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En 16 partidos que se han jugado, sólo ha marcado 10 para un pobre promedio de 0,62. De hecho es la segunda selección con la delantera menos efectiva de las eliminatorias. Lo supera Perú, la colera, con 9. A ello se le suma que en calidad de local sólo ha anotado dos tantos.
El cambio de técnico en la mitad de las eliminatorias le daña el caminado a la mayoría de las selecciones. Y a Colombia, efectivamente, se lo dañó. Sin bien la situación con Jorge Luis Pinto se había vuelto inmanejable, él se fue con 10 puntos, los mismos que hasta la fecha ha ganado Lara. Así que a cuentas claras de poco sirvió la sustitución.
Perder puntos vitales en calidad de local como ante Uruguay (1-0), en la séptima fecha, y frente a Paraguay, en la novena (también 1-0) En el camino hacia un Mundial también hay que sumar a domicilio ante selecciones que sobre el papel son (o eran) menos que la nuestra como Venezuela (perdimos 2-0) y Bolivia y Perú, que empatamos.
No hay equipo, no hay fútbol. La selección apeló sólo a las individualidades y ellas aparecieron únicamente por chispazos. No hubo regularidad en la mayoría de los jugadores. Se probaron muchos, la lista pasa de lejos los 50, y ninguno se consolidó. El arquero Agustín Julio es quien suma mayor titularidad con 12 juegos.
Dentro de la rotación constante de jugadores, hay que sumarles la falta de entereza y la ausencia de amor por la camiseta de la que tanto se habla. A los futbolistas colombianos de esta generación les falta hambre. No hay ninguno, que por ejemplo, se le acerque siquiera a los talones de un Pibe Valderrama.