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Fútbol internacional 30 Jun 2013 - 9:00 pm

Debate

Y la pelota sigue rodando

Las manifestaciones de los últimos días en Brasil, en plena Copa de las Confederaciones y la delicada situación en Europa, pasan por el lado del fútbol, un negocio multimillonario que surge y se sirve de la pasión.

Por: Fernando Araújo Vélez
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/ Ilustración: Heidy Amaya

En un rincón, perdida, las páginas de deportes reseñaron a comienzos del 2012 la historia de un muchacho de 24 años que se había cansado del fútbol, “de sus dineros y su corrupción”, llamado Javi Poves. “Lo que se ve desde dentro lo deja claro: el fútbol profesional sólo es dinero y corrupción. Es capitalismo, y el capitalismo es muerte. No quiero estar en un sistema que se basa en que la gente gana dinero, gracias a la muerte de otros en Suramérica, África, Asia. Simplemente, mi yo interior me impide seguir en esto. La suerte de esta parte del mundo es la desgracia del resto”.

El diario La Opinión, de La Coruña, decía que Poves “en los viajes y en las concentraciones leía a Karl Marx o algún libro de historia, en el contexto de un espacio aparentemente reservado a la Play Station. Tenía inquietudes que trasladaba sin inhibiciones cada vez que podía. En el club se sorprendieron cuando pidió que no quería cobrar su sueldo por transferencia bancaria para que no se especulase con su dinero y, sobre todo, cuando devolvió las llaves del auto que una firma comercial entregaba a los futbolistas del Sporting. Decía entonces que con el que tenía, un Smart, le bastaba”.

El País de Madrid le ponía por esos días de asombro un título que le encajaba perfecto: “El futbolista indignado”. “Quiero ayudar a la gente que lo necesita —declaró Poves—. Busco sentirme a gusto, y así lo puedo conseguir. En el fútbol no era feliz. En los entrenamientos pensaba más en lo que pasaba en Burundi que en lo que me decía Preciado. Quiero conocer el mundo de verdad, saber lo que hay. Ir a África. Para eso no hace falta mucho dinero. Sin ir más lejos, he estado en Turquía en hoteles que costaban tres euros. Me llaman antisistema, me han encasillado ahí, pero no sé lo que soy. Sí sé que no quiero vivir prostituido, como el 99 por ciento de la gente”.

Javi Poves se largó a Senegal un día cualquiera. Se fue a buscar pozos de agua y a dictar clases en escuelas primarias. Su historia se diluirá con el tiempo. El sistema hará hasta lo imposible para que nadie siga su ejemplo. Dirán que estaba loco, que era, incluso, peligroso. Lo tacharán de lobo estepario. Escribirán que era un desadaptado, y diseñarán una teoría según la cual Poves se había deprimido por un tiro penalti errado, porque no lo contrataron en el Barcelona o el Real Madrid, o por una conflictiva relación de amor. Dirán, o comprarán periodistas para que digan que era un resentido, que estaba condenado al fracaso, que era un rebelde sin causa y que ni siquiera sabía lo que decía. Para concluir, lo acusarán de apátrida e ingrato.

El fútbol se volvió parte del sistema. El sistema comprendió su poder, su influencia, su infinita bolsa de millones, su condición de intocable, desde que Benito Mussolini obtuvo el favor del pueblo gracias a los triunfos de Italia en las Copas del Mundo del 34 y 38. En aquel entonces, movió sus hilos, para comprar árbitros, amenazar de muerte a futbolistas, sobornar rivales y escribir la historia a su antojo. “Señor Pozzo, usted es responsable del éxito, pero si fracasa, que Dios lo ayude”, le advirtió en una nota a don Vittorio Pozzo, el entrenador italiano, antes de salir al estadio Flaminio de Roma para jugar la final del 34 ante Checoslovaquia. Italia ganó. Tenía que ganar. “Mussolini nos dijo que podíamos pedir lo que quisiéramos si ganábamos aquella final”, confesó años más tarde Luis Monti, el eje de aquel equipo.

