Opinión |5 Dic 2008 - 8:58 pm
Itinerario
La ciudad de las joyas
Por: Diana Castro Benetti
Nacemos y quisiéramos que nuestro ombligo fuera el centro del mundo, un pecado de vanidad que suena a razón justa cuando nos percatamos que, a través de ese nudo, hemos sido parte de un universo compartido.
El ombligo, cruce entre las intenciones propias y los otros viajeros, es el lugar donde se pierden las líneas de los destinos y se enrosca la sensación de pertenecer. Es un punto que por concreto, redondo e inútil, amarra el mundo a nuestra célula más antigua.
Y pocos se atreverían a imaginar siquiera que existe una ciudad escondida detrás de él. Un territorio a la medida de nuestra huella personal que contagia de vida con sus movimientos y tesoros indicando las rutas de diversión, de gozo o de poder. Detrás del ombligo, en la mitad de la columna vertebral y en la vía hacia el área lumbar, existe manipura, el mejor centro de acopio y almacenaje de energía que abastece cada célula y cada rincón corporal.
Centro desafiante de información y un entramado condensado de cableados delicados, finos e invisibles que se parece más a un pedacito de cielo con los colores del infinito ubicados entre el arriba y el abajo, el frente y el costado, el atrás y el adelante. En el medio de nuestras ilusiones, existe una esfera de energía dorada tan resplandeciente que se hace pública cuando nos dejamos invadir por las generosidades o encontramos a los demás tan apasionantes, creativos y provocadores como si fueran maestros del camino.
En el sistema de conocimiento del yoga, el tercer chakra evoca la intensidad de lo precioso, la locura de lo magnífico, la contundencia de lo creativo, el poderío de la existencia y la provocación de los opuestos. Es el centro de poder que recibe y genera y que, como toda metrópoli diversa, despierta y activa, aloja habitantes desalmados o seres espléndidos. Agitado y convulsionado, cristalino o desordenado, puede ser también refugio de paz y plataforma para observar deseos, emociones y acciones.
Inflar el ombligo, desinflarlo otra vez para volver a empezar con respiraciones profundas, intensas, activas y despiertas, es la entrada para amaestrar vanidades, orgullos y hasta las más indecentes ambiciones porque en manipura no se es inerte, no se pasa de largo, ni tampoco lo que sucede queda igual. En esta ciudad de joyas preciosas y el lugar para la trasmutación, sólo con la intención puede brillar la fuerza, esa que incita a la dulzura.
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