Por: José Fernando Isaza

Geoingeniería (II)

EL PAPEL DE LAS NUBES EN EL CALENtamiento global no es completamente claro. Por una parte la mayor nubosidad al reflejar radiación térmica al espacio contribuye a disminuir el efecto de invernadero, pero la nubosidad actúa como fuente de radicación a la media y baja atmósfera y en esta forma se aumenta la temperatura.

Los modelos físicos matemáticos no han permitido obtener una contundente respuesta. Lo que sí es claro es que las pequeñas gotas de agua o hielo al dispersar la luz solar contribuyen a reducir la temperatura de la tierra. Lo mismo ocurre con los cristales salinos, que al evaporarse el agua del océano forman nubes de baja altura; los cristales de sal duran poco tiempo en la atmósfera. Un geoproyecto consiste en construir sobre grandes barcazas altos rotores que inyecten a la alta atmósfera agua de mar rica en cristales de sal. Aunque factible técnicamente esta idea tiene varios problemas. Aún no se ha realizado ninguna prueba piloto, y los cambios de clima pueden ser no predecibles.

Una de las más extendidas ideas es “capturar” el dióxido de carbono. Una forma es inyectarlo debajo de la superficie en antiguos depósitos de petróleo o gas. En escala limitada esto se hace en Noruega, para la petrolera Statoil es más económico reinyectarlo que pagar el impuesto de US$50 por tonelada de anhídrido carbónico emitido a la atmósfera. Por motivos diferentes algunas petroleras inyectan el dióxido de carbono en los yacimientos petrolíferos en vías de agotamiento. De esta forma se aumenta la capacidad de recuperación del petróleo.

Los profesores Broecker y Kunzing plantean que casi cualquier sistema que emplee menos energía para recuperar el dióxido de carbono que el producido con esa cantidad de energía puede ser una solución viable. Proponen construir reactores en los cuales al circular el anhídrido carbónico de la atmósfera, reaccione con los químicos y se formen carbonatos. Por supuesto esto requeriría enormes superficies y una actividad minera que casi duplica la actual. Para tener una idea de la magnitud, los profesores calculan que si se licuara todo el anhídrido carbónico producido anualmente por la quema de combustibles fósiles —29.000 millones de toneladas—, ese líquido esparcido sobre Manhattan alcanzaría la altura del piso 85 del Empire State Building. El volumen de los carbonatos producidos es mayor.

Las mejores soluciones están por el camino de la eficiencia energética. De no lograrse una disminución del efecto de invernadero, una idea recurrente es depositar el anhídrido en las profundidades marinas. El océano naturalmente lo hace pero tarda siglos en que las corrientes submarinas realicen el trabajo. El aumento del anhídrido carbónico está hoy causando acidificación en la superficie de los mares, poniendo en peligro el equilibrio biológico y afectando en particular los corales. La presión del agua a más de 3.500 metros hace que la densidad del anhídrido sea superior al agua de mar garantizando que puede permanecer en el fondo marino. Si hay minerales en ese fondo puede reaccionar lentamente y formar carbonatos. Se han realizado algunos experimentos locales con resultados esperanzadores.

No hay “almuerzo gratis” en la disminución del efecto invernadero; las otras soluciones como son la expansión de la energía nuclear pueden tener mayores costos geopolíticos y traen el recuerdo de Chernobyl.

* Rector Universidad Jorge Tadeo Lozano.

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