Opinión |1 Dic 2008 - 8:46 pm

Thomas L. Friedman

Todos caen

Por: Thomas L. Friedman

PASÉ LA TARDE DEL DOMINGO ANterior examinando atentamente un gran reportaje del New York Times escrito por Eric Dash y Julie Creswell acerca de Citigroup. Quizá examinando no sea la palabra correcta. El artículo de primera plana, titulado “Citigroup paga por su prisa por el riesgo”, de hecho me dejó lleno de náuseas.

¿Por qué? Porque exponía muy claramente —usando al Citigroup como principal evidencia— cómo algunos de nuestros banqueros mejor pagados en el país eran tontos tenidos en una exagerada estima, que no tenían la más mínima idea de qué estaban vendiendo, o codiciosos cínicos que sí lo sabían y se hicieron los de la vista gorda. Sin embargo, no fueron solamente los banqueros. Este sobrecalentamiento financiero involucró un extenso rompimiento nacional de la responsabilidad personal, regulación gubernamental y ética financiera.

Hubo muchísima gente en eso: personas que no tenían nada que hacer comprando una casa, sin un pago inicial y nada por pagar a lo largo de dos años; gente que no tenía nada que hacer impulsando esas hipotecas, pero que ganaron fortunas haciéndolo; personas que no tenían por qué vincular esos préstamos a valores en garantía y venderlos a terceros, como si fueran bonos AAA, pero ganaron fortunas haciéndolo; gente que no tenía razón para clasificar esos préstamos como AAA, pero ganó fortunas haciéndolo; así como personas que no tenían por qué comprar esos bonos y ponerlos en sus balances generales para que, de esta manera, pudieran ganar un rendimiento un poco mejor, pero ganaron fortunas haciéndolo.

Citigroup estuvo involucrado, y ganó dinero a partir de eso, en casi cada eslabón de esa cadena. Además, los ejecutivos del banco, incluidos, aunque resulte triste verlo, el ex secretario del Tesoro Robert Rubin, no tenían la más mínima idea con respecto a los imprudentes instrumentos financieros que estaban creando, o estaban tan enredados en el compadrazgo entre los gerentes de riesgo del banco y quienes asumían los riesgos (y por tanto, comprados por sus bonos) que no tuvieron interés en detenerlo.

Estas son las personas a quienes el contribuyente fiscal de Estados Unidos rescató este lunes con lo que podrían ser hasta 300.000 millones de dólares. Probablemente no teníamos alternativa. Habría sido catastrófico permitir que Citigroup tan sólo se viniera abajo. Pero, cuando el gobierno lanza un rescate que podría terminar representando cientos de miles de millones de dólares en 48 horas, pueden apostarle a que habrá consecuencias no planeadas. Muchas, muchísimas.

Además, presten atención al soberbio ensayo de Michael Lewis, “El final del auge de Wall Street (I)”, en Portfolio.com. Lewis, quien fue el primero en hacer una crónica de los excesos de Wall Street en “Liars Poker”, presenta perfiles de algunas personas decentes en Wall Street que intentaron exponer la bacanal en el crédito —incluida Meredith Whitney, analista bancaria poco conocida que declaró, hace ya más de un año, que “Citigroup había manejado tan mal sus asuntos que necesitaría abatir sus dividendos o terminaría en la quiebra”, escribió Lewis—.

“Esta mujer no estaba afirmando que los banqueros de Wall Street eran corruptos”, agregó. “Ella estaba diciendo que eran estúpidos. Su mensaje era claro. Si ustedes quieren saber lo que valen realmente estas firmas de Wall Street, examinen atentamente los miserables activos que ellos adquirieron con enormes sumas de dinero prestado, e imaginen cuánto obtendrían en una venta de remate por más de un año ahora. Whitney ha respondido a los alegatos de banqueros y corredores de bolsa en el sentido que ellos ya habían superado sus problemas con esta amortización o aquel aumento de capital con su propio alegato: están equivocados. Aún no enfrentan el lamentable manejo de sus negocios”.

Lewis también siguió a Steve Eisman, el inversionista de fondos de cobertura o alto riesgo que atendía en las primeras etapas las hipotecas subprime (conocidas como préstamos de última oportunidad, a mayores tasas de interés, para gente que no calificarían normalmente) e hizo una venta corta (esto es, la venta de títulos o valores sin tenerlos en cartera) de las empresas involucradas en ellas, como Long Beach Financial, perteneciente a la Washington Mutual.

“Long Beach Financial”, escribió Lewis, “estaba sacando dinero por la puerta tan rápidamente como podía, al tiempo que se hacían muy pocas preguntas, en préstamos programados para autodestruirse. Se especializaba en pedirles a propietarios de casas con mal crédito y sin comprobantes de ingresos que no depositaran pagos iniciales y pospusieran los pagos de intereses por todo el tiempo que fuera posible. En Bakersfield, California, a un mexicano que pizca fresa, con ingresos anuales por 14.000 dólares, quien no domina el idioma inglés, le prestaron hasta el último centavo que él necesitaba para comprar una casa de 720.000 dólares”.

Lewis prosiguió: Eisman sabía que los prestamistas de los denominados subprime podían tener mala reputación. “Lo que él subestimó fue la plena complicidad desvergonzada de la clase alta del capitalismo estadounidense. Nosotros siempre formulamos la misma pregunta, dice Eisman. ¿Dónde están las agencias que clasifican el crédito en todo esto? Y siempre acaba viendo la misma reacción. Una rígida sonrisa. Él se comunicó con Standard & Poor’s y preguntó qué pasaría con las tasas de incumplimiento si los precios de bienes raíces se desplomaban. El hombre en S&P no lo sabía: su modelo para precios de viviendas no tenía capacidad para aceptar números negativos. Ellos meramente estaban dando por hecho que los precios de las viviendas seguirán aumentando, dice Eisman”.

Fue así que llegamos a este punto: casi un rompimiento de la responsabilidad en cada eslabón de nuestra cadena financiera, y ahora rescatamos a las personas que nos trajeron a este punto o corremos el riesgo de una caída total del sistema. Este es el pago por nuestros pecados.

Yo solía decir que nuestros hijos pagarían un alto precio por esto. Pero, de hecho, es nuestro problema. Durante los tres años próximos, todos vamos a estar trabajando más arduamente y por menos dinero, así como con menos servicios gubernamentales si nos va bien.

*Ganador de su tercer Premio Pulitzer a comentarios editoriales en 2002 por sus columnas en ‘The New York Times’. c.2008. The New York Times News Service.

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