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Deportes 4 Dic 2010 - 8:59 pm

A Nairo Quintana el ciclismo lo marcó desde el día en que nació

El 4 de febrero de 1990. Mientras su madre daba a luz, a pocas cuadras del hospital comenzaba el prólogo de la Vuelta de la Juventud.

Por: Alfredo Yacelga Abreo / Especial para El Espectador
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Foto: Óscar Pérez - El Espectador

La tímida sonrisa que se dibuja en aquel rostro, que el helaje de los amaneceres y de las noches boyacenses se ha encargado de tostar, no alcanza a reflejar la alegría que inunda su corazón. Su tarjeta de presentación ante su patria y ante el mundo brilla con luz propia. En ella predomina el amarillo primero en la ‘armadura’ con la que acaba de vencer en el combate y luego en las flores que sostiene en su mano izquierda. Un peluche de un león parece que lo abrazara y también saludara el triunfo de Nairo Alexánder Quintana Rojas.

Era vital describir la histórica fotografía, tomada aquel domingo 12 de septiembre en Risoul, al sureste de Francia, donde el pequeño escalador se coronó campeón del Tour de l’Avenir, el triunfo más importante de su corta carrera como ciclista. Es la imagen que marca un antes y un después en su vida.

Aunque los fuertes vientos que soplaron en las carreteras galas parecían interponerse en su hazaña y hasta lograron sacarlo de la carretera, su pequeña y ligera figura no fue obstáculo para inscribirse en la ya larga lista de 48 ganadores de la tradicional prueba para las nuevas figuras en la que también aparecen hombres que fueron gigantes del ciclismo, como Greg Lemond, Miguel Induraín y Laurent Fignon.

Tunja lo vio nacer el domingo 4 de febrero de 1990 en medio de un ambiente de ruedas y pedales, pues justamente ese día se daba la partida a la primera de diez etapas de la Vuelta de la Juventud. Duitama, Sogamoso, Santa Rosa de Viterbo y, por supuesto, la capital boyacense, se engalanaron para recibir la prueba juvenil y, sin saberlo, darle la bienvenida a quien los llenaría de gloria y orgullo 20 años después. El ciclismo ya había tocado su vida, pese al ambiente futbolero que embriagaba a un país expectante por la participación de su selección en el Mundial de Italia.

Nairo es humilde, soñador y orgulloso de formar parte de una familia de alma campesina y siempre encuentra en ella su fortaleza para buscar el triunfo cada día. Sus primeros años transcurrieron en medio de la precariedad económica, normal de los habitantes del campo colombiano, pero también tenían la alegría y el ingenio propios de los niños de cualquier parte del mundo, que toman lo que tienen para divertirse y vuelan con la imaginación.

La bicicleta llegó a la vida de Nairo por necesidad. No era el regalo que esperan los pequeños citadinos para presumir en la ciclovía, sino que se convertía en un verdadero tesoro, pues era el medio más económico para llegar al colegio todos los días. La familia Quintana Rojas vivía en la vereda La Concepción, en Cómbita, y Nairo debía realizar un recorrido de casi 20 kilómetros hasta Arcabuco, otra población del altiplano boyacense donde estaba el Alejandro Humboldt, colegio donde Nairo por primera vez escuchó hablar de Francia en una clase de geografía.

Ese recorrido, que a pie se hacía interminable y causaba gran agotamiento al pequeño Nairo, se hizo más agradable gracias a una todoterreno usada que su papá le compró por $60 mil a un amigo. Ese primer caballito de acero que montó lo hacía feliz y cada recorrido se convertía en la etapa reina de una carrera muy importante en la imaginación del campeón.

Sin importar lo pesada que era su ‘bici’, ni el frío, el sol o la lluvia, el corredor siempre protagonizaba una fuga para quedarse con el triunfo. La llegada a su casa era como arribar a la meta soñada, en un premio de montaña fuera de categoría, donde sus padres, quienes dejaban por un momento su tarea vendiendo frutas, lo recibían cariñosamente y lo vestían de líder con una ruana.

No pasó mucho tiempo para que esos sueños empezaran a hacerse realidad. Nairo empezó como profesional en 2009 con el equipo Boyacá es para Vivirla y su talento se reflejó con prontitud en los triunfos conseguidos en carreteras colombianas y europeas. Sobre una moderna bicicleta de carbono empezó a despuntar y a ser nombrado por los especialistas en la materia, gracias a su buen desempeño en las etapas contrarreloj.

Este año llegó al equipo Café de Colombia-Colombia es Pasión-472, con el que además del brillante triunfo en Francia, también ganó la Vuelta al Valle Sub-23 y la Clásica José María Córdova de la misma categoría. Está feliz en esta escuadra y pese a que después de su victoria en el Tour de l’Avenir le llovieron ofertas de equipos europeos, él prefirió seguir con el grupo y los compañeros con los que dio el salto a la fama.

La vida de Quintana cambió radicalmente. Nunca imaginó ser recibido en el Monumento de los Héroes en el Puente de Boyacá, ni llegar a la Casa de Nariño y ponerle su camiseta de campeón al presidente de la República, y mucho menos hacer comprometer al Primer Mandatario a comenzar la construcción de un centro de alto rendimiento en su departamento, cuna de grandes deportistas.

Nairo mantiene los pies sobre la tierra. Ama a su familia y en ella ha asumido con seriedad y madurez el rol de líder, luego de que hace siete años su papá sufriera un accidente automovilístico que le impide trabajar. Por esa razón, a diferencia de otros atletas que despilfarran sus ganancias, todo el dinero de sus premios lo ha invertido en una tienda que administran sus padres, así como en algunas vacas lecheras.

Y sigue soñando. Así como lo hacía mientras pedaleaba rumbo al colegio. Ahora en su mente aparece otra imagen, que puede convertirse pronto en otