El rey de la montaña (*)

A propósito de un nuevo aniversario de la hazaña de "Lucho" Herrera en el Tour de Francia 1985, revivimos el perfil de uno de los dos colombianos que ha ganado la Vuelta a España, la segunda carrera ciclística más importante del mundo.

La imagen histórica de Lucho Herrera, el 13 de julio de 1985. El Espectador

Vuelta a España 2011. Última etapa, con final en el Paseo de la Castellana, Madrid. Juan José Cobo no pestañeó. Los 13 segundos de diferencia sobre Froome se le hacían poco como para relajarse en una competencia en la que los favoritos flaquearon cuando debían sacar a relucir sus fortalezas. Mucho más alejado, a más de 1:30 minutos en la clasificación general, B. Wiggins libraba su propia batalla para mantener medio minuto de ventaja sobre B. Mollema y asegurar así su presencia en el podio. Nervios y desconfianza por todas partes.

Lucho Herrera iba más rápido y tranquilo. Rodaba a 40 kilómetros por hora, hasta cuando decidió apretar el freno. Más cerca del Madrid cundinamarqués que del español, en el que Cobo terminaba con triunfo su aventura, ingresó a la plaza de mercado de Fusa para hacer su mercado de frutas y verduras como todos los domingos. No sudó una gota, pero tan pronto estacionó su moto buscó algo para refrescarse y sólo sus vecinos de toda la vida reconocieron en él al tímido pedalista que hace 24 años se convirtió en el primer —y único— colombiano en ganar el giro ibérico.

El más grande ciclista colombiano de los años 80 lleva una vida tranquila en la hermosa casa de jardines, árboles frutales y pajarera con todo tipo de aves que hizo construir en el pueblo al que se niega a dejar. Lejos del ruido y la fama.

De vez en cuando hace una pausa en su rutina de mercado dominical para tomarse fotografías con algún turista curioso que llega hasta la calle Caribe. Entre semana anda más apurado, madruga a llevar en carro a sus hijos hasta el colegio y después hace fila en los bancos para pagar servicios. Solía tomar tinto en el café Atrio, al lado de la iglesia de Nuestra Señora de Belén, pero como el negocio le fue expropiado por la parroquia a la familia Lombo, ahora le toca ir a buscar la bebida en la tienda de su amigo Álvaro, diagonal a la Notaría 1ª. Lo bebe afuera, de pie, recostado contra la pared y escuchando las historias del pueblo que toda la vida le ha contado Carlos Álvarez, quien de vez en cuando paga la cuenta. El triunfo en España fue maravilloso, dice, pero sus momentos de gloria en el Tour de Francia resultan inolvidables. Se refiere a los memorables ascensos a los Alpes, en especial a Saint Étienne, un triunfo que le costó sangre.

La consagración

Faltaban pocos kilómetros para el final de aquella etapa en el Tour de 1985. Herrera era el líder y no alcanzó a rectificar al tomar una curva. Hundió con fuerza el pie en el pedal y el chirrido de la bicicleta sobre el pavimento sólo le avisó que había perdido estabilidad cuando su cabeza estaba ya contra el suelo. Comprendió la intensidad del verano europeo al sentir la brea hirviéndole en la cara, pero no se percató de la herida que manaba sangre bajo su ceja izquierda. Bernard Hinault era el líder del Tour y no quería quedarse del lote que perseguía al colombiano recién accidentado, quien no tenía ni idea de que iba en la punta de la carrera. Aturdido, Lucho Herrera se levantó y caminó 10 metros hasta donde quedó tirada su máquina, a un lado de la estrecha carretera, mientras los aficionados lo vivaban en todos los idiomas para que no se dejara alcanzar. Enderezó a mano el manubrio, volvió a montar y ganó.

Fue su consagración como figura internacional del deporte, transmitida a 130 países en medio de elogios al contraste entre la frágil figura del pedalista y esa extraña fortaleza para el ascenso.

Pero esa no fue su primera caída en bicicleta. Ya había sufrido retiros de competencias y terminó alguna a pie por un desajuste en la cadena de la bicicleta. En los circuitos para novatos de la localidad de Fontibón, en Bogotá, llegaba a la meta cuando todos se habían ido para la casa. Años después, en Europa, dejó caer la caja de dientes en zona de hidratación, error que le significó una tortuosa noche en el consultorio odontológico mientras la caravana descansaba.

En Saint Étienne tomó revancha de todo aquello, pero no lo pudo celebrar. Entre el control antidopaje, las carreras del médico Carlos Osorio para coserle siete puntos en el arco superciliar y las comparaciones con Hinault, quien llegó con herida en la nariz, también por una caída en competencia, Herrera mostró que si era imbatible en la trepada a los Alpes, lo era más como persona. No se agrandó. No se victimizó. No se equiparó con el ídolo al que venció.

Siete etapas después le regalaron un enorme toro de casta al llegar a Limoges, pero al final de año no lo había recibido. Lo más parecido que le llegó fue una foto del Búfalo Juan Gilberto Funes, el corpulento goleador de su Millos del alma, tan letal en el pique como el pedaleo en línea recta que exhibía Herrera en las montañas. Por invitación del club bogotano, Lucho hizo el saque de honor en un partido contra Quindío y pudo declararle su admiración al futbolista. Del anunciado regalo de Limoges sólo volvió a saber en 1987, cuando por fin estuvieron listos los trámites de aduana del semental, que por muy europeo que fuera, también tuvo que esperar durante meses ante la burocracia bogotana.

