Jaime Arocha 22 Oct 2008 - 8:37 pm

Ideología y racismo

Jaime Arocha

HACE DOS SEMANAS, EN ESTE ESPAcio me referí a la forma como la película Perro come perro naturaliza la fortaleza particular que supuestamente caracteriza a los cuerpos de la gente negra. Hoy escribiré acerca de la contribución que esa misma cinta hace para que el público acepte como algo natural el que los africanos y sus descendientes dizque sean sumisos y presas de conductas irracionales.

Por: Jaime Arocha
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La representación que hizo el director Carlos Moreno involucró ceremonias de la religión de los orichas, cuya divulgación pública puede considerarse una profanación, en particular porque la película reduce esos ritos a usos de hechicería. En la primera escena, una anciana negra va amarrándole con cintas negras los dedos de los pies a William Medina, un hombre también negro quien yace en su ataúd. Antes de que cierren el féretro y lo metan a la fosa, ella le pone un atadito debajo de sus manos yertas para que su asesino, el sicario Eusebio Benítez, enferme y muera. Más adelante, la misma mujer reforzará los maleficios leyendo el humo de un tabaco, ahogando a un ciempiés y clavándole una aguja a un muñeco, porque el cuerpo de Eusebio permanecía inmune. Ella no hace todo esto por voluntad propia, sino por orden de su patrono don Pablo, quien aspira a vengar la muerte de su ahijado, asesinado en Buenaventura.

Cuando la magia negra por fin comienza a operar, Eusebio recurre a un santero de un barrio obrero de Cali, quien le asegura que es víctima de hechizos muy poderosos. Por eso sigue poniéndoles velas a las tres potencias del altarcito que tiene al pie de la cama, en la habitación de su hotelucho en el centro de la misma ciudad. Bruja y víctima carecen de autonomía. Están condenados al destino de sumisión que les impone la voluntad del mafioso blanco.

Dentro de mi grupo de trabajo, he planteado mi inquietud con respecto a si los creadores de este filme han ejercido la libertad de expresión propia de las democracias o si más bien han quedado atrapados por lugares comunes del cuerpo fuerte y el alma sumisa de antecedentes antiguos, como la novela El Alférez Real de Eustaquio Palacios. Publicada a comienzos del siglo XIX, versa sobre las relaciones entre blancos y negros que tuvieron lugar en la hacienda Cañasgordas y el Cali de los años de 1780. Luego, a finales del XIX, apareció María con una aproximación comparable a los nexos de Nay y otros africanos con unos captores blancos y bondadosos.

A esos lugares comunes los contradicen científicos como Germán Colmenares y Michael Taussig, quienes desde el decenio de 1970 comenzaron a revelar versiones alternativas del pasado. Con respecto a esas historias, basadas en las voces de los cautivos africanos y sus descendientes, y no en las de los esclavistas, uno tendría que comenzar por decir que entre las regiones del país, la que muestra la película de Moreno es la que más apellidos africanos conserva, como Lucumí, Balanta y Angola. Ese rasgo tiene que ver con el rechazo a ser rebautizados con los apellidos de sus amos, en el marco de la resistencia pertinaz contra el corte y alce de caña de azúcar, entre otras formas de sujeción propias de haciendas de trapiche como Pílamo y Japio, precursoras de ingenios que como Cauca o Cabaña hoy escenifican las protestas de los corteros. Extrañamente, ahora los medios poco se refieren a las reivindicaciones de los huelguistas en pro de su bienestar, sino se concentran en el alegato oficial de la infiltración terrorista, además de dejar vacíos referentes a la escasez de agua para el consumo humano acarreada no sólo por la prioridad de producir etanol, sino por los contaminantes químicos que arroja la industria a los lechos de las quebradas.

En el norte del Cauca, los corteros y alceros negros sí practicaban la brujería, pero no en la sumisión, sino para que cada golpe de sus rulas esterilizara la tierra y la caña dejara de crecer. Héroes negros como Cenecio Mina, un rebelde de la Guerra de los Mil Días, hacían pactos con el diablo, pero para ser más fuertes en su lucha contra los oprobios que practicaban sus antiguos esclavizadores de esa misma zona del país.

Estas narrativas nacidas de las palabras subalternas no son clandestinas. Es fácil consultar a historiadores como Francisco Zuluaga o Mario Diego Romero, quienes les han dado continuidad a los aportes de aquellos que en los años 1970 sacaban a la luz relatos que no se limitan a entronizar en los altares de la patria a aquellos que mantuvieron a los africanos y a sus descendientes en la sujeción y la ignominia. Enfocar esa otra historia sí es una forma de ejercer la libertad de expresión. Por el contrario, reiterar los estereotipos y profanar descuidadamente universos simbólicos sagrados para los afrodescendientes es un medio de propagar la ideología que sustenta el racismo. Por eso hallo esa práctica inseparable de la dificultad para obrar con justicia con respecto a las peticiones de los corteros de caña del norte del Cauca.

* Grupo de Estudios Afrocolombianos, Centro de Estudios Sociales, Facultad de Ciencias Humanas, Universidad Nacional de Colombia

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