Opinión |24 Oct 2008 - 10:37 pm
La lógica de la muerte
Por: Julio César Londoño
LA SEMANA PASADA ASISTÍ A UN FOro en el que los matones del conflicto exponían, con lógica impecable, sus razones para destripar prójimos. Me hicieron recordar Platoon de Oliver Stone, una película sobre el “software ético” de un guerrero, un sicótico, un estratega y el héroe (Charlie Sheen).
El guerrero es una máquina de matar. Asesina soldados vietnamitas por decenas y fríamente pero en franca lid, y nunca toca a un civil. Es un hombre respetuoso de los derechos humanos. Human Rights Watch podría ponerlo de ejemplo ante los jóvenes del mundo.
Hay una escena brutal: un soldado americano interroga a un muchacho vietnamita. El muchacho no puede responder porque sufre retardo mental. El soldado no puede entender porque es sicótico. Entonces lo mata de un certero culatazo en el esternón. Hasta aquí, todo bien. Lo maluco es que acto seguido el soldado le tritura el cráneo con 17 culatazos inútiles. Redundantes. La inocencia de los dos hombres le confiere a la escena un asco especial.
El estratega ama el genocidio. Masacra tandaladas de niños vietnamitas porque pueden ser estafetas de la guerrilla; masacra viejos, por temor a su sabiduría; y mujeres porque su amor fortalece a los guerrilleros. Y engendra más guerrilleros. (El miedo es el primer móvil del asesinato. Matamos al señor K porque sabemos, o imaginamos, que nos puede hacer daño).
Y está el héroe, el simpático Sheen, un muchacho que no mata una mosca. Se la pasa contándole al papá desde las trincheras los horrores de la guerra en cartas temblorosas hasta el día en que, desesperado, mata a tres hombres para salvar la vida de su mejor amigo.
Los cuatro fueron tácitamente absueltos por el guionista y, estoy seguro, por los millones de espectadores de la película: por insania el sicótico, por logística el estratega, por su respeto al DIH el guerrero y por buen amigo el héroe.
En el foro citado arriba, los argumentos no fueron menos lógicos. Por algo somos un país de pistoleros retóricos, y nunca nos han faltado argumentos para disparar. Así, el Gobierno azuza sus perros de presa –ejército, policía y paramilitares– contra las bacterias del organismo social: la subversión, la delincuencia común y hasta contra los mismos paramilitares, porque de vez en cuando hay que guardar las apariencias, doctor.
Los paramilitares, por su parte, no se cansan de repetir que ellos no hacen sino darnos la mano al Estado en el combate contra la subversión, y proteger los bienes y la vida de los ciudadanos que el Estado no puede proteger, y uno tiene que amarrarse las manos para no aplaudir rabiosamente el discurso de estos próceres.
La guerrilla dice luchar contra una de las clases políticas más corruptas y uno de los aparatos policiales más tenebrosos del mundo, y uno queda ñongo.
La delincuencia común arguye que es el sector más vigoroso de la economía nacional, y un eficaz mecanismo de redistribución del ingreso; que en este país no hay empleo, que ellos no se pueden dejar morir de hambre, y que el rebusque no se puede reglamentar porque es libre empresa, neoliberalismo puro.
En suma, nos sobran razones para morir. Ojalá tuviéramos tantas razones para vivir. Ojalá recordáramos que la vida es una arcilla moldeable a la que debemos darle forma y sentido con sueños, estudio, trabajo y canciones. Si no nos acompañan estas gracias, la vida es un vacío, un agujero negro que exige grandes cantidades de esa cosa frívola y plástica, el dinero. Y la manera más rápida de adquirirlo es disparando como los delincuentes o desfalcando como los políticos o especulando como los banqueros o explotando como los industriales o con ‘torcidos’ menores como hace el resto, la gente sin ambiciones.
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