Quince años soñando con volver al Mundial

Los ocho técnicos que fallaron en su intento por clasificar, de una u otra manera, también contribuyeron al éxito actual.

Este es el equipo titular que ayer venció a Ecuador en Barranquilla. / Óscar Pérez, enviado especial
Este es el equipo titular que ayer venció a Ecuador en Barranquilla. / Óscar Pérez, enviado especial

Imposible determinar con exactitud en qué momento comenzó a gestarse esta nueva y exitosa generación de futbolistas colombianos, la que ayer finalmente fue capaz de lograr la clasificación a un Mundial después de tres intentos fallidos.

Lo que sí es seguro es que no es producto del trabajo de un solo cuerpo técnico o de la gestión de un par de directivos. La época dorada que atraviesa nuestro balompié a nivel de selecciones es consecuencia de las experiencias y enseñanzas que dejaron decenas de fracasos y no pocas alegrías durante los últimos 15 años, precisamente los que nos separan del ya lejano 1998, cuando la selección participó en Francia.

Empezando por la injusta y triste despedida que se les dio a los integrantes del equipo nacional de los 90, ese en el que brillaron René Higuita, Óscar Córdoba, Luis Fernando Chonto Herrera, Luis Carlos Perea, Andrés Escobar, Leonel Álvarez, Gabriel Jaime Barrabás Gómez, Carlos El Pibe Valderrama, Freddy Rincón, Faustino Asprilla, Adolfo El Tren Valencia, Iván René Valenciano, entre otros, bien liderados desde el banquillo por Francisco Maturana, Hernán Darío Gómez y compañía.

Ellos, que fueron la base del plantel que nos llevó a tres mundiales de manera consecutiva, terminaron criticados y señalados por buena parte de la afición y del periodismo, que aseguraban que “no bastaba con participar” y exigían que la selección llegara más lejos. “Para quedar eliminados en primera ronda, mejor no ir”, decían.

Pero después de tres amargas eliminatorias e igual cantidad de mundiales vistos por televisión, mucha gente por fin parece haber entendido que para Colombia el éxito es lograr la clasificación.

Eso sí, hay que dar la pelea e intentar llegar lo más lejos posible, pero a ganar el Mundial van los países que trabajan con mayor seriedad y profesionalismo que el nuestro, los que invierten en las divisiones menores, planifican y tienen mayor infraestructura. Los de las ligas poderosas y los grandes patrocinadores. Esos a los que los colombianos les hicimos barra en Corea-Japón, Alemania y Sudáfrica.

Apenas terminó la era del ‘toque-toque’, que fue un estilo de juego que nos dio identidad y reconocimiento internacional, nuestro balompié perdió su rumbo. Talento siempre hubo, como en los 60 y los 70, pero no liderazgo y unión. Fue por eso que el título de la Copa América 2001 tuvo un sabor agridulce.
Javier Álvarez, que ni siquiera comenzó la eliminatoria, el propio Francisco Maturana y Luis Augusto García fallaron en su intento por llevar a Colombia a la cita de Corea-Japón 2002.

Sin embargo, la Federación Colombiana de Fútbol ya había iniciado un proceso con las categorías menores, liderado por Reinaldo Rueda y Eduardo Lara, descubridores y promotores de buena parte de los futbolistas que hoy integran el equipo mayor.

Con ellos Colombia fue cuarto en el Mundial Sub-17 de Finlandia 2003 y tercero en el Sub-20 de ese mismo año. Y dos años después ganó el Suramericano Juvenil en el Eje Cafetero, en el que aparecieron Camilo Zúñiga, Carlos Valdés, Cristian Zapata, Abel Aguilar, Edwin Valencia, Cristian Marrugo, Fredy Guarín, Falcao García, Hugo Rodallega y Dayro Moreno, entre otros.

Ahí comenzó a cambiar la historia, porque casi todos ellos se fueron muy jóvenes a jugar en el exterior y terminaron de formarse de una manera diferente. Con su situación económica resuelta, asumieron la selección no como una vitrina, sino como su camino a la gloria deportiva.

Pero esa eliminatoria, hacia Alemania 2006, la habían jugado los más grandecitos, que ni con Maturana ni con Rueda pudieron rendir como se necesitaba.
Jorge Luis Pinto y Eduardo Lara combinaron la talentosa juventud con la experiencia, pero tampoco alcanzó para ir a Sudáfrica.

Pero tal vez ese tercer fracaso consecutivo hizo que el país futbolero entendiera que tenía que unirse de una vez por todas, que era necesario tirar todos para el mismo lado. Volvió Bolillo Gómez y la esperanza renació, así como la confianza de los patrocinadores, que anunciaron con bombos y platillos su apoyo al equipo nacional.

Y Colombia organizó el Mundial Sub-20 en 2011, que contribuyó a la propagación de la ‘fiebre amarilla’ y a la consolidación de figuras como Luis Fernando Muriel y James Rodríguez. Gómez dejó el cargo por cuestiones personales y Leonel Álvarez lo reemplazó, pero duró apenas tres partidos.

Y apareció José Pékerman, un técnico extranjero como muchos pedían, un hombre ajeno a regionalismos, como ajena es esta generación de futbolistas que terminaron de madurar afuera y no se sienten paisas, vallecaucanos, costeños o cachacos, sino colombianos. Respaldados por algunos sobrevivientes de procesos anteriores, como Farid Mondragón, Mario Yepes y Luis Amaranto Perea, complementos ideales para hacer del plantel una familia.

Y retomaron el camino haciendo respetar la casa, pues ganaron todo en el Metropolitano, y sumando puntos de oro como visitantes. Enamoraron a la afición con sus actuaciones con la selección, pero también con sus títulos en el exterior.

Crecieron tanto, que comenzaron a ser comparados con los ídolos de los 90, aunque los de ahora tienen más fogueo y horas de vuelo que quienes les marcaron el camino, esos a los que de niños veían por televisión y ahora también son sus admiradores.
Y el año entrante van a jugar en Brasil, van a cumplir su anhelo y el de todo el país, que duró 15 años soñando con ver la bandera tricolor en un Mundial.