Opinión |30 Abr 2010 - 8:47 pm
Como al pasto el rocío
Por: Adolfo Meisel Roca
EN ESTOS TIEMPOS ELECTORALES tan cargados de ruidos, ataques, promesas, autoelogios, mentiras, verdades a medias y zalamerías, sí que es verdad que la poesía, como lo dijo Pablo Neruda en el Poema 20, nos “… cae al alma como al pasto el rocío”.
Entre los placeres del diario vivir, ninguno es tan esquivo y tan económico como el disfrute de la poesía. Esquivo, pues no siempre encontramos el momento o el estado de ánimo para deleitarnos con los subterráneos ritmos del verso; económico, porque muchos atravesamos la vida con las obras de unos pocos poetas mayores, que a veces incluso tienen una producción bastante breve. Es decir, se requiere de una inversión en libros más bien modesta.
Desde hace muchos años la poesía me ha acompañado como bálsamo para el alma en los momentos más aciagos. A veces también en los más felices, porque donde ronda el amor la poesía siempre está al acecho. Una de las múltiples ventajas de alcanzar una edad madura es que permite ver las etapas anteriores de nuestra vida con claridad y así entendernos mejor. En esto de los poetas de nuestra predilección creo parecerme a muchos latinoamericanos de mi generación.
El primer amor vino acompañado por Neruda, por supuesto. Todos los Veinte Poemas y la Canción Desesperada, entre otras cosas del chileno. Pero también tuve la fortuna de haber disfrutado la obra de los poetas románticos ingleses: Blake, Coleridge, Wordsworth, Shelley.
La edad adulta me llevó a las orillas de una obra libresca y con lecho de aliteraciones milenarias, la del más latinoamericano de los poetas nuestros: Jorge Luis Borges. Éste le cantó a los tigres, a los laberintos y a su ancho mundo literario:
Mis libros (que no saben que yo existo)
son tan parte de mí como este rostro
de sienes grises y de grises ojos
que vanamente busco en los cristales
y que recorro con la mano cóncava.
La edad adulta trae nuevas sensibilidades, o más bien resalta o nos regresa a sentimientos que hemos tenido adormecidos por años, como la dimensión espiritual de nuestra existencia. Muchos críticos consideran que la poesía en español tiene su exponente mayor en San Juan de la Cruz. En su obra, el misticismo católico llegó a su más alta cima.
Pero a pesar de que todos los que necesitamos el agua fresca de la poesía para vivir plenamente tenemos nuestra selección de poetas inamovibles, muy de vez en cuando aparece un poeta que nos llega con una voz nueva y eterna. Un Derek Walcott, por ejemplo, no se descubre todos los días. Asimismo, disfrutado, gracias a la generosa promoción de su obra por parte de escritores como William Ospina, Enrique Serrano y Juan Gustavo Cobo Borda, de la poesía del cienaguero Fernando Denis, dotada de una inusual fuerza renovadora. Su último libro, La geometría del agua (2009), es una fiesta de las palabras y de la vida: aunque infortunadamente demasiadas veces en este país no se respeta ni lo uno, ni lo otro. Concluyo con unos versos de Fernando Denis:
Hay tanto amor en cada cosa que veo, en cada cosa invisible.
Enamorarse es ver lo que otros no ven.
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