Sueño en el Atanasio Girardot

La primera final resultó ser muy aburrida, aunque el empate le convino más al equipo bogotano, pues DIM sufrió la expulsión de su capitán John Viáfara. La revancha será el domingo a las 5:30 p.m.

Román Torres y Máyer Candelo, de discreta actuación, hablan luego del empate a cero con Medellín. Otros, como Járold Martínez, celebraron el resultado.  / Luis Benavides
Román Torres y Máyer Candelo, de discreta actuación, hablan luego del empate a cero con Medellín. Otros, como Járold Martínez, celebraron el resultado. / Luis Benavides

Lo único emocionante del empate insípido de anoche en el Atanasio Girardot, en la primera final entre Medellín y Millonarios, es que, hasta el domingo, día de la revancha en El Campín de Bogotá, la incertidumbre permanecerá en el aire. Por lo demás, se trató de un baile sin música, una obra teatral sin clímax. Una aburrida apología del DIM a despreciar el ataque como instrumento y una oda de Millos a la mala puntería.

Wason Rentería, sobre todo, renunció a las mejores decisiones. Járold Martínez, que poco avanza en ataque por su banda, llegó hasta el fondo (29’) y lanzó su centro más preciso, acaso, del semestre, porque encontró solo a Rentería y éste casi remata como Martín Palermo con dos pies, pero no por un resbalón como el argentino, sino por torpeza. Y finalizando la primera parte, Hárrison Otálvaro lo habilitó por izquierda y en lugar de cruzarla o perforar el arco por arriba, prefirió centrar hacia atrás, en donde ya no estaba Wilberto Cosme. Al entretiempo se hubiese ido ganando Millos si Rentería decide con cabeza fría, y también porque Leandro Castellanos se estiró para sacar del rincón un remate de Otálvaro y porque un defensa de Medellín cerró a tiempo cuando Wason iba a disparar tras un pase al vacío de Rafael Robayo.

Esa misma fórmula, Robayo-Rentería, apareció en el comienzo de la segunda etapa, cuando el volante bogotano filtró un balón por derecha a Rentería y éste, antes de rematar, se dejó caer al sentir una mano de un defensa en su espalda, pero el árbitro Juan Pontón no concedió con razón el penalti.

El partido, como era de esperarse por los planteamientos tácticos de Hernán Darío Gómez, no emocionó lo suficiente como para que los asistentes con frío se quitaran las chaquetas por las lluvias intermitentes en el día de ayer en Medellín. Tal vez la única ocasión en que la totalidad del estadio se puso de pie fue al minuto 52: Sebastián Hernández se le antojó ser Ronaldinho por dos segundos, sostener el balón con la cabeza levantada y girarla hacia la izquierda, el lado contrario a donde filtró un pase con borde externo a Felipe Pardo, ese que usualmente cada vez que ve al arco de frente hace que sus espectadores, antes de rematar y después, se agarren la cabeza. Esta vez a unos cinco metros del arco corrió sin culpa el balón con su pie izquierdo y el derecho terminó pegándole un guayazo al viento.

Ambos se rajaron en espectáculo: Medellín por comulgar en exceso con la táctica y Millonarios por poco efectivo. Los últimos 25 minutos parecían un pacto tácito de no agresión y la explicación de El Chusco Sierra, asistente técnico de Millonarios, lo prueba: “Pensamos en meter otro delantero, pero no nos podíamos enloquecer. Había que pensar en el partido de casa ya”. Lo más emocionante en ese lapso fue una falta de William Zapata sobre Luis Delgado en un balón dividido y que invalidó el juez, un contragolpe de Medellín tras un error de Ithurralde que terminó en un tiro de esquina y la expulsión justa de John Viáfara por lanzarse en el área para buscar un penalti, cuando ya lo habían amonestado en el primer tiempo. ¡Ah! Y las sustituciones: José Luis Tancredi por Hárrison Otálvaro, Jorge Perlaza por un inadvertido Máyer Candelo, Ómar Vásquez por Wason Rentería y Andrés Correa por Sebastián Hernández. Los cambios como hechos sobresalientes de un juego.

El empate no amerita un aplauso para Millonarios por las facultades de buen visitante de Medellín. Este semestre ganó casi el 50% de los partidos por fuera de casa, incluyendo uno en la altura de Manizales en la fase regular. Y Colombia ya conoce bien los equipos de El Bolillo, que se diferencian por la distancia cortísima entre la zaga defensiva y la de volantes de primera línea, que no necesariamente se apoderan del balón, porque al recuperarla aparecen jugadores veloces como Felipe Pardo y gerenciales como Sebastián Hernández. El gol no es la obsesión del DIM, por el contrario, es como enfrentar a un ajedrecista que sólo mueve su rey hacia atrás, o como diría Jorge Valdano: “Jugar contra un equipo que se defiende es como hacer el amor con un árbol”. El arquero Leandro Castellanos lo explicó así después del partido de anoche: “Nosotros somos pura táctica, once obreros. El del fútbol es Millonarios y así seremos en Bogotá”. En definitiva, Bolillo no se apena por correr detrás de la pelota, sus planteamientos no la necesitan y mucho menos se apenará si lo hace de visitante. Por eso el empate —para los hinchas albiazules que ya cantan victoria— no es más que una continuación de la incertidumbre. No vaya a ser que quien parecía ser verdugo se convierta en saco de boxeo.