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Deportes 16 Jun 2011 - 11:25 pm

Capítulo VI

La catástrofe de La Pintada

El Espectador reproduce las 14 entregas de la historia del ciclista Ramón Hoyos Vallejo, escrita por Gabriel García Márquez en este diario.

Por: Gabriel García Márquez
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    http://www.elespectador.com/deportes/catastrofe-de-pintada-articulo-278007
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Foto: Archivo El Espectador

MI PRIMER SUEÑO DORADO. CÓMO FUI DESCARTADO PARA LA II VUELTA A COLOMBIA. A MANIZALES POR MI CUENTA Y RIESGO. MI PERSONAJE INOLVIDABLE: DON RAMIRO MEJÍA. UNA PREGUNTA DECISIVA: ¿CÓMO TE SIENTES?

Fue una tontería de una fracción de segundo. Miré hacia atrás y vi a Tito Gallo y Roberto Cano, a pocos metros de distancia. Una situación como esa no cuesta trabajo de definir: estaba a doscientos metros de la meta, con Antonio Zapata una máquina adelante. Era el momento preciso de embalar. Estas reflexiones las hice en la fracción de un segundo que necesité para mirar hacia atrás y ver a Tito Gallo y Roberto Cano, disponiéndose a hacer el último esfuerzo. “pero ya no pueden hacer nada”, pensé. Y me dispuse a darle con fuerza, para conquistar el triunfo en aquella decisiva prueba de trepadores. Pero fue como un relámpago: cuando miré hacia adelante, Antonio Zapata, embalado como un demonio entraba triunfante a la meta. Ese está considerado como el triunfo más notable de su carrera. A causa de un simple descuido mío, me sacó cinco segundos a la meta.

Mi sueño dorado

Lo que vino después fue mi larga y accidentada preparación para intervenir en la II Vuelta  a Colombia. En primer término, necesitaba bicicleta propia: estaba cansado de andar corriendo con cosas prestadas. Gracias a las entusiastas gestiones de Javier Jiménez, la empresa me prestó trescientos pesos. Con esa suma compré una bicicleta sin usar: la bicicleta que más he querido en mi visa. Me permitían introducirla hasta los talleres, para vigilarla mientras trabajaba. La mantenía en perfectas condiciones, y en ella iba progresando en mi técnica, a medida que se acercaba la prueba para seleccionar la delegación antioqueña a la Vuelta a Colombia. Ese era mi sueño dorado.

Otro disparate, leche malteada

El primer chequeo fue en una carrera de 140 kilómetros planos: dos veces al Hatillo, bajo la vigilancia del entrenador checo Sedex Matuseck. Me fue bien en aquella prueba: ocupé el cuarto lugar, y el médico de la Liga de Ciclismo de Antioquia, doctor Morales, manifestó su satisfacción por mis condiciones. Esta vez había cometido otro disparate: durante la prueba me había alimentado con leche malteada.
En estas circunstancias, me dispuse a participar en la Doble a la Pintada, 170 kilómetros de ruta, asistido por primera vez por una camioneta que conducía Javier Jiménez. Como nunca, llevaba dos bicicletas y repuestos. Participaban diez corredores, de los cuales seleccionarían ocho para la Vuelta a Colombia.

La catástrofe de la Pintada

Esa vez sufrí un percance desconocido para mí: calambres. La cosa ocurrió cuando Tito Gallo iba en la punta, y mi flamante camioneta, llena de repuestos y de auxilios, estaba varada. Me sentía terriblemente mal, pero me empeñaba en no retirarme porque era condición indispensable para poder participar en la Vuelta  a Colombia.  Aquello fue una verdadera catástrofe: nadie sabía aplicar masajes y eran inútiles todos los esfuerzos por arreglar la camioneta.  Uno a uno, todos los corredores fueron pasando junto a mí, mientras yo, tirado a la orilla de la carretera, me sentía morir a causa de los calambres.
Por fin se consiguió un automóvil que me llevara a Medellín. Pero aquel no era mi día: también al automóvil le estallaron los neumáticos. Cuando llegué a casa de Javier Jiménez, a avisarle a su esposa que Javier no podía llegar, porque la camioneta estaba varada, eran las once de la noche. Entonces no pude contenerme: me apreté la cabeza con las manos y me puse a llorar como un niño.