Lucho no reniega por eso. Tampoco se regodea con sus títulos en cuatro vueltas a Colombia, cuatro Clásicos RCN, una Vuelta a España, dos Dauphiné Liberé y el campeonato de montaña de las tres carreras por etapas más importantes del mundo (Tour de Francia, Vuelta a España y Giro de Italia). Ni por haber entrado con honores, en 1984, al hall del ciclismo internacional: fue el primer ciclista amateur y el primer colombiano que ganó una etapa en el Tour. Y no cualquier tramo. El mítico ascenso al Alpe de Huez. Producto de ese triunfo, una de las 21 curvas de herradura de aquella montaña lleva su nombre. “Luis Herrerá”, le dicen los franceses, para quienes su apellido es palabra aguda y el pueblo en donde nació un trabalenguas de acentuación grave: ‘Fusagasuga’. ‘Lucho’, le grita la afición ciclística. ‘Alberto’, lo felicitó Joan Manuel Serrat a través de una cadena española en el Tour del 84. ‘Jardinerito’, lo aclaman en Colombia.

- “¿Por qué Jardinerito?”, le preguntaron mil veces en Europa.

- “Porque trabajé en un vivero en mi pueblo”.

Quizá no lo hubiese tenido que repetir tanto si contesta que venía del país del Zipa Forero, el Ñato Suárez, Tomate Agudelo, Cebollita Cárdenas, Cacaíto Rodríguez… Lo suyo no es ser respondón. La prudencia le fue asignada en dosis equivalente a la fortaleza de roble con que sus piernas trepaban los Pirineos. Tímido, mas no huraño, por momentos se delata alegre y evidencia que —salvo los 20 kilos de peso ganados con el tiempo— es el mismo sembrador de flores que se volvió campeón, aunque su nariz se ve más pequeña y puntiaguda. Pelo semierizado, siempre recién peluqueado. Mirada al piso y eternas patillas rectas, a usanza de los gloriosos años 80. Confesiones inocentes y contradictorias: “Yo hablo de todo”. A pocos les consta.

En 2003 regresó a Francia como invitado de honor al centenario del Tour. Recorrió las montañas que le dieron fama. Sintió la nieve, el frío que le congelaba las manos y le dijo en voz baja a otro exciclista: “No vuelvo por acá”.

Dejó la panela, pero tritura pepas de durazno como toda la vida. Toma jugos y vino tinto, a veces una cerveza. Les teme a las enfermedades y en su carro porta música vallenata, merengue y ranchera. Como ya no entrena nueve horas diarias, cuida la finca, atiende su ganadería, consiente más a Esther —su mamá— y lleva una buena relación con Ester —su exesposa—, una modelo y exreina de belleza cinco centímetros más alta que él, con quien tuvo tres hijos y quien ahora es su vecina. A veces va de ciclopaseo al Alto de San Miguel. Antes subía en una hora. Ahora en dos, sube hasta la mitad o no sube. O lo hace en carro.

Es el mismo. Fue el mundo el que cambió. El caballito de acero dio paso al de carbono y pesa la mitad que los de su época. Robert Millar, el escalador escocés al que tantas veces enfrentó, se hizo cambio de sexo y ahora se llama Philipa York. El también célebre Laurent Fignon murió tras publicar un libro en el que aseguraba haber recibido 30.000 francos para dejar que Herrera ganara la Vuelta a España de 1987. Todos le creyeron, excepto su propio técnico (Cyrille Guimard), la prensa, los ciclistas, la afición y Herrera, quien hizo de aquello un chiste: “Si hubiera tenido esa plata, mejor compro el Tour”. Lucho fue líder durante la mitad de las 22 etapas de aquella Vuelta y figura central del ascenso a Lagos de Covadonga, portando un agorero 111 en su espalda. Al final de la jornada era el número uno en la etapa, los premios de montaña y la general. Lo festejó en la noche con una pequeña torta que el equipo Café de Colombia le llevó por su cumpleaños número 26.

Las escuadras europeas le ofrecieron de todo, pero no dudó al escoger entre París y Fusa, y le sedujo más la idea de disfrutar en su país la cosecha de tantas correrías por el mundo. Cuando llevaba ocho años haciéndolo, en marzo de 2000, fue secuestrado por las Farc. Volvió a la libertad 24 horas después sin culpar a nadie. En silencio, como cuando le sacaba el cuerpo al chapuceo del francés —lo estudió tres meses— y prefería expresarse en su mejor idioma: el pedalazo. Pedalazo fuerte. Fuerte en la loma y, para colmo de males, sentado. Si algo hacía sonrojar a los campeones de Europa era verlo pasar de largo en una montaña sin utilizar los cambios de la bicicleta ni pararse sobre los pedales.

Y sin energizantes de laboratorio. Mientras los equipos más modernos de la época estaban en los albores de célebres escándalos por dopaje, en las huestes colombianas había sorna cuando se hablaba de que algún día los suspenderían por sobredosis de agua de panela.

Al tiempo que Herrera conquistaba cumbres en Francia, Italia y España, en Colombia le componían vallenatos y cumbias, aunque no faltó quien le reclamara mejor rendimiento en el terreno plano. ¡Para qué!, si así nada más se convirtió en leyenda. Como Ramón Hoyos en los 50, Cochise Rodríguez en los 60 y Rafael Antonio Niño en los 70. Pero a diferencia de ellos, la historia de Herrera fue refrendada en las agrestes cimas de las pruebas por etapas con mayor exigencia internacional. Fue allá donde demostró ser el mejor escalador del mundo. ¡El rey de la montaña!

(*) Basado en el libro "Los 50 años del deportista del Año de El Espectador"

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