Por: Juan Carlos Botero

Otro fracaso de la educación

EL HOMBRE DEPENDE DE SU APRENdizaje. Nacemos con instintos pobres e ignorancia total, y lo que no aprendemos (porque alguien nos lo enseña o porque lo descubrimos por nuestra propia cuenta) nunca lo sabemos.

Lo anterior es menos obvio de lo que parece, y se resume en una frase: somos lo que aprendemos. Los animales nacen con la información que necesitan tatuada en su código genético. Por eso, el arte de las abejas de fabricar la miel no se enseña. Se da. El conocimiento es heredado. Y, por eso, una gacela nace en la sabana africana y en seguida reconoce a su madre; al poco tiempo está erguida por sus propios medios y, sin que nadie se lo diga, identifica el peligro y huye de la fiera que se arrima, sigilosa, entre la hierba.

En cambio, el hombre necesita que le enseñen todo, desde lo más básico a lo más complejo. Su condición es tan precaria que uno de los rasgos que nos define como humanos, el ser bípedos, tiene que ser enseñado (y en forma correcta) para que la persona camine bien. Los famosos niños lobos, que han sobrevivido solos en la selva, andando en cuatro patas, lo demuestran. Somos inermes sin la enseñanza. Hace un tiempo se hizo un experimento revelador. Un pediatra colocó un vidrio grueso entre un par de cajas altas, y el bebé que era llamado por su madre para atravesar la superficie transparente, lo hacía feliz, gateando sobre lo que parecía el vacío. Eso no lo haría nunca un animal. Ante el aparente vacío, éste frenaría en seco.

Lo cierto es que nada refleja tanto nuestra dependencia del aprendizaje como lo mal que hacemos lo que no se nos enseña. Por desgracia, éstos son los temas más importantes de la vida. Nadie nos enseña a hacer el amor, y por eso los jóvenes aprenden a las malas en los burdeles, y las niñas se someten, muertas del miedo, sin saber cómo valer sus propias sensaciones. Nadie nos enseña cómo ser padres, y por eso cuando nace el primer hijo, todo lo que hacemos está marcado por el miedo y la ignorancia. Lo grave no es sólo que desconocemos las tareas más elementales, desde cómo cambiar un pañal y bañar a la criatura, sino que no sabemos cómo educarla, cómo combinar la disciplina con el amor (sin caer en la severidad excesiva), o cómo orientar hacia la felicidad (sin caer en la malacrianza). Ante semejante ignorancia, copiamos lo que vimos de niños, pero como a nuestros padres les pasó lo mismo (incluso peor, pues había menos conciencia al respecto), terminamos repitiendo los mismos errores.

Se dice en broma que los hijos nacen sin un manual bajo el brazo. Pero, ¿por qué? Después de tantos siglos, y si hemos sido capaces de dar brincos en la superficie de la Luna, se podría pensar que, para estas alturas, seríamos capaces de producir, válidos para todos, los manuales esenciales de la vida. Textos no ideológicos sino formativos. La biblia de la paternidad. La del civismo. La del amor y la sexualidad. La gente cree, por ejemplo, que basta la ceremonia del matrimonio para estar casados. Y como no nos enseñan esa tarea, y tampoco nos dicen que las relaciones de pareja no se dan sino que se construyen (un hermoso esfuerzo diario), tan pronto se acaba la fiesta la pareja se mira por primera vez y se pregunta: ¿Y ahora qué? La respuesta: ahora aprendan como puedan. A tropiezos, y repitiendo los mismos errores desde siempre.

Ése es el problema: que ignoramos los asuntos más valiosos de la vida. Somos seres humanos. Pero es increíble lo mal educados que estamos para ser humanos. Y después nos asombran los problemas mundiales. La causa es obvia: hemos sido educados para todo, salvo para lo que importa en la vida.

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