“Por meterme en lo que no me importaba”

Cuando llegaron las vacaciones de diciembre, no tenía la menor posibilidad de participar en la Vuelta a Colombia. Pocos días antes, en mi desesperación por demostrar mis conocimientos, había ido a Riogrande,  a ver pasar a los participantes de la Doble  a Santa Rosa de Osos. Sentía morirme de pesar cuando vi, uno detrás de otro, a Tito Gallo y a Pedro Nel Gil, disputándose el primer puesto.
Al regreso, los esperé en el Hatillo. Sin poder contenerme, haciéndome la ilusión de que participaba en la competencia, me pegué a los corredores, rindiendo todo lo que sabía. Al llegar a la meta, el carro acompañante de uno de ellos frenó violentamente y yo me fui de bruces dentro del cajón posterior. Quedé ridículamente estropeado, metiéndome en lo que no ha debido importarme. Y con la bicicleta casi completamente arruinada.

Si tuviera cincuenta pesos

Solo y desamparado,  oí hablar en esos días de la competencia que se realizaría en Manizales, con motivo del IV centenario de la ciudad. Se anunció que podían participar en ella todos los ciclistas antioqueños que lo desearan, menos los seleccionados para la Vuelta a Colombia. Pero yo tenía otro problema: no tenía dinero, la fábrica estaba cerrada y el pasaje costaba dieciséis pesos ida y vuelta. ¿Cómo podría pagar mis gastos en Manizales? Comencé a hacer cálculos y en pocos días encontré una solución: me hospedaría en casa de un tío, que vivía a 25 kilómetros de Manizales: 10 kilómetros por carretera y 15 por un estrecho y tortuoso camino de herradura.  Dispuesto a no echarme atrás, fui donde dos Ramiro Mejía –mi personaje inolvidable, propietario de la Lavandería Tropical y fanático del ciclismo deportivo- y le expuse mis proyectos: necesitaba cincuenta pesos para ir a Manizales. Don Ramiro aceptó encantado; me entregó los cincuenta pesos, y yo –con aquella suma decisiva en mi carrera- me dispuse a conquistar a Manizales.

“Anda tú solo”

Viajé en compañía de mi padre, después de haber convencido al chofer de un bus, que me llevara la bicicleta en el techo sin cobrarme nada. Fue un viaje largo y agotador. Pero no fue la peor parte, pues todavía nos faltaba recorrer los 25 kilómetros de Manizales a La Quiebra, donde vivía mi tío. Ahora creo que el pedaleo por el intransitable camino de herradura me sirvió de entrenamiento.
El día de la carrera -28 de diciembre, día de inocentes- mi padre no quiso bajar a Manizales. Me dijo: Anda tú solo, que cada vez que te veo correr, pierdes”. Y me fui solo, pedaleando al principio, y luego, en automóvil, pues tenía el temor  de estar agotado para la prueba.

Una victoria tosiendo

Era un circuito de 43 kilómetros, que me los tragué enteros, tosiendo sobre la bicicleta, a causa de un resfriado.  El intenso frío del  páramo del Ruiz me puso peor, y cuando llegué a la meta creí que me estaba muriendo. Pero gané la competencia: la copa del IV Centenario de Manizales, que es la segunda que conquisté en mi vida.
Algo ocurrió además en aquella prueba, que contribuyó a decidir mi carrera: Miguel Zapata Restrepo, de la redacción de El Colombiano, y presidente de la Liga de Ciclismo de Antioquia, y Bernardo Mejía Toro, comisario de la misma entidad, me vieron correr y se manifestaron complacidos de mi actuación.

