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Fútbol internacional 7 Dic 2012 - 10:30 pm

Fútbol de España

¿Por qué odiamos a Cristiano Ronaldo?

Se puede amar gratis, porque sí, sin que nadie pida una justificación.

Por: Anita de Hoyos, Especial para El Espectador
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Foto: Denis Doyle / Getty Images

El amor tiene tan buena prensa que estamos dispuestos a admitirlo sin escándalo. Pero para odiar siempre se exigen razones. En el caso de Cristiano Ronaldo, esas razones abundan.

Tenemos más de lo que necesitamos para justificar nuestra antipatía por este engendro que se pavonea por las canchas del mundo sintiéndose el centro del universo, celebrando solo sus propios goles y echándole la culpa a sus compañeros cada vez que las cosas se ponen difíciles.

No fue siempre así. Los primeros recuerdos que tenemos de CR7 son del 2003, cuando tenía 18 años y llevaba la camiseta número 9 en el Manchester United. Entonces, nos pareció un pelao exhibicionista, pero definitivamente talentoso, que llevaba la pelota amarrada a sus pies, como los grandes. Una figurita que anotó sólo seis goles en su primera temporada, dándole razón a las dudas de su entrenador, que vaciló en contratarlo porque lo consideró sobrevaluado. Catorce millones de euros eran demasiado por alguien que a la hora de mojar no aparecía y que las pocas veces que inflaba la red se quitaba la camiseta y lucía un torso de fisicoculturista con el que hacía delirar a una gradería de mujeres insatisfechas y gays de clóset. En resumen, un futbolista de calidad perdido en los laberintos de su ego y condenado a ser más imagen que solución. Nada que ver con un tipo serio como Cantona.

Sin embargo, es mejor llegar a tiempo que ser invitado. Ronaldo tuvo su oportunidad cuando la salida de David Beckham dejó al Manchester sin figura mediática. La división de mercadeo llenó este vacío con Cristiano, le adjudicó el 7 que había abandonado Beckham y puso a su servicio un gigantesco aparato de promoción. Tapas de revistas, entrevistas en la tele, el torrente de primeros planos en la transmisión de los partidos. Y el efecto fue inmediato. CR7 —ahora sí y por fin CR7— se convirtió en la insignia sexi del equipo y empezó a vender camisetas en serio. No era la mitad de varón que Beckham (para ser francos, siempre ha sido un poco nena) y seguía sin hacer goles (en su segunda temporada sólo marcó 9 en 50 partidos), pero a nadie le importó.

A nosotros menos que a nadie, porque en esa época feliz del 2005, Cristiano nos seguía pareciendo un tipo ligero y divertido, un performer que había encontrado su nicho en el mundo de un espectáculo bravo, donde disfrutaba de sus propias payasadas y de vez en cuando nos regalaba pincelazos de calidad. Un niño portugués que había nacido en una isla miserable rodeada por el Atlántico y la ignorancia, y que fue bautizado Ronaldo porque su padre, un alcohólico que murió de cirrosis, era un profundo admirador del presidente Ronald Reagan. Con antecedentes tan precarios sólo podíamos ser tolerantes con su necesidad de figuración. Siempre pensamos que el tiempo le daría a CR7 la madurez necesaria para entender que sólo era una pieza más en un equipo donde jugaban otros. Estábamos lejos de sospechar el monstruo narcisista que estaba creciendo en los camerinos del Manchester.

El engendro empezó a sacar las uñas en su tercera temporada en Inglaterra, cuando logró hacer 12 goles. Entonces fue claro que su meta pasaba por encima de su equipo. Su estilito de quejarse en cámara de la incompetencia de sus compañeros se volvió insultante, sus taquitos y sus rabonas en mitad de cancha nos llenaron de impaciencia y el vestuario se llenó de tensiones. Nadie se explicaba por qué CR7 insistía en que era de otro estrato. Algo así nunca había pasado con Beckham, que podía ser un gamín arribista, pero un gamín arribista que tenía claro que su cheque se apoyaba en el esfuerzo de sus compañeros. Cristiano era de otro material. Él jugaba para él. El año que finalmente marcó 40 goles, hizo sólo una asistencia.

