Opinión |6 Dic 2008 - 10:00 pm
Palabras combativas
Aliados en Bombay
Por: Christopher Hitchens
FORMA PARTE DE LA NATURALEZA humana mencionar cualquier conexión personal cuando se brinda solidaridad. Por lo tanto, diré brevemente que en mi primera visita a la India, en 1980, me hospedé en el hotel Taj Mahal de Bombay, visité el Portal de la India y tomé un barco para la isla Elephanta.
Recorrí la magnífica estación ferroviaria, asistí a mi primer festival diwali en la playa Juhu y deambulé por el asombroso “alféizar” que todavía era conocido —por su deslumbrante ensartado de luces— como Queen’s Necklace (El collar de la reina). No obstante lo bella que pueda ser cierta arquitectura británica del siglo XIX, Bombay es esencialmente un triunfo indio, y un logro de todos sus pueblos, desde los católicos de habla portuguesa hasta los parsis que adoran a Zoroastro. (Los judíos de la secta Chabad-Lubavitch, discípulos del rabino Schneerson, son relativamente recién llegados, pero los judíos provenientes de Bagdad han vivido en Bombay por tiempo inmemorial, y hubo judíos en la India desde antes de Cristo. Hasta la semana pasada no había sido atacado un solo lugar judío en la India).
Cuando Salman Rushdie escribió en su novela de 1995 The moor’s last sigh, que “aquellos que odian a la India, aquellos que buscan arruinarla, tendrían que arruinar Bombay”, aludía a las chauvinistas hindúes que intentaron ejercer su propio monopolio en la ciudad y la rebautizaron Mumbai, en homenaje a una diosa hindú.
Todos colaboramos con esto, del mismo modo que la mayoría de los periódicos y estaciones de televisión, que le hacen un favor a la junta militar birmana al usar el falso nombre de Mianmar. (El hospital de Bombay y la bolsa de valores, ambos objetivos de los terroristas, siguen siendo llamados de manera correcta por la mayoría de las personas, del mismo modo que Bollywood retiene su B).
Esto podría parecer un detalle, pero no lo es, porque lo que está en juego es el concepto total de una ciudad cosmopolita abierta a sus propios ciudadanos y al mundo —una ciudad en el modelo de Sarajevo o Londres o Beirut o Manhattan—. Existe, por supuesto, una razón por la cual esas ciudades atraen la ira y el aborrecimiento de los fanáticos religiosos. Para los puros y santos, la mera existencia de este tipo de lugares es una profanación. De un modo más pequeño, lo mismo es cierto del hotel Islamabad Marriott, donde acostumbraba a hospedarme. Era un lugar de encuentro para los extranjeros. Tenía un bar donde las reglas de prohibición paquistaníes no se aplicaban. En sus salones, comedores y espacios públicos se destacaban las mujeres asiáticas que mostraban sus rostros. Y entonces, tuvo que ser destruido, como si se hubiera tratado de Sodoma o de Gomorra.
Espero no hallarme solo cuando considero que las declaraciones sobre los ataques en Bombay por parte de nuestros políticos resultan anémicas e insípidas, o que la cobertura de los medios de comunicación sobre el desastroso y criminal ataque se concentró de manera provinciana en el destino de los norteamericanos visitantes o residentes.
La India está emergiendo de muchas maneras como nuestro aliado más importante. Es un fuerte contrapeso regional ante Rusia y China. Sin idealizarla demasiado, es una enorme democracia federal y secular. Está basada, como Estados Unidos, en el pluralismo étnico y religioso. Sus figuras políticas, económicas y literarias, hablan inglés mejor que la mayoría de nosotros. Su parlamento en Nueva Delhi —el increíblemente diverso y dignificado Lok Sabha— fue ferozmente atacado por gánsteres islámicos y casi destruido en diciembre de 2002, una fecha que debería obligar a más norteamericanos a prestar más atención, no menos. Desde entonces, Bombay ha sido asaltada múltiples veces y la embajada India en Afganistán volada por los aires. Y eso, con la complicidad de las mismas fuerzas paquistaníes que están ayudando al renacimiento del Talibán.
Sería bueno escuchar del presidente de Estados Unidos y del presidente electo que consideramos los ataques al tejido y a la sociedad de la India con una seriedad muy especial. Son ataques a un amigo cercano que estuvo batallando contra Al-Qaida mucho tiempo antes de que lo hiciéramos nosotros.
Y debería enfatizarse, como respuesta, que nuestra cooperación militar y financiera y nuclear y de contrainsurgencia con Nueva Delhi tendrá un perfil mucho más alto, no más bajo. El pueblo de la India necesita escuchar esto, como también los enemigos de la India, que asimismo son nuestros enemigos jurados.
Aparece la inevitable pregunta: ¿tuvo nuestro aliado nominal, Pakistán, alguna participación en esta atrocidad? En cierto sentido, formular la pregunta es contestarla. Ya sea que intentemos aludir al “propio” Al-Qaida o a algunas de las formaciones armadas cachemiras que han sido mencionadas en los últimos días, es posible encontrar algunas conexiones preexistentes con la ISI, la agencia de interservicios de inteligencia paquistaní. Otro sospechoso concebible es el ex lord del crimen de Bombay Dawood Ibrahim. Es buscado por las autoridades indias, pues se cree que ordenó dinamitar la bolsa de valores de Bombay en 1993, con saldo de 300 civiles muertos. Ibrahim, durante mucho tiempo un fugitivo de la justicia, vive sin problemas en Karachi, el principal puerto de Pakistán. No es un mal lugar para organizar un equipo de asalto anfibio que actuó como si hubiera sido entrenado por militares de gran profesionalismo.
En contraste con la repugnante eficiencia y premeditación asesina de los atacantes, está el patético amateurismo y cinismo de su propaganda al llamarse a sí mismos Deccan Mujahedeen. En las lecciones de geografía de mi adolescencia yo aprendí que el Deccan era una meseta y plana, no una región o una identidad. Es una parte del profundo interior de la India; sus muy diversos habitantes en todo caso ¡nunca arribarían a Bombay en una lancha de gran velocidad! Es bastante alentador en cierto sentido que esto es lo mejor que los guerreros santos pueden hacer para encubrir su ataques. Pero tal vez vuelvan a aparecer los ingenuos occidentales —como ocurrió con los ataques en Estados Unidos y Gran Bretaña y Turquía y Túnez— que afirmarán que nada de esto habría pasado si no fuera por la política exterior de George W. Bush y de Tony Blair. (No contengo mi respiración, pero para el momento de redactar este artículo, es asombroso que aún no se haya escuchado nada de esa babosa facción).
Algo impresionante sobre la India es el modo en el cual viven tantos ciudadanos musulmanes con mayores perspectivas de paz y prosperidad que en Pakistán. Este nivel de integración es uno de los muchos objetivos de los atacantes suicidas y es otra razón por la cual una firme solidaridad con la India es la necesidad más apremiante de la hora presente.
*Periodista, comentarista político y crítico literario, muy conocido por sus puntos de vista disidentes, aguda ironía y agudeza intelectual. (Traducción de Mario Szichman). c.2008 WPNI Slate
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