11 Mayo 2013 - 11:00 pm

Son Callejero

El sabor del pregón social

Dairo Cabrera creó este proyecto musical junto con antiguas glorias de la música que fueron adoptadas por la ciudad. Pronto sonará su primer disco: ‘Las calles son mías’.

Por: Juan Carlos Piedrahíta B.
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Édgar Espinoza toca las maracas y ‘Toño’ Ortiz, al fondo, la batería, durante un ensayo de Son Callejero. / Fotos: Gabriel Aponte

En la cotidianidad improvisan, mientras que en la música sonean. A veces son doce los integrantes de Son Callejero, otras son diez, o siete, pero sin importar el número, la consigna es sonar como la más afinada de las agrupaciones salseras. De la misma manera en que portan sus instrumentos, deben cargar sus historias, muchas de ellas dolorosas, entre las que se destaca el día en el que la calle les robó la voluntad y la ciudad les ganó el pulso.

La primera nota de este experimento artístico se oyó en un bus en Cartagena. Necesariamente tenía que ser un escenario urbano el encargado de darle el primer impulso a Dairo Cabrera para la gestación de su iniciativa. En el vehículo de transporte público vio, de lejos, eso sí, a Alberto Puello, a quien conocía como El Halcón, un personaje al que le había seguido la pista como sonero en colectivos como el de El Nene y sus Traviesos y la Orquesta de Pacho Galán. Estaba sucio, abandonado y aquellos momentos de gloria estaban más refundidos que los elepés en los que participó alguna vez.

Ese fue el momento justo en el que Cabrera le dijo a la brisa que necesitaba el tiempo, el apoyo y la fortaleza para crear una orquesta que arropara a El Halcón y le permitiera volver a cantar, sonear a su antojo y revivir la imagen de todos los que, como Ismael Rivera, le mostraron el camino de la improvisación en la música latina. Por fortuna, esas palabras no fueron arrastradas por el viento y pudo convertirlas en hechos cuando empezó a trabajar con la Secretaría Distrital de la Integración Social, de la Alcaldía Mayor de Bogotá.

En los Hogares de Paso, lugares donde los habitantes de la calle reciben hospedaje, alimentación e implementos de aseo, Dairo Cabrera vio multiplicada la situación de Alberto Puello. Cuando conversaba con esos personajes recién llegados con un costal en la espalda escuchaba la misma canción interpretada en idéntico ritmo. La mayoría tenía recorrido significativo en la salsa, tarimas importantes, relaciones con artistas reconocidos y un pasado con ingresos económicos suficientes como para perder las dimensiones de la realidad y verla a través de la distorsionada ventana de la fama y el dinero.

En esa inmersión sociológica encontró a Roberto Echeverría, bajista consagrado y arreglista de la banda Raíces, del grupo de Joseíto Martínez, de Los Latin Brothers, de la Orquesta Satélite de Richie Ray, y figura estelar de la Orquesta Bambú. En él encontró el talento necesario para impartir las directrices, determinar la función de cada quien en la futura agrupación Son Callejero y la sapiencia para determinar, con partituras en mano, al estilo tradicional, las canciones del repertorio.

Luego se sumaron, entre otros, Édgar Espinoza, cantante, saxofonista, teclista y diestro en la percusión menor, quien figura en los primeros registros del Grupo Niche, de Jairo Varela, en Los Caribes y en Los Tupamaros; Antonio Toño Ortiz, timbalero, conguero y baterista de Washington y sus Latinos y de algunas de las iniciativas tempranas de Alexis Lozano en Bogotá antes de consolidar el proyecto de Guayacán Orquesta, y José Ochoa, trompetista y eslabón relevante dentro de una cadena umbilical vinculada a los cobres y una familia relacionada con propuestas exitosas como la banda de Pantaleón Pérez Prado y la Orquesta Los Graduados.

Con esta nómina de base, de la que no se puede excluir a Alberto Puello El Halcón, el vocalista Humberto Basto y la cantante empírica Juanita Sáenz, Dairo Cabrera inició una jornada seria para convocar a la música y revalidar su poder sanador, socializador y divino. Todos los martes y jueves, ellos saben que tienen una cita para ensayar en un pequeño estudio prestado en la zona de Teusaquillo, en Bogotá.

El lugar con espejos en tres de las cuatro paredes guarda con discreción los instrumentos y mantiene en estado máximo de reserva lo que pasa allí durante los ensayos. Con prudencia enmudece cuando El Halcón llega con una bolsa de pan queriendo multiplicarlos y contando que se acaba de encontrar con el cantante de vallenato Iván Villazón, quien guarda los mejores recuerdos de su voz caribeña y añora esas soneadas legendarias.

No dice tampoco que José Ochoa se la pasa haciendo bromas, pero que al momento de la música se concentra al máximo y cuando no está tocando parece que le diera la bendición a la partitura, ni que Édgar Espinoza cuida el marco de sus gafas de 3D mucho más que la voz que le dio de comer, ni mucho menos que a Roberto Echeverría a veces se le olvida que ya no tiene al lado a Alfredo de la Fe y a Larry Harlow para exigirles tanto.

Son Callejero suena a lo espontáneo de la esquina, a ensayo y error, a una iniciativa loable de Dairo Cabrera que requiere del apoyo regular de la Secretaría Distrital de la Integración Social y de otras entidades gubernamentales y culturales para seguir emitiendo sus notas.

Su primer disco ya es una realidad. Se llama Las calles son mías y más que canciones contiene historias de vida y el reconocimiento de un escenario que todos ellos sienten como propio. Al fin y al cabo ha sido su casa por años. Son Callejero es la certeza del poder de la música para dejar las angustias al lado, los vicios lejos de las prioridades y el alma concentrada en los pregones de una salsa que es realmente urbana.

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