Pero todavía no lo odiábamos. O al menos podíamos hacernos los pendejos con nuestro odio, porque se trataba de un odio chiquito, fetal, apenas en gestación. Por eso, en el 2008, cuando tuvo su año de gloria, fuimos capaces de aplaudirlo. Un tipo antipático y sobrador, de acuerdo, pero nadie es monedita de oro. Entonces, vino el desastre. Ronaldo se fue a jugar al Real Madrid de Mourihno y peló definitivamente el cobre.

El Real de Mourihno es la versión recargada de algo que hace rato es perverso. Exhibiendo una chequera inagotable y aupado por una hinchada carnicera a la que sólo le importa el resultado, el Madrid es un equipo de mercenarios. Es verdad que todos los equipos de fútbol tienen algo de mercenarios y que todas las hinchadas son medio carniceras, pero esta vez don Florentino se pasó de comerciante y los fans del Madrid de cínicos. Cansados de la paternidad del Barcelona, los directivos del Real fueron por el mundo comprando a los mejores, para armar un dream team de alemanes, argentinos, croatas, franceses, brasileños y portugueses que contara la mentira de que España era grande sin Cataluña. Y la hinchada del Madrid acogió a estos invasores como si hubieran nacido en la Gran Vía, permitiendo que jubilaran a Raúl y a Guti sin buscarles reemplazo en las divisiones inferiores y condenando a Casillas, a Alonso y a Sergio Ramos a jugar en un equipo de extranjeros.

Un equipo edificado con un criterio tan ruin le vino como anillo al dedo a Cristiano, que respaldado por ese brujo de los medios que es Mourihno, encontró en el Madrid el terreno perfecto para su show. Una liga dispareja con equipos fáciles de golear y los mejores mediocampistas del mundo para ayudarlo. Así, pegándole a los chiquitos, Cristiano rompió todos los récords. Para su desgracia, le tocó compartir escenario con Messi, que en la misma liga cómoda y también asistido por estrellas resultó más goleador todavía. La limpia imagen de Messi le robó la carátula de Time y tres Balones de Oro, pero a CR7 no le importó. En su imaginación ya había coronado. Se había comido su propio cuento y empezó a dar declaraciones ególatras con la impudicia de un rey ciego.

Cuando le preguntaron si no le preocupaba que tanta gente lo considerara antipático, contestó: “Creo que por ser rico y guapo y un gran jugador, las personas tienen envidia de mí”. Cuando alguien lo interrogó sobre sus cualidades, respondió como Pelé: “Soy el mejor jugador del mundo”. Cuando don Florentino no le quiso pagar 30 millones de euros al año, dejó de celebrar los goles de su equipo y dio una excelente razón: “Estoy triste”. Cuando trató de explicar los motivos para tener 12 autos deportivos que casi nunca usa, porque aun siendo Cristiano Ronaldo no puede ocupar dos automóviles al tiempo, declaró con sencillez: “Siempre me ha gustado la velocidad”. Cuando los periodistas cuestionaron la mala actuación de Portugal en la Eurocopa, criticando el bajo rendimiento de CR7 en la selección nacional, salió con la siguiente perla: “¿Sabes dónde estaba Messi el año pasado? ¡Eliminado con Argentina en la primera ronda de la Copa América!”. Obvio: entre Di María e Higuaín se lo querían comer vivo. ¿A qué imbécil se le ocurre poner en la picota a un equipo donde juegan dos de sus compañeros?

Es una lástima, porque insistimos en que es un jugador con talento. Pero sus desplantes son ofensivos y por eso lo odiamos, porque nos agrede con su egoísmo infantil, que es el mismo egoísmo infantil, ciego y avaricioso de todos los niños perversos que están acabando con el planeta.

Desde luego que no madurar es una alternativa respetable. El que quiera seguir teniendo seis años toda la vida está en su derecho. Pero seres humanos así deberían ser pintores como Dalí, o payasos como Krusty, o protagonistas de telenovela como Jorge Enrique Abello. A estos seres elementales y obsesionados con su propio cuerpo hay que confinarlos en actividades poco serias, donde su narcisismo y su inagotable ambición no hagan daño a los demás. Jamás se les deben confiar responsabilidades de adultos. No deben ser presidentes de bancos y disponer de los ahorros de millones de inocentes, porque terminarán robándolos; no deben ser generales y mandar ejércitos, porque masacrarán países enteros; no deben ser políticos, porque querrán eternizarse en el poder y ser los dueños del balón para siempre; y —sobre todo— no deben ser ídolos de consumo masivo, porque confundirán a quienes los admiran mostrándoles un camino equivocado para llegar a la victoria.

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