Por: Álvaro Camacho Guizado

El Pentágono y el Maquiavelo criollo

EN LO QUE OJALÁ SEA UN ÚLTIMO EStertor de la política exterior actual de Estados Unidos, el Pentágono ha emitido una nueva doctrina militar que bien puede tener graves consecuencias para el país.

En efecto, ha decidido que la guerra contra el terrorismo y las guerrillas debe ocupar el mismo lugar de importancia que la guerra convencional (ver el documento en http://news.yahoo.com/s/afp/20081204/pl_afp/usmilitaryirregular). Esto significa que los militares de Estados Unidos deben entrenarse para intervenir en cualquier lugar del mundo en donde se puedan estar gestando signos de amenaza contra ese país. En efecto, la directiva establece que los Estados Unidos deberán “identificar y prevenir o derrotar amenazas irregulares de actores estatales y no estatales”, y podrán extender su acción hacia áreas que les han sido negadas y a ambientes inciertos, y deben operar con y a través de las fuerzas armadas locales (“indigenous”). Y esta perla: “En el futuro previsible, ganar la Larga Guerra contra el extremismo será el objetivo central de los Estados Unidos”. La experiencia histórica muestra que la definición de qué es extremismo, y qué es una amenaza contra Estados Unidos es una decisión unilateral del gobierno y los militares estadounidenses, y que bien puede repetirse la experiencia iraquí, sobre la cual el presidente Bush reconoce que se equivocó, que fue mal informado y que nada sabía de lo que pasaba en ese país.

¿Qué tal una equivocacioncita como ésta respecto de Colombia? Si ya el gobierno de Estados Unidos ha decidido que las drogas ilícitas y las Farc son una amenaza a la seguridad nacional, ¿qué lo detiene para desplegar acciones militares abiertas en el país? ¿Será que pasaremos de los asesores y  mercenarios a los marines, quienes ya no vendrán a hacer escuelitas como la de Ladrilleros, de hace algunos años, sino a enfrentar a todo lo que huela a extremismo o narcotráfico? Uno debería esperar que el presidente Obama obre con una sensatez que hoy parece desaparecida y rectifique tamaña barbaridad.

Aprovecho el espacio que me queda para comentar que se necesita tener una mentalidad demasiado maquiavélica y paranoica para afirmar que los firmantes de la carta a las Farc en la que se les insiste en el intercambio humanitario y se les pide que abandonen y repudien el secuestro es una trampa al Gobierno. Y se insulta y subestima a los firmantes cuando se dice que son manipulados por una señora política de la oposición, como si fueran borregos y no ciudadanos pensantes y enemigos de esa práctica y de las Farc.

Cómo será de evidente esta desproporcionada reacción que hasta El Tiempo (en el editorial del 9 de diciembre) se sorprende de la actitud presidencial y mira con buenos ojos la iniciativa de la carta, así deje ver cierto pesimismo, que por lo demás muchos compartimos. Sin embargo, tiene razón el diario cuando afirma que “la iniciativa de los intelectuales representa una posibilidad, difícil, sí, e incierta, de un camino para liberarlos. Por eso, merece ser apoyada”. Notable contraste, que muestra que el Ministro de Defensa no maneja totalmente el periódico.

Y como alternativa el Presidente se inventa un mecanismo de “intercambio humanitario” al ofrecerles a “los carceleros de las Farc” la libertad y una fuerte recompensa en dinero si entregan a algún secuestrado. Hay que retorcer mucho la lógica y el derecho para equiparar esta práctica con un verdadero intercambio. Una cosa es una negociación y otra es azuzar la codicia que tanto se les critica a quienes invirtieron en las pirámides.

Que haya guerrilleros que desertan y libran secuestrados es sin duda muy positivo, pero hay que ubicar esa práctica en sus justos términos y no tenderle, esta vez sí, una trampa a los esfuerzos ciudadanos para propiciar una negociación humanitaria, acabar con el secuestro y hacer menos sucia y cruel la guerra.

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