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Deportes 16 Dic 2012 - 11:44 pm

Deportista del Año

Guantes de bronce

Alfonso Pérez, Premio Vida y Obra en El Deportista del Año de El Espectador y Telefónica, celebró en 2012 cuarenta años de haber sido medallista en los Juegos Olímpicos de Múnich.

Por: Juan Carlos Piedrahíta B.
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Su medalla es de bronce, pero brilla más que una de oro. El mérito de Alfonso Pérez Torres, porque también hay que darle crédito a doña Dominga, no sólo se reduce al hecho de haberla conseguido a punta de golpes en los Juegos Olímpicos de Múnich, en 1972. A esa hazaña hay que sumarle la devoción con la que el campeón la cuida y limpia casi todos los días de su vida. En los viajes fuera del departamento de Bolívar, que cada vez son menos frecuentes a sus 63 años, jamás la olvida y al alistar el equipaje la tiene presente, incluso antes de pensar en la muda de ropa para el siguiente día. Esa extraña aleación metálica entre el estaño y el cobre es su carta de presentación en cualquier rincón colombiano y un documento más legítimo que su misma cédula.

Alfonso Pérez sabe que ese bronce que tanto mima se pudo haber traducido en una presea más maciza y considera que fue superior a su contrincante en ese entonces, el boxeador húngaro Lazlo Orban. Las pruebas, según dice, estaban por todos lados y afirma que lo único que había que hacer era observar con detenimiento las imágenes de la época para establecer cuál de los dos pugilistas había derramado más sangre sobre el cuadrilátero. A Múnich, Alemania, llegó gracias a su gran desempeño durante los Panamericanos de Cali, en 1971. Fue portador de la bandera nacional y todavía no entiende muy bien por qué le dieron la orden de desfilar encabezando la delegación; sí lo que escuchó, y lo sigue asegurando en la actualidad, fue “Kulumbia” y no Colombia.

Reconoce que nunca fue buen perdedor. Jamás se acostumbró a que el juez le dejara el brazo abajo. Tal vez sus miles de peleas victoriosas en el Colegio Francisco de Paula Santander de Cartagena y su desempeño invicto sobre los tinglados espontáneos en el barrio Chambacú, le hicieron pensar que no existía la posibilidad de quedar en segundo lugar en un deporte en el que sólo hay dos competidores en contienda. Su fortaleza estaba en los puños, claro, en los nudillos, pero también tenía una extraña habilidad en las piernas para desplazarse rápidamente de un lado al otro. Su labor como mensajero de los Correos Nacionales lo tomó como un entrenamiento adicional, y por eso contabilizaba los minutos de recorrido entre el Centro Histórico y el sector conocido como Olaya.

Alfonso Pérez cada día necesitó menos tiempo sobre la bicicleta y más espacio para ejercitar sus músculos en los gimnasios. Nunca supo cuál de todos estos lugares en los que se formó estaba más destruido, cuál era el menos improvisado y cuál el más deprimente en su infraestructura. Sin embargo, en esos espacios que parecían más galpones, bodegas, que escenarios aptos para el deporte juvenil, logró nutrir su sueño de seguirle los pasos y secundarle los golpes a su coterráneo Bernardo Caraballo. Lo hizo al pie de la letra, y por eso fue diez veces campeón en certámenes de tipo local; dos veces ganó los Juegos Bolivarianos y tuvo dos presentaciones memorables en Juegos Centroamericanos.

“En Múnich 72, hice seis peleas, incluyendo la que libré contra el turco, después de adelgazar un par de kilos en unas horas. Cada vez que peleaba sentía que a los colombianos ni nos conocían. Y era normal, porque los deportistas llegábamos al exterior después de entrenar en condiciones deplorables: en el coliseo de la calle Espíritu del barrio Getsemaní, que parecía más bien una gallera; en un coliseo al aire libre a la entrada del barrio Torices, que constaba de tablas y cuatro estacas como cuadrilátero y lo llamábamos La caldera del diablo. Aunque más grave que eso eran los jurados vendidos que impidieron coronar nuestros esfuerzos. La Unión Soviética tenía fama de comprar jueces e incluso 15 fueron destituidos de sus cargos”, comenta con nostalgia, pero sin el menor asumo de prisa, Alfonso Pérez, quien recuerda que nunca lo noquearon, y eso que varios personajes en América y otros tantos en Colombia quisieron hacerlo sin contemplaciones de hermandad terrenal.

Con la misma confianza con la que habla de sus experiencias en Alemania, asegura que él debe ostentar un récord, porque es un boxeador profesional al que nunca lograron tumbar a manera de nocaut. Golpes, en cambio, recibió muchos y hasta el cansancio y no sólo físicos. Sin embargo, cree que haber nacido en regiones marginales del Caribe colombiano le dio la suficiente fortaleza para no quejarse, para enfrentar lo que se aproximara sin importar cómo viniera, y para saber que todo lo malo tenía una recompensa más adelante.

Su cuerpo y su rostro fueron el blanco de rectos y demás términos exclusivos del boxeo que dice sin pausa, pero con el acento de alguien orgulloso de la región de la que proviene. Algunas cicatrices ratifican el paso por los tinglados del mundo y son la evidencia de su entrega a este deporte de exigencia mayúscula en el que Alfonso Pérez logró destacarse y sigue haciéndolo ahora como leyenda viviente de esta disciplina.

Logró superar un pasado exitoso en su actividad y vive en total reconciliación con lo que fue, con lo que ya no es. Pero cuando le llega de repente la nostalgia, mira su medalla, siempre limpia y reluciente, y sonríe porque su presea brilla más que cualquiera.

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