recuerdo de navidad (Truman Capote), La sangre en el jardín (Ramón Gómez de la Serna), Enoch Soames (Max Beerbhom), Los ganadores de mañana (Holloway Horn), El brujo postergado (don Juan Manuel).

BB: ¿Ninguno de Mutis?

JCL: No. Es muy bueno titulando pero después se pone poeta, es decir, flácido.

BB: He leído en alguna parte que Roberto Arlt escribía mal; sin embargo, qué cuentos los suyos, ¡nos llegan hasta el fondo! ¿Cómo es posible eso? En su caso ¿en qué se fija a la hora de juzgar el mérito de un buen cuento?

JCL: Cortázar inventó la expresión “historias con significación” para justificar su amor por los cuentos malos, como los de Arlt y Chejov —dos cuentistas excéntricos que privilegian la humanidad sobre el ajedrez—. Bueno, soy injusto, Arlt no es tan malo como Chejov… pero ¿cuál era la pregunta? Ah, gracias. Hasta la semana pasada pensé que los cuentos de ingenio eran lo máximo (el ajedrez). Hoy he entendido que el “cuadrivium” precisión, humanidad, cinismo y tensión es suficiente. Es decir, que cuentos sin ingenio pero cargados de humanidad, buena prosa y una pizca de perversión (por ejemplo Cartas a mamá, de Cortázar) pueden llegar a ser inolvidables.

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