Monti había sido amenazado antes de la final del Mundial del 30 entre su selección, Argentina, y Uruguay. Algunos de los jugadores de aquel histórico juego comentaron años más tarde que las amenazas llegaron al vestuario argentino pocos instantes después de que hubiera finalizado el primer tiempo. Argentina ganaba 2-1. Perdió 4-2. Alfredo Paternoster dijo: “Mejor que perdamos. Si no, aquí morimos todos”. Mussolini había decidido que necesitaba a Monti en Italia, como italiano, y en la Lazio, su equipo. Con él, y otros tantos como él, Italia obtendría la Copa del 34, celebrada por miles de miles de camisas negras, tanto en el campo de juego como en las calles de los pueblos y ciudades de Italia.

El fútbol como objeto de uso, como idiota útil, a veces no tan idiota, pero cada día más útil, había comenzado a dar pasos que retumbaban. Pasos que laceraban, que herían, y que con el tiempo, acabarían siendo pasos de muerte. En los 70, el capitalismo salvaje, “el capitalismo que es muerte”, como lo llamó Poves, se apoderó de aquel fútbol, que ya nunca volvería a ser “aquél”. Lo volvió un producto de consumo, a sabiendas de que las pasiones que generaba eran tan inmensas que muy pocos lo asociarían con una cruda relación de crimen-ganancias-juego-fanatismo. El fanatismo les daba el mayor de los seguros. El fanatismo era una infinita caja de fidelidad hacia el producto.

Si alguno se salía del camino, si un rebelde llegaba a repetir que el fútbol es el opio del pueblo, habría que bombardear al resto de la humanidad, desde todos los medios, también de su propiedad, y hasta el final de los días, con las viejas máximas de “podemos cambiar de amor, de país, pero jamás de equipo de fútbol”, o “el fútbol es la patria”. Al mismo tiempo, sería urgente, todo un gesto de cordura, que en nombre de las buenas costumbres el capitalismo salvaje denigrara de los rebeldes. Así lo hizo. Con periodistas pagos, premios, embajadas, ensalzó a quienes les reportaban dividendos, a quienes trabajaban por el bien del fútbol, y estigmatizó a los pocos rebeldes que quedaron.

De un lado, los “buenos”. Pelé, como líder y referente. Pelé, que la semana anterior instó a millones de brasileños a que apoyaran a su selección en la Copa de las Confederaciones, en vez de protestar por la corrupción, por los altos precios del transporte, por el sistema de cosas que les hacía casi imposible estudiar, por la inseguridad, por los bajos salarios, por la inflación y por una infinita serie de razones que al fútbol poco le han interesado, y si le han interesado, ha sido para cambiar sedes de mundiales, para colonizar, para venderse con el rostro amable de la bondad, de la beneficencia. Así ocurrió con la sede que Colombia había adquirido para la Copa del Mundo de 1986.

Fue aprobada por la FIFA en pleno durante la Copa del 74, en Alemania. Sin embargo, según pasaron los años, el sí de un principio se transformó en un no rotundo. Los directivos de las firmas de indumentarias deportivas que por aquel tiempo dominaban el mercado solicitaron que Colombia fuera reemplazada, pues allí nadie tenía con qué comprarse un par de zapatillas de marca, la gente vivía descalza y padecía hambre. La solicitud fue exigencia, y la exigencia, una clara amenaza: o un cambio de sede, o el retiro absoluto de los patrocinios. Para salvar su imagen, la FIFA decidió trabajar desde la sombra con un grupo clandestino cuyo objetivo primordial era desacreditar a Colombia, “El plan renuncia”.

Exigió y siguió exigiendo, a sabiendas de que Colombia no podría construir 18 estadios con capacidad mínima de 50.000 espectadores ni una red ferroviaria que uniera a todas las ciudades del país, para no mencionar las otras demandas. Cuando Belisario Betancur, el entonces presidente de la República, dijo que el Mundial debía servir a Colombia, y no Colombia a una multinacional, los “chacales de Washington”, como llamaba Julio Cortázar a los periodistas que servían a los intereses del gran capitalismo, mordieron a Betancur y a quienes estaban de acuerdo con él. La historia, escrita y narrada por ellos, dictaminó que Colombia había renunciado a la Copa, y no que altos intereses la habían obligado a renunciar.

