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Fútbol colombiano 7 Feb 2013 - 9:44 pm

Con millas acumuladas

Futbolistas colombianos aseguran que para triunfar en el exterior es clave la adaptación

Los jugadores nacionales se han cotizado más en el mercado gracias a su profesionalización.

Por: Juan Diego Ramírez C.
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Molina ha sobrevivido a culturas como la serbia y la musulmana. / Luis Benavides

Históricamente, la actual selección Colombia es la de mayor recorrido internacional, pues los 25 jugadores que han sido frecuentemente convocados por José Néstor Pékerman tienen un promedio de cinco años militando en el exterior, principalmente en ligas como la italiana. Sólo dos de ellos (Camilo Vargas, de Santa Fe y Gilberto García, de Once Caldas) no han jugado en otra liga. El resto tiene experiencia en ligas europeas, desde el más veterano, el portero Farid Mondragón, que jugó 20 años en el exterior, 11 de ellos en Europa; hasta el más joven, Juan Fernando Quintero, que lleva un año Italia.

Ni la última selección que clasificó a un Mundial, la que dirigía Hernán Darío Gómez rumbo a Francia 98, tenía jugadores con tanto recorrido internacional como la actual. En la derrota 2-1 contra Paraguay en abril de 1997 (cuando Colombia acumulaba ocho partidos, los mismos que la actual selección en las eliminatorias a Brasil 2014), seis de 14 futbolistas que actuaron esa noche en Asunción sólo habían jugado en el fútbol colombiano. Y El Pibe Valderrama, capitán de ese equipo, en el club extranjero donde había durado más había sido en el Montpellier francés (dos años).

Los integrantes de la actual selección de Colombia, en cambio, triunfan en sus clubes —y ahora también en el equipo nacional— porque lograron adaptarse a culturas diferentes. Muchos entendieron —con pocas excepciones, como Teófilo Gutiérrez, que se aburrió de Turquía— que la adaptación es la clave del triunfo. El defensa Iván Ramiro Córdoba, ya retirado, marcó un precedente en 1999, cuando se fue a Italia y nunca volvió. Él se volvió un referente para jugadores como Luis Amaranto Perea (10 años afuera y nueve en España), Radamel Falcao García (nueve años en el exterior y cuatro en Europa) o Fredy Guarín (siete años en Europa). Y todos han sido ejemplo para generaciones más actuales, que a pesar de emigrar y sentir la nostalgia del país natal, prefieren resistir, como el caso de Carlos Bacca.

El atlanticense de 26 años, que jugó con la selección este miércoles en la goleada 4-1 contra Guatemala, llegó a Bélgica en enero de 2012 sin su esposa Shayira y su hijo Carlos Daniel, mientras legalizaban las visas. Casi un mes vivió en una habitación de un hotel en el centro de Brujas, en medio de un ambiente apacible, como en una ciudad sumida en un letargo. Por esos días de poca comunicación extrañó la alegría de su natal Puerto Colombia, echaba de menos “el sonido de cualquier radio prendido, la bulla de algún vecino o las jugadas de dominó”.

“Fue un gran error venirme solo, porque llegar a un lugar nuevo no es fácil. Además, me costó mucho el idioma. Cuando llegó mi familia, logré adaptarme”, explica Bacca. Su consejera y cómplice, Shayira Santiago, quien fue profesora de niños, lo motivó los primeros días, cuando el ánimo y los goles eran pocos; le recordó siempre la organización del club, las comodidades que le brindaba —luego le conseguirían casa a las afueras de Brujas y un chofer—. Lo respaldó siempre: “En esos momentos es bueno tener a una gran mujer al lado”.

Algunos se han enfrentado a peores condiciones. Por su paso por Emiratos Árabes, el delantero Sergio Herrera se convirtió en el símbolo del emigrante maltratado. En 2004 fichó por el Al-Ittihad de Arabia Saudita y viajó sin su esposa y dos hijos. Además del choque cultural, el técnico no contaba con él, nunca le pagaron 50 mil dólares que le habían prometido de su transferencia, lo bajaron al plantel sub-23, le retuvieron el pasaporte y le adeudaron hasta cinco meses de sueldo. “Hicieron eso para aburrirme y que rescindiera el contrato sin indemnización. Quedé parado mucho tiempo sin poder jugar ni mostrarme. Extrañaba a Colombia”, recuerda Herrera, quien además acudió a un abogado para que lo regresara a Cali. Pero su suerte no la han sufrido muchos.

Hamilton Ricard, por ejemplo, es el futbolista colombiano con más sellos en su pasaporte: ha jugado en 10 ligas y en países futbolísticamente desconocidos, como Chipre, Bulgaria o China. Fue criado como los demás futbolistas chocoanos: en medio de la escasez de la cancha La Normal, la única con medidas reglamentarias de esa ciudad. Según los entrenadores de su zona (como Oswaldo Moreno, primer técnico de Jackson Martínez), cuando los futbolistas de zonas vulnerables como Chocó emigran por el fútbol, se debaten entre dos extremos: la búsqueda constante de lujos que nunca tuvieron o la preferencia por una felicidad malograda por la pobreza.

Hamilton Ricard, actual delantero del Tuluá, eligió desde siempre la primera opción: “La clave de mi carrera ha sido la adaptación. No me fui de acá extrañando las empanadas ni las lentejas. Adonde llegaba me comía lo que me ofrecían: perro, culebras, cordero”. Las culturas desconocidas lo atropellaron, claro: “Una vez, en China, salimos de un entrenamiento y nos salieron unas ranas, y unos compañeros latinos las empezaron a patear. Los chinitos se les fueron encima y les decían: ‘La comida no se patea’”. En Inglaterra a veces su máquina traductora no fue el interlocutor perfecto y alguna vez no entendió el GPS y terminó en un pueblo a una hora de su casa en Middlesbrough. Pero, a pesar de todo, nunca extrañó lo suficiente a Colombia como para regresar.

Tampoco Mauricio Molina, volante del FC Seoul de Corea del Sur. Antes de llegar a ese país, al antioqueño le tocó lidiar con la religión musulmana cuando jugaba en Emiratos Árabes, en donde debió acostumbrarse al Ramadán que le impedía comer de seis de la mañana a seis de la tarde. En Corea le costaron el idioma y la gastronomía, pero encontró soluciones (un traductor para lo primero y un restaurante latino cercano para lo segundo). Además, decidió aprovechar las ventajas que brinda su equipo: estadio, canchas de entrenamiento y sintéticas, gimnasios. Todo propio. Además, el club tiene para él una sala con computadores, consolas de Play Station y sofás y sillas relajantes para dormir.

“Uno no puede pensar en un pronto regreso. Eso sería una falta de fuerza mental. Hay que verle el lado bueno a la nueva cultura y aprovechar lo que no tenemos en nuestro país”, dice El Trotamundos, apodado así por su trasegar por ocho ligas. El futbolista debe entender este mensaje como filosofía de vida o moda: el verdadero reto en otros países, además de jugar bien, es la adaptación.

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