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Fútbol colombiano 2 Mar 2013 - 9:00 pm

Perfil de Juan Fernando Quintero

‘El niño’ se hizo hombre

Esta semana se conocerá la convocatoria de la selección de Colombia, en la que estaría el volante de 20 años, para el juego del 22 de marzo contra Bolivia.

Por: Juan Diego Ramírez C.
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Juan Fernando Quintero se volvió hombre siendo aún un niño. La vida lo obligó —tras la ausencia temprana de su padre— a asumir la cabeza de su familia y a convertirse en adulto. Es cierto que en Envigado lo llamaban El Niño, pero obedeciendo acaso a su cara de inocente y a los 1,66 metros de estatura. Pero en realidad, al mismo tiempo que estudiaba la primaria en la escuela Pío XII, en su casa, en la que vivía con su madre Lina Paniagua y su hermano menor Mateo, decidía como padre. “No puedo más, no aguanto”, se lamentaba ella, una estilista antioqueña. “Tranquila, mamá, que vamos para adelante. Cuando sea más grande le voy a dar todo”.

Eso le respondía dizque El Niño, que en noviembre pasado, mientras se concentraba con la selección de Colombia de mayores para disputar un amistoso contra Brasil en Nueva York, lo llamaron a anunciarle el nacimiento de María José: “¡Juanfer, ya eres papá!”. Un padre por elección de 20 años, un adolescente con decisiones de adulto. Su lenguaje y su locuacidad obedecen a ese delirio, porque las cámaras no lo intimidan, no le anudan las palabras. “Colombia no es sólo guerra”, dijo hace un mes cuando, en parte gracias a él, la Selección Sub-20 ganó el Sudamericano en Argentina. “Desde muy niño prefería juntarse con personas mayores, con amigos que le aportaran a su formación, con las que pudiera conversar”, explica Lina, que antes que considerarse su madre, dice que es su gran amiga, en parte por la corta distancia entre sus edades.

A ella le restaban tres meses para cumplir 17 años cuando lo estaba pariendo en el Hospital General de Medellín. 23 años tenía el padre, Jaime Enrique Quintero, a quien había conocido Lina en su barrio San Javier del Socorro en la Comuna 13, en donde se crio Juan Fernando. Sus padres lo llamaron así por un primo materno con reputación de juicioso y altruista y el pequeño heredó por nombre esas virtudes y por genes la gracia de patear balones. El fútbol, justamente, fue la plataforma para probar su mano firme y madurez, aunque obstáculos no le faltaron.

Como la estatura, por ejemplo. Dirán que mide lo mismo que Diego Armando Maradona, pero eso fue irrelevante para Eduardo Lara, técnico de las selecciones juveniles de Colombia, que alguna vez, cuando Quintero tenía unos 16 años, no lo escogió en una convocatoria por su altura. “Juanfer me llamó llorando, me contó que no lo habían escogido y que le habían dicho que los jugadores de su estatura sólo servían para ser vigilantes o médicos, que de esos ya había en el plantel”, recuerda su madre Lina. En adelante, nadie más volvió a condicionar su precisión con los pies y su capacidad de asistencia. Por tantas virtudes ingresó a los ocho años a las divisiones menores de Envigado, club que pagaba el arrendamiento de su casa y el colegio (Indecap) donde validó el bachillerato. Las barreras que encontró en su camino nunca fueron generadas por falta de talento, tan indiscutido que lo catapultó a mediados de 2012 al Pescara de Italia.

14 de diciembre de 2010, Envigado. Su agresor furtivo esperaba por él. Un minuto antes, incluso, el defensa rústico le había advertido a un rival: “Si entra, lo voy a tirar al aire”. Ya en cancha, a seis minutos del final del juego entre Envigado y Pasto por la promoción, Juan Fernando Quintero adelantó el balón y el central, como si sus ojos sangraran, mandó los dos guayos hacia la pierna derecha del volante de 17 años. Quintero se revolcaba en la cancha, mientras su madre sospechaba de la común mímica de dolor de los futbolistas. Luego lo vio salir en camilla de la cancha, gritando y llorando de dolor. “A Juan le quebraron el peroné”, le dijo después el doctor en el hospital y recordó que esa noche debía presentarse en la Selección Sub-20 de Colombia que disputaría el Suramericano de Perú en enero siguiente. Le incrustaron, desde la rodilla hasta la base del peroné, una varilla que aun en tiempos fríos aviva un dolor ya conocido. Con vehemencia, se recuperó en apenas cuatro meses.

El 31 de diciembre de 2010 recibió una llamada de un número desconocido. Era Germán Mera, el agresor de aquella tarde, quien había decidido disculparse, tal vez por el remordimiento, acaso porque semejante daño hubiese significado el retiro prematuro de un talento en proyección. Lo que desconocía el central —ahora en Deportivo Cali— es que Quintero nació para dejar al fútbol sólo cuando se canse.

De niño —cuenta su mamá— sus pupilas no lograban dilatarse ni un milímetro con carros ni juguetes ocasionales. Su mirada, con apenas tres meses de nacido, sólo seguía balones, como su papá Jaime Enrique Quintero, un volante de creación, diestro y pequeño, solía hacerlo. Su padre, justamente, le decía —con el tono de quien le habla a un bebé— que iba a ser el mejor hijo y, sobre todo, el mejor futbolista. No había posibilidad de que, al menos, Juan Fernando se probara algún día como futbolista, porque además del instinto y los genes, los siete hermanos de su madre son aficionados del Medellín. A los siete años convenció a su mamá de que asistieran al torneo infantil Pony Fútbol en la capital antioqueña y, mientras miraban un partido, acaso por un zarpazo del inconsciente, pensó en voz alta: “Algún día voy a ser el mejor”. “¿Ah, sí?”, le replicó Lina, y entonces sí, el niño la miró fijamente: “Póngale cuidado, mamá. Voy a ser el mejor”.

Desde pequeño soñó como grande. Por eso, aludir a su corta dad para no incluirlo en una titular de la selección colombiana de mayores que recibirá a Bolivia el 22 de marzo por eliminatoria, no puede ser de ninguna manera una razón válida. ¿O sí?

 

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