El fútbol, entonces, y una vez más, salía limpio, indemne. Los disidentes hablaron. Denunciaron. Recordaron antiguos nombres, viejos sucesos. Carlos Caszely, por ejemplo, quien a finales de 1973 se negó a darle la mano a Augusto Pinochet, pocos días después de que Chile hubiera clasificado al Mundial del 74 con un remedo de presentación en el Estadio Nacional de Santiago ante un rival invisible, la Unión Soviética, que no accedió a avalar la nueva dictadura y canceló su viaje. El día del partido, 21 de noviembre de 1973, los diarios anunciaron la clasificación a grandes titulares.

Los jugadores se sentían atrapados. Ya no podían renunciar a nada, pero la gente se les acercaba y les pedía por la liberación de un primo, de un hijo, del amigo, que los militares habían secuestrado y torturado después del golpe contra Salvador Allende. Y en el vestuario, en la tarde del juego, percibían un lejano olor a muerte y a sangre y a humo. “Fue escalofriante —recordó 30 años más tarde Leonardo Veliz—. Creo que aún había rastros de lo que había acontecido en los vestuarios, y fue algo muy difícil de asumir”. La jornada se inició con el himno nacional y el seleccionado chileno formado ante la bandera.

Los chilenos comenzaron el juego. Hicieron varios toques, se aproximaron, hasta que Francisco Valdez anotó, sonriendo para que los fotógrafos registraran la escena. Sonriendo para que decenas de miles olvidaran. Sonriendo para firmar una mediocre y sangrienta obra de fútbol. A las pocas horas el presidente les envió un comunicado de felicitación y los invitó al Palacio. “Todo era pompa, ceremonia, solemnidad —diría Caszely—. De repente, se abrió una gran puerta y apareció Augusto Pinochet, de gafas oscuras y su uniforme, impecable”.

Caszely echó sus brazos hacia atrás y entrelazó sus manos, pensando en las víctimas, recordando a quienes le suplicaban que intercediera por éste o aquél. “Cuando me llegó el turno de saludar, yo apreté mis manos atrás. Pinochet no tuvo más remedio que seguir de largo”, recordó. Meses más tarde, el dictador se vengaría. Por aquellos años, Carlos Caszely era el gran ídolo de los chilenos. Todo se le permitía. Todo se le aplaudía. Jugaba en España, y cuando se marchó, Pinochet y los suyos detuvieron a su madre. “Fueron tantas las vejaciones y las torturas que tuve que sufrir, que yo no he querido ni contarlas por respeto a mis hijos y a mi esposo”, diría ella años más tarde ante unas cámaras, para promover el no en un plebiscito de 1990 que terminó con la dictadura. Caszely formó parte de aquella campaña.

Más allá de sus rencores, de sus dolores pasados, se enfrentó con ese pasado, a sabiendas de que su voto sería el voto de cientos de miles. Con una pelota en los pies, con sus goles, con su actitud, se había convertido en un ejemplo para muchos. Lo que él dijera era la verdad. Ese fue su gran poder. Él lo comprendió y decidió utilizarlo para una causa: volver a la democracia. Así lo hizo Drogba tiempo después, que con dos gestos colaboró con la pacificación de Costa de Marfil, y lo hizo también Sócrates, que comenzó a instaurar la democracia en Brasil empezando por su club, el Corinthians. Su rebeldía, su idolatría, le permitieron hacer de ese club el más demócrata de Brasil, o el único. Hasta los lugares de concentración se sometían al voto. Y las contrataciones, y el presidente, y el capitán del equipo, y las comidas. “Los futbolistas somos artistas y, por tanto, somos los únicos que tenemos más poder que sus jefes”, solía decir. Lo creía. Trabajaba en ello, con ello, en tratar de lograr que desde abajo se solucionara la vida, en intentar volver al voto, el voto sagrado del pueblo. Por aquellos tiempos, los primeros 80, Brasil llevaba casi dos décadas de dictadura. Sócrates empezó a combatirla desde el fútbol, desde sus declaraciones, desde su imagen. Se jugó la vida por sus creencias y llevó a sus partidarios a corear un revolucionario “ganar o perder, pero siempre con democracia”. Él ganó y también perdió y murió convencido de sus ideales. Para él, el fútbol era mucho más que un juego, y desde allí, desde sus entrañas, se podría trabajar en una sociedad un poco más justa, un poco más noble y más humana. Desde allí, desde el fútbol, y no con el fútbol como un simple divertimento, como un mundo aparte.

 

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