"Ahora aborrezco la marihuana": Wílder Medina

El antioqueño de 30 años fue otra vez sancionado por dopaje y ahora estará afuera de las canchas por un año. Mano a mano con el delantero, quien explica su situación.

Desde que en 1999 recibió su primera sanción por consumir marihuana, Wílder Andrés Medina Tamayo, entonces jugador del Rionegro de la Primera B, emprendió una ardua batalla en contra de su adicción y cada recaída ha sido un nuevo capítulo de la novela en la que se convirtió su vida. Diez años después, fue suspendido tres meses por dar positivo en un partido de su equipo el Deportes Tolima contra Santa Fe, en febrero pasado. Y ayer, cuando parecía haber regresado curado a las canchas, la Comisión Disciplinaria de la Dimayor notificó la suspensión de un año, por otro positivo en el juego del 26 de marzo pasado contra Deportivo Cali.

En la anterior edición de la Copa Sudamericana había estallado el escándalo, a pesar de haber salido impune. Nadie imaginaba que detrás de esos goles y celebraciones, Wílder ocultaba un pecado que no sólo lo destruía a él, sino que al quedar al descubierto le haría daño a mucha gente: a los niños que lo perseguían para tomarse fotos y pedirle un autógrafo, a los hinchas tolimenses que le profesaban un gran cariño, así como a su familia, compañeros de equipo, sus directivas y todas las personas que le habían creído.

El jugador reconocía ante la prensa que tenía un pasado oscuro, que había sido adicto en épocas anteriores. “Yo era malo, robaba, jodía con drogas, entre otras cosas”, dijo en su momento. Pero negaba con contundencia que continuara consumiendo. Se avergonzaba. No obstante, ante el incuestionable positivo que dio, primero en Sudamericana y luego en febrero en el torneo local, terminó por aceptar que aunque había tratado, no podía dejar su adicción.

Durante los encuentros, mientras los hinchas del Deportes Tolima le lanzaban voces de aliento, los de los equipos contrarios le gritaban desde las tribunas frases que le recordaban su error y le retumbaban en la mente y en el alma. “¿A qué sabe la marihuana?”, le preguntaría el portero Agustín Julio, en ese partido en Ibagué contra Santa Fe, por el que lo suspendieron tres meses y tuvo que someterse a un programa de rehabilitación.

“Es un vicio y es difícil de dejar, es duro cuando el cuerpo se acostumbra a algo y le empieza a pedir a uno. Da mucha ansiedad, y yo tenía que calmar esa ansiedad”, afirma con su acento paisa.

Wílder, el menor de seis hijos, perdió a su padre Manuel Esteban cuando tenía 15 años. La muerte de quien fuera su compañero, su amigo y su orientador le causó mucho dolor, e inestabilidad entre su familia, que desde siempre padeció una difícil situación económica.

Su madre Blanca Libia vendía mazamorra y cocadas para sacar adelante a sus hijos, pero no le bastaba para darles estudio, menos después de la muerte de su esposo. “Hice hasta noveno grado y salí a la calle. Allí fue donde encontré a esas personas, las que llamamos malas amistades, que me condujeron a las pandillas, a conocer este vicio, a caer en ese profundo abismo”, dice.

“Si mi padre estuviera vivo, yo no habría caído en las drogas, porque él me acompañaba a todas partes, siempre estaba conmigo aconsejándome, orientándome, y no es que mi madre no me haya sabido educar, pero con seis hijos a su cargo le quedó muy duro evitar que alguno se le saliera de las manos”, recuerda con tristeza el nacido en Puerto Nare, Antioquia.

Y continúa: “Mi padre no me hubiera dejado caer, porque mínimo me habría dado una pela (sonríe). Pero si Dios quiso llevárselo, debió ser porque sabía que todo esto me iba a pasar, para que yo aprendiera y tomara la experiencia y así ser mejor en la vida”.

A la estrella del conjunto tolimense, conjunto al que ingresó en 2007, le cayó como un baldado de agua fría la noticia de la sanción de tres meses. Aunque según Wílder, muchas personas lo apoyaron en su tragedia: el presidente del club, Gabriel Camargo; el técnico Hernán Torres, el equipo en total, su familia y unos pocos que le demostraron verdadera amistad.

Medina no quiso decir nombres, pero recalcó con nostalgia que otros le dieron la espalda: “Dejaron de ser mis amigos, tal vez porque se avergonzaban de mí, no me volvieron a llamar…”.

Además, se sentía perseguido por la prensa. “Me volvieron picadillo, algunos sí, algunos no. Por eso tomé distancia con ellos”, manifiesta, siempre sonriente.

Wílder aceptó su culpa, asumió el castigo, que para él fue justo, y se alejó de las canchas para cumplir su castigo. “Fue como si me hubieran amputado las piernas. El fútbol es mi razón de ser, es mi vida y sin él, era como eso, como si no tuviera las piernas” dice, con expresión de angustia.

Su carrera estaba en juego. Su salida fue el comienzo de una dolorosa experiencia en su lucha contra un vicio que si no lo combatía lo retiraría del profesionalismo.

“Lloré mucho porque me sentía ansioso, el vicio se había apoderado de mí y sabía que no podía ni quería caer de nuevo. Si lo hacía, perdería no sólo mi carrera, sino a mi familia. Trataba de distraerme como me decían los médicos, haciendo ejercicio, leyendo, jugando con mis niñas, hablando con mi esposa, visitando un parque y, lo principal, alejándome de la gente que yo sé que podía llevarme de nuevo a eso”, dice.

Por iniciativa propia, el jugador empezó a recorrer los colegios de Ibagué (ya ha visitado cinco) para hablar con los jóvenes, contarles su vivencia y evitar que caigan en este u otros vicios que provocan desastres.

El 14 de septiembre pasado el delantero volvió, según él, recuperado, renovado y aborreciendo la marihuana. En su regreso, en la visita de su equipo al Palogrande de Manizales, marcó un gol y después le anotaría al Medellín y al Cali, en dos ocasiones a cada uno: una máquina de goles.

“Me apoyé en mi familia y le pedí a Dios, que es el eje de mi vida, que me ayudara a aborrecer la marihuana y lo logré. A veces uno pasa por alguna calle y la huele y eso le hace dar ganas a uno, pero ahora olerla me da fastidio”, sentencia.

Wílder se casó el pasado 16 de julio y ese día les prometió a su madre, a su esposa y a sus hijos que no recaerá. Dice que con la ayuda de Dios va a salir adelante, ahora que volvió a ser suspendido por la misma causa. Sus abogados (ver recuadro) apelarán la decisión, con la meta de que Wílder siga anotando, porque de ahora en adelante el goleador quiere “seguir llorando, pero de alegría ante mis seguidores”, aseguró un esperanzado Medina.

“La sanción es injusta”: presidente del Tolima

Gabriel Camargo, presidente del Tolima, se declaró ayer desconcertado con la suspensión por un año para Wílder Medina. “La consideramos injusta, porque se debe a presiones del presidente de la Colfútbol, Luis Bedoya, pidiendo mayor sanción”, dijo Camargo, quien recurriría incluso a la justicia ordinaria de ser necesario.

El abogado del caso Medina, Andrés Charria, aseguró que “como siempre sucede en el dopaje, las sanciones no son lo suficientemente vigorosas para los que castigan. Pero este nuevo castigo no es por un positivo nuevo, es el mismo caso anterior. Wílder no está consumiendo marihuana”, sentenció.