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Deportes 15 Jun 2011 - 10:59 pm

Capítulo V

"La mayor tontería de mi vida"

El Espectador reproduce 14 entregas de la historia del ciclista Ramón Hoyos Vallejo, escritas por Gabriel García Márquez en este diario.

Por: Gabriel García Márquez
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    http://www.elespectador.com/deportes/mayor-tonteria-de-mi-vida-articulo-277762
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RÉCORD A SANTA ELENA: ARREBATADO A TITO GALLO. “LO QUE ME HIZO ANTONIO ZAPATA ARBOLEDA”. UN CICLISTA QUE APRENDÍA A CORRER EN LIBROS. “A ÉSTE YA NO LO PARA NADIE”. LO QUE PUEDE PASARLE AL QUE MIRA PARA ATRÁS.

En realidad, el triunfo que me hizo popular en Antioquia no fue el de la Doble a San Cristóbal —a pesar de que con él gané mi primer trofeo—. Mi triunfo decisivo fue el de la Doble a Rionegro —quinta carrera oficial en que participaba— y en la que corrí contra Héctor Mesa, Saúl Palacios y León Arango. Varios de ellos eran de primera categoría. Yo era de tercera. Cuando me preparaba para participar en esa prueba, volvió a surgir mi viejo problema: necesitaba una bicicleta prestada, pues la mía estaba en muy malas condiciones. No confiaba en los tubulares.

Un amigo a quien expuse mi inquietud me prestó unos tubulares, con la condición de que los usara adelante. Sin embargo, yo sabía que me hacían más falta en la rueda de atrás, y allí los puse, dispuesto a ganar la prueba. Pero cuando mi amigo se dio cuenta del cambio, me gritó:
—No te permito que pongas atrás esos tubulares. Valen quince pesos.
Cansado de tantos préstamos, de tanta humillación, arrojé con rabia los tubulares prestados y acondicioné mi vieja bicicleta con mis viejos tubulares. Prefería correr mal y perder, y no seguir ganando con el favor ajeno.

Un récord indiscutible

A pesar de las condiciones en que corrí, sin carro acompañante, en una bicicleta averiada y con los tubulares inservibles, en aquella prueba batí mi primer récord: la subida a Santa Elena, que es la prueba definitiva de Antioquia. El récord pertenecía a Pedro Nel Gil, quien lo había hecho en 55 minutos. Yo salí de Miraflores —en la Doble a Rionegro— y llegué a Santa Elena en cuarenta y nueve minutos y treinta y cinco segundos. Fue un escándalo: se dijo que la carrera había estado mal cronometrada, que era imposible hacerla en 49.35, cuando Pedro Nel Gil, el grande de esa ápoca, había necesitado 55 minutos y nadie había podido superarlo. Sin embargo, mi carrera estuvo bien cronometrada, y batí el récord a pesar de mi bicicleta, y a pesar de mis tubulares. Y a pesar de todo.

Dos minutos y cuarenta segundos

Mi primer récord me infundió ánimos. Héctor Mesa y León Arango lograron descontarme algunos minutos en la bajada y en los terrenos planos. Allí ocurrió lo de siempre: había bajado con temor de pinchar, desconfiando de las condiciones de mi vehículo. Pero me sentía seguro de que al regreso podría recuperar el tiempo perdido. Y así lo hice. Desde cuando di la vuelta a la plaza de Rionegro, oyendo la ovación que me estimulaba para seguir adelante, empecé a sacarles minutos a mis contendores. Estaba tan entusiasmado, que bajé fuerte al regreso, sin acordarme de que un pinchazo habría podido acabar con mis ímpetus. Pero a pesar de mis condiciones desfavorables, logré descontar un minuto a la bajada de Santa Elena. Cuando entré a Medellín —al barrio Miraflores, donde ahora vivo— había descontado un minuto más a mis contendores. Llegué a la meta con dos minutos y cuarenta segundos de ventaja.

