Nostalgia de los viejos tiempos

El exjugador de Santa Fe ahora es cazatalentos en Pereira. Vive con lo justo.

David Hernández, en el campo de entrenamiento de la escuela Macol.
David Hernández, en el campo de entrenamiento de la escuela Macol.

En el rancho de la vereda La Playa, a 20 minutos de Riosucio, Caldas, la caña de azúcar la machacaba un caballo en un trapiche de latas. David de Jesús y Rosa Emilia sostenían el predio con la venta de panela y miel. Y también de cachaza, un líquido gris dulce con el que alimentan a cerdos y vacas: la bebida de los más pobres.

Con la explotación de la caña pagaban el arriendo y sostenían 10 hijos, todos ellos apodados Los Cachaza, por la tradición de la finca y porque algunos atendían de vez en cuando el negocio. El menor, llamado David de Jesús, al igual que su padre, y al que distinguían por sus facultades de futbolista y atleta, popularizó el sobrenombre cuando integró selecciones de Caldas y debutó como profesional en Cortuluá, de la segunda división.

—Busco la casa de David Hernández, un futbolista. ¿Sabe? —preguntó un periodista de Manizales en la vereda. Se refería a un volante rústico e inagotable, de melena como la de sus ídolos de niño, Alberto César Tarantini y Mario Alberto Kempes.

—¿David Hernández? Pero si es futbolista debe ser La Cachaza —le respondieron. Y esa anécdota luego la contó Javier Giraldo Neira al aire y nadie más volvió a llamarlo David. Ni en su mejor época con Santa Fe ni ahora que es cazatalentos en Pereira, en la escuela de formación Macol.

Viendo a estos chicos que quieren ser futbolistas, ¿no se recuerda a sí mismo?

Uf. Pero a diferencia de muchos de ellos, yo no tuve padrinos, como ahora se dice. Yo salí por mi propia cuenta, motivado por mis papás que me decían: “Queremos verlo algún día por televisión”. Además, yo veía en trasmisiones a Arnoldo Iguarán, a Willington Ortiz, y pensaba que quería ser como ellos. Cuando integraba las selecciones Caldas nos llevaban al Palogrande, a ver al Phillips, y quería estar ahí junto a La Fiera Gutiérrez. Podré no haber ganado mucha plata, pero les cumplí a mis viejitos. Cuando me dieron cinco millones por mi pase al Cortuluá, les di la mitad a ellos para remodelar la finca.

¿Cómo era esa finca?

Mi viejo cultivaba plátano, yuca, café, arracacha. Y antes teníamos otra, en la que producíamos la caña de azúcar, pero les tocó venderla por necesidad. Eran ranchos campesinos, humildes.

¿Los oficios agrícolas de ese entonces pudieron haberlo atado a ese mundo?

Yo arranqué café, desyerbé, bajé leña de la montaña, de todo. Me levantaba a las 5 a.m. para llegar a las 7:30 al colegio; luego regresaba para almorzar y salir a entrenar. Todo caminando. Se nace con condiciones técnicas, tácticas y físicas, y yo tuve sobre todo de la última; el resto traté de aprenderlo después.

¿En qué escenarios jugaba?

En la cancha del colegio o del pueblo. Practicaba descalzo, claro. Porque sabía que si dañaba mis zapatos mis papás no tenían cómo comprarme unos nuevos. A veces olvidaba quitármelos y debía amarrarlos con alambres delgados y piolas. Otras veces, descalzo, se me ampollaban los pies, se me reventaban las uñas. Cuando me llamaban a selecciones Caldas, con los viáticos que me daban compraba los cuadernos para el colegio y los zapatos de caucho, como les decíamos entonces. Es que era bien pobre.

Cuando logró llegar, ¿no perdió de vista su pasado, la soberbia no le ganó a la humildad?

Jamás. Siempre fui sencillo, tímido. Con la plata era juicioso, no despilfarré. Mi primer carro me duró 13 años, un Swift 1000 de color azul. Me encanta el azul.

Pero es al rojo al que debe guardarle gratitud...

(Risas) Santa Fe me ayudó mucho y di todo por ese club. Aún recuerdo la bandera de oriental con las caras de Agustín Julio, de Léider Preciado y la mía. No pude ir a la final contra Pasto en 2012, pero le envié un mensaje por el PIN a Wilson Gutiérrez, con quien compartí cuando jugábamos.

¿El equipo actual le gusta?

Ahora sí está demostrando que es un equipo grande. Se reforzó bien y su rendimiento está beneficiando a nuestro fútbol, porque en Libertadores está fuerte. Pero, bueno, a mí también me tocó una buena época. Diferente, pero bonita. No jugábamos por dinero, aunque allí conseguí mi tope salarial (cinco millones de pesos mensuales).

¿Quedó conforme con ese rubro?

Mi época no era la de las vacas gordas. Lo que ganaba era suficiente para sostener a mi familia. Pero también se gastaba mucho, sobre todo en Bogotá, en donde todo es caro. Pero no me quejo, gané bien, ayudé a amigos, ahorré cuando pude. Y fui feliz.

¿Por qué terminó en Yopal, entrenando a las selecciones de Casanare?

Yo jugué dos temporadas con Pumas en la B. Pero allá la situación era de devengar dos sueldos y esperar por cuatro, era muy duro. Y cuando me iba a ir, unos amigos me hicieron vincular por órdenes de servicio con el departamento. Trabajaba todo el año, pero cuando se acababan los recursos dejaba de recibir sueldo por seis meses y así. Fueron momentos difíciles, sobre todo el año pasado, porque realmente me vi varias veces a gatas.

¿No era entonces mejor negocio haber seguido jugando fútbol un poco más?

Tenía mucha madera para continuar. Pero cuando uno cumple 30 se le van cerrando las puertas. Todos se fijan ya en los jóvenes con el fin de venderlos. Por eso ya no era lo que yo quería que me pagaran, sino lo que los directivos decidieran. Y me costaba estar por debajo de un futbolista joven, cuando yo podía hacerlo mejor que él. A mí me preguntan: Cachaza, ¿usted cuándo se retiró? Y yo respondo: A mí me retiraron.