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En la cancha marca diferencia, no solamente porque mide 1,93 metros de estatura y cuando corre parece que se fuera a desbaratar, sino porque es uno de los pocos futbolistas que se atreven a hacer siempre la suya, así muchas veces eso vaya en contra de los intereses del equipo.
Pero ese mismo jugador, al que hoy calificamos excesivamente de “mago” y “virtuoso”, es el que todos cuestionaban el semestre pasado, cuando ni él ni su Nacional pasaban por el momento brillante de la actualidad. Ahora, por fortuna, lo que toca es gol o pasegol. Está en la buena, como dicen los futbolistas.
Y es casi el mismo que lució cuando Envigado regresó a la A, en 2007, con él como máximo artillero, pero que después se probó sin éxito en el Saint Étienne de Francia, en donde jugaba Freddy Guarín.
Hoy buena parte de las ilusiones de clasificar al Mundial las pusimos en el flaco número 8, a quien el sábado, a falta de nueve minutos para el final, ya comenzaban a silbar desde la tribuna y a calificar en los medios como un “jugador de club”.
Cuidado, porque en Colombia a los futbolistas los subimos como las palmas y los bajamos como a los cocos. Giovanni, quien por fortuna parece tener los pies muy bien puestos sobre la tierra, apenas lleva dos partidos con la selección (ante Ecuador completo y algunos minutos en un amistoso con Venezuela), tiempo muy corto para darle el rótulo de conductor del equipo nacional y menor aún para descalificarlo.
Si Colombia no va al Mundial, no será por culpa de Giovanni Moreno, un excelente jugador, desequilibrante, diferente, pero no exento de equivocarse y pasar inadvertido, como en buena parte del juego ante Ecuador.