Gracias a “El Grillo”

Aquel triunfo me hizo pensar en la urgencia de equiparme lo mejor posible. Confiaba en mis conocimientos y en mi resistencia. Pero no podía confiar en mi bicicleta. En esas estaba, cuando fui seleccionado para participar en la prueba de trepadores que se lleva a cabo en Medellín, todos los años, con motivo del Día de la Raza. Aquello fue el 12 de octubre de 1951. Se admitían participantes de primera y segunda categoría. A mí me admitieron, a pesar de ser de tercera, y me dispuse a no desperdiciar la oportunidad. Para esa ocasión, tuve que agradecerle a Aurelio Toro —“El Grillo”, que entonces era ciclista y ahora corre en motocicleta— que me prestara su buen vehículo, bien cuidado y bien provisto.

Una entrevista importante

En la fábrica de tejidos Coltejer, donde trabajo, empezaba a circular el rumor de que yo tenía buenas perspectivas como corredor. Javier Jiménez se interesaba por mi trayectoria, e influía ante mis superiores para que se me diera un tratamiento excepcional, con base en su esperanza de que llegara a ser un buen ciclista. Me alegro de no haberlo defraudado. De haber llegado a donde Javier Jiménez esperaba que llegara aquel día de 1951 en que me presenté en la fábrica, a mostrar la bicicleta que me había prestado Aurelio Toro, con el objeto de entusiasmar a los directores de la empresa para que me prestaran dinero y poder correr en bicicleta propia. Ante el doctor Obdulio Betancourt, administrador de la empresa, y don Emilio Olarte, jefe de personal, me presenté con la liviana bicicleta amarilla que fue en realidad la que decidió mi suerte. Aquella entrevista tuvo importancia, porque a pesar de que en Antioquia empezaba a surgir con mucha fuerza el ciclismo deportivo, no había más de diez bicicletas buenas para participar en competencias tan serias como las que allí se organizaban. Cada aficionado debía convencer a alguien de que lo patrocinara. Y yo había convencido tanto a Javier Jiménez que ese día, cuando abandonaba la oficina, lo oí decir: “A ése ya no lo para nadie”.

Vamos a ver qué pasa

Bien equipado, llegué al parque de Berrío el 12 de octubre de 1951, a participar en una carrera que no habría de darme un trofeo, pero que habría de servirme más que cualquier otra, como experiencia. Hasta ese momento yo era un ciclista confiado. En cualquier momento de una prueba, estaba seguro de que las indicaciones que me hiciera un adversario, eran indicaciones de buena fe. No sabía entonces que uno debe confiar a toda costa en sus propios conocimientos, definir las situaciones de acuerdo con su propio modo de saber y entender, y no atenerse a nadie. Porque sé que es así, me pareció asombroso, sin antecedentes, la noble e inolvidable actitud de Reinaldo Medina, quien en un gesto de compañerismo deportivo me cedió su bicicleta, después de un pinchazo que sufrió en la última Vuelta a Colombia.

Bien equipado

Trataré de contar, crudamente, lo que me ocurrió en aquella dura prueba de trepadores. Estaba terriblemente nervioso, porque tenía que competir con ciclistas de primera categoría, gente de muchos recursos, de mucha experiencia y mucho empuje. Era la primera vez que corría bien equipado, pero no tenía muchas esperanzas, a causa de los temibles adversarios que me habían correspondido. Sin embargo, arranqué con entusiasmo y sentí por primera vez la satisfacción de que mi equipo respondía, y de que sólo una racha de mala suerte habría podido detenerme. Sabía que la subida tenía 18 kilómetros y trataba de cuidarme, pero —no sé por qué— cada vuelta del pedal me rendía de una manera inesperada. En pocos minutos logré despegarme del pelotón, junto con el buen corredor de primera categoría Antonio Zapata Arboleda. Entonces fue cuando me ocurrió una de las cosas que no he podido olvidar jamás.

El consejo del zorro

Cuando Antonio Zapata se dio cuenta de que yo estaba andando fuerte, de que lo iba dejando, me dijo: “No seas bobo, no te quemes, que la carrera es larga”. Aquel consejo pareció confirmar mi sospecha de que los otros corredores no estaban rindiendo todo lo que podían, sino que se estaban cuidando para la parte dura de la competencia. “Nos están cazando”, pensé. Y cuando Antonio Zapata me dio el consejo de no apurarme, decidí ponerme en sus manos, porque sabía que era un veterano. Porque sabía que era el único ciclista antioqueño que estudiaba en libros los secretos de su deporte. Antonio Zapata siguió hablándome. Dijo:
—Sigue pegado a mi rueda y nos defenderemos juntos.
Yo, dispuesto a obedecer ciegamente, me pegué a su rueda y seguí pedaleando con calma.

“Sigue pegado a mi rueda”

Era tan ingenuo entonces, que me sentía feliz y emocionado de contar, en aquella dura prueba, con la ayuda de una veterano, un corredor de primera categoría jugado en muchas plazas. Así seguimos durante todo el trayecto: él adelante, y yo pegado a su rueda, convencido de que formaba parte de un equipo contra el cual sería imposible cualquier tentativa de victoria.
Cuando pasamos por la Media Luna, noté que Antonio Zapata trataba de acelerar. Pero no pensé nunca que intentaba dejarme, sino que quería ganar terreno, porque muy cerca de nosotros venían otros dos grandes: Roberto Cano Ramírez y Tito Gallo. Sin embargo, yo trataba de acelerar, yo aceleraba también, y me pegaba a su rueda. No hacía otra cosa que seguir su consejo: “Sigue pegado a mi rueda, y nos defenderemos juntos”.

Hay que confiar en los libros

Lo único que consideré injusto, en ese momento de ingenuidad, era que Antonio Zapata, que me prestaba su experiencia, no me prestara también a sus amigos, A lo largo de todo el camino, pasada la Media Luna, hombres y mujeres que él conocía salían a refrescarlo y a suministrarle alimentos. Yo habría dado cualquier cosa por un chorro de agua fresca, pero pensaba que si Antonio Zapata no daba orden de que me auxiliaran, era porque no convenía a nuestro pacto. Dócilmente, seguí pedaleando, pegado a su rueda, a pesar de que llevaba un tiempo menor del que necesitaba la Doble a Rionegro. Si seguía así —pensaba— iba a emplear por lo menos cuatro minutos más que aquella vez. Sin embargo, confiaba en Antonio Zapata, en sus buenas lecturas y en su deseo de ayudarme. Y seguía pedaleando, pegado a su rueda.

¡Qué conspiración!

No sé por qué no me dio espina un detalle: cuando nos acercábamos a Santa Elena, numerosos amigos habían venido a saludar a Antonio Zapata. Lo esperaban a la vuelta del camino, corrían un poco a su lado y le hablaban en secreto. Había un aire de conspiración en todo eso, pero yo tenía tan poca experiencia, que me parecía que aquellas conversaciones sigilosas contribuían a nuestro triunfo. Por lo menos, había algo que no podía negar: me sentía descansado, y a pesar de que no desarrollaba todo lo que podía, Tito Gallo y Roberto Cano no habían logrado alcanzarnos. De manera que nada me importaban los secretos, si los consejos de Antonio Zapata estaban dando tan buenos resultados.

La mayor tontería de mi vida

Mi compañero iba bien. Había sido alimentado a lo largo de todo el camino, mientras que a mí nadie me había dado nada. Pero me había acostumbrado a hacer la prueba de Santa Elena, la más dura de Antioquia, y aquella manera de pedalear, pegado a la rueda de un veterano, me resultaba un juego de niños. Estaba satisfecho, sabiendo que iba ganando descansado, en complicidad con un ciclista experimentado, del cual tenía mucho que aprender.
No pude contener una expresión de felicidad cuando vi, como a tres cuadras de distancia, la torre de Santa Elena. “No hemos tenido que apurarnos, y sin embargo no nos han cazado”, pensé. Y pensé en la tontería que hubiera cometido si hubiera seguido corriendo fuerte, como al principio, antes de que Antonio Zapata me diera sus generosos consejos. Ya a punto de llegar a la meta, se me ocurrió preguntarme a qué distancia de nosotros vendrían Tito Gallo y Roberto Cano. Entonces fue cuando cometí la tontería más grande de mi vida: por un segundo, creo que apenas por medio segundo, miré hacia atrás para ver por dónde venían Tito Gallo y Roberto Cano.

NOTA DEL REDACTOR

“El intelectual del ciclismo”

En el capítulo que hoy se publica, Ramón Hoyos ha empezado a recordar sus primeros encuentros con los grandes del ciclismo antioqueño: Pedro Nel Gil, a quien los expertos antioqueños consideran como el creador de este deporte en el departamento; Roberto Cano Ramírez, quien surgió en la misma época como la segunda figura, y Tito Gallo, el tercero en discordia. Sin embargo, antes de que estas tres inolvidables figuras empezaran a provocar el delirio de las multitudes, un ciclista modesto progresaba en el conocimiento de su deporte, no pedaleando incansablemente todas las mañanas y sometiendo un organismo a agotadoras experiencias físicas, sino de una manera insólita: leyendo. Se llamaba Antonio Zapata Arboleda y nació en Abejorral hace 25 años.

La verdad sea dicha

Cuando Ramón Hoyos habló de Antonio Zapata Arboleda manifestó su respeto y su admiración por el que está considerado como el creador del ciclismo técnico en Antioquia. Pero creyó conveniente decir la verdad de su primer duelo con él: la prueba de trepadores, efectuada el 12 de octubre de 1951. “Le tenía mucha fe -decía Ramón Hoyos-, porque había aprendido a correr leyendo libros”. Y explicó al redactor minuciosamente -y así se publica el capítulo de hoy- la forma en que siguió los consejos de Antonio Zapata Arboleda y lo que ocurrió por seguir esos consejos: Hoyos perdió una prueba que estaba seguro de ganar de haber seguido sus propias iniciativas. Esas revelaciones, por primera vez hechas a la prensa, tienen una importancia trascendental, pues su triunfo en la prueba de trepadores del 12 de octubre de 1951 se considera como una de las grandes victorias de Antonio Zapata Arboleda, “El intelectual del ciclismo”, como se le llamó en Antioquia.

Otras coincidencias

Hay otra extraña coincidencia en las vidas de Hoyos y Zapata. En la II Vuelta a Colombia, cuando el actual triple campeón participaba por primera vez en esa competencia anual, corría también en ella Antonio Zapata Arboleda. A Hoyos le fue mal desde el primer momento, por razones que serían detalladas en el capítulo correspondiente. En cambio, Antonio Zapata, quien era patrocinado por la fábrica de tejidos Tejicóndor, llevaba una buena puntuación hasta la etapa Cali-Sevilla. En ese trayecto, un perro se atravesó en su camino y “El intelectual del ciclismo” sufrió un aparatoso accidente que lo condujo a su actual situación de olvido y miseria. Y esa fue precisamente la primera etapa que ganó Ramón Hoyos en las vueltas a Colombia.

El último acto

Antonio Zapata no se retiró de la competencia a raíz del mencionado accidente. Ni siquiera disfrutó de unas horas de descanso: sus acompañantes le pidieron que siguiera adelante y él les obedeció, a pesar de las difíciles circunstancias en que se encontraba. Hospitalizado en Sevilla, los médicos recomendaron su retiro. Pero Zapata se fugó de la clínica -como lo había hecho Ramón Hoyos en la primera etapa de la misma competencia- e insistió en continuar hasta Armenia y en cumplir luego las etapas finales. Antes de concluir ese año fue preciso internarlo en el manicomio de Medellín. Allí permaneció por espacio de varios meses, hasta cuando burló la vigilancia de los guardianes y se presentó -una noche de 1953- en la casa de su madre. Con ella vive en la actualidad, en penosas circunstancias. La amarga experiencia de Antonio Zapata Arboleda tuvo una consecuencia para el ciclismo antioqueño: la fábrica de tejidos Tejicóndor no volvió a patrocinar corredores.
 

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