“Esta copa es suya”

Mi triunfo de Manizales es el único que se me ha subido a la cabeza. Había razones para eso: me había costado grandes sacrificios, lo había obtenido contra viento y marea, y precisamente después de que me habían descartado para la próxima Vuelta a Colombia. Fue un triunfo festejado con champaña, música y flores.
Cuando llegué a Medellín, el 30 de diciembre, antes de ir a mi casa fui a donde don Ramiro Mejía, el inolvidable protector que me había prestado los cincuenta pesos, y entregándole la copa del IV  Centenario, le dije:
-Don Ramiro, esta copa es suya. Usted la ganó al ayudarme para viajar a Manizales.

Las esperanzas perdidas

El 4 de enero viajaría a Bogotá la selección de Antioquia para la II Vuelta a Colombia. Y formando parte de esa selección Galo Chirihoga y Amador Andrade Sierra, que en la noche del 30 de diciembre, cuando celebrábamos mi triunfo en casa de don Ramiro Mejía, se encontraban presentes. Yo tenía la secreta esperanza de que, entusiasmado con mi triunfo, don Ramiro Mejía me patrocinara  para la Vuelta, a pesar de que había sido oficialmente descartado. Pero lo más consolador que me dijo fue lo siguiente:
-Ramón, entrénate mucho para el año entrante, que yo estoy dispuesto a patrocinarte.
Al finalizar la fiesta, triste y sin ninguna esperanza, me fui a casa y dormí profundamente. Pero no recuerdo que hubiera soñado nada.

“¿Cómo te sientes, Ramón?”

No celebré el Año Nuevo de 1952. Era un acontecimiento que para mí no significaba nada. Estuve en casa con mi familia, y no  hablé con  nadie de ciclismo, ni de nada que tuviera que ver con ruedas, repuestos y carreras. No volví a salir a la calle hasta el 10 de enero en la noche, en que fui al teatro Junín a ver La historia de un gran amor, una película con Jorge Negrete, que durante muchos años fue mi actor favorito. Recuerdo que fui en bicicleta, porque sabía que al teatro Junín me dejaban entrar con ella, y recostarla en uno de los asientos de la platea, mientras transcurría la proyección. Me gustó la película.  Jorge Negrete, como siempre, fue un buen actor, inolvidable en los momentos sentimentales. Por varias horas se me olvidó la Vuelta a Colombia; se me olvidaron mis triunfos y mis aspiraciones. Se me olvidó todo.
Pero al salir del teatro, me encontré con el periodista Óscar Salazar Montoya. Evidentemente, me estaba esperando. Avanzó hacia mí, cuando yo abandonaba la sala en mi bicicleta, y me hizo una de las más intrigantes y fundamentales preguntas que me han hecho en mi vida:
-Ramón, ¿en qué condiciones te sientes?
-Bien –le respondí intrigado-. ¿Por qué?
-No, por nada –me dijo-. Y se fue sin despedirse.
Esa noche no pude dormir un minuto, pensando en las pregunta de Óscar Salazar Montoya.

NOTA DEL REDACTOR

EL CAMPEÓN NO QUIERE CASARSE

Probablemente ningún colombiano ha aparecido en los periódicos, en tan poco tiempo, retratado con tantas mujeres como Ramón Hoyos en sus tres años de victorias. Al finalizar cada etapa, los fotógrafos de la prensa encuentran siempre plato bien servido: el campeón besado por una admiradora anónima; el campeón sudoroso, coronado de laureles, junto a una amiga sin nombre; el campeón en una fiesta, rodeado de hermosas y alegres muchachas. Hoyos tiene tres voluminosos álbumes de fotografías. En casi todas las páginas parece su figura de saludable campesino, sonriendo a la cámara con sus poderosas mandíbulas, y acompañado de una dama. Lo mismo en las fotografías tomadas en Colombia, en los confusos momentos de la victoria o en la apacible pausa de una fiesta. Lo mismo en las fotografías de México, Puerto rico o el Brasil. Solamente de su viaje a Francia no conserva fotografías Ramón Hoyos, “porque no había quien las tomara”. Sin embargo, en ninguno de esos tres álbumes, aparece el campeón dos veces con una misma dama. “¿Quién es esta?”, se le preguntó en cada hoja. Y el campeón siempre tuvo una respuesta. “Una amiga”. Fue imposible obtener el nombre de ninguna de las mujeres que aparecen con él en los retratos. Hoyos se empeña en guardar la reserva, como lo hace sistemáticamente frente a todas las preguntas que pretendan penetrar la sólida corteza de su vida sentimental.

No es indiferente

Las fotografías de los periódicos y de sus álbumes demuestran una cosa indiscutible: las mujeres no son indiferentes con el campeón. Lo importante habría sido saber si Hoyos es indiferente con sus admiradoras. Y eso parece ser otro de los aspectos impenetrables de su personalidad.
Cuando anda en su automóvil por las calles de Medellín, el campeón es informal, alegre y un poco fresco son sus admiradoras. Un día de la semana pasada, el redactor lo vio darse el lujo de escoger, entre un grupo de muchachas, en plena calle de Medellín, a aquella de la cual estaba dispuesto a dejarse dar un beso. Curiosamente, fue la escogida, la única que no estuvo dispuesta a hacerlo.

El piropo que no fue

Al parecer, es tímido y extraordinariamente discreto con sus admiradoras. El jueves de la semana pasada, creyéndose solo con ella, Ramón Hoyos mostraba sus trofeos a una muchacha que tenía su propio nombre bordado en un bolsillo del traje. El campeón se mostraba cordial, extraordinariamente amable, y procuraba conducir el diálogo con un poco de malicia elemental. De pronto, cuando la admiradora se despedía, Hoyos le dijo, viendo el nombre de ella bordado en su bolsillo:
-Me gusta ese nombre.
-¿Por qué? –preguntó la admiradora.
-Porque con ese nombre es muy fácil hacer un piropo –respondió el campeón.
El nombre que la admiradora tenía en el bolsillo era “Lila”. Sin embargo, Hoyos se negó rotundamente cuál es el fácil piropo que le inspiraba aquel nombre.

La leyenda secreta

Es incontable el número de personas –especialmente mujeres- que darían cualquier cosa por conocer unan noticia verídica sobre la vida sentimental de Ramón Hoyos. Algunas damas que supieron en Medellín el objeto de la presencia del redactor en esta ciudad, no se interesaron por ningún aspecto del campeón, distinto de su intrigante vida amorosa. “¿No le ha dicho si se va a casar?”, fue una pregunta muy frecuente. “¿No tiene novia?”. Sin embargo, a pesar de que se le preguntó concretamente varias veces, el campeón eludió siempre la pregunta o se negó de plano a responderla. Sólo en una ocasión llegó a sugerir que tiene una novia; una muchacha que conoce desde que llegó a Medellín, a los 12 años. Pero insiste en que no es ninguna de las muchachas que aparecen con él en las fotografías de los álbumes, o en las publicadas en los periódicos. Hay una versión generalizada: Ramón Hoyos tiene un amor secreto, contra la férrea y militante oposición de la familia de la novia.

Cambio de velocidad

Al terminar estas entrevistas, el campeón conducía al redactor a su hotel. Se hizo –en el largo trayecto de Miraflores al centro de la ciudad- un examen cuidadoso de todos los temas analizados en las conversaciones. “Solo falta una cosa esencial –dijo el redactor-. La pregunta sobre su matrimonio”.
Hoyos guardó silencio un instante. Luego dijo:
-Di que no me pienso casar, porque quiero seguir corriendo por un tiempo.
-¿Y el matrimonio sería un obstáculo?
-No –respondió-. Pero ya no sería lo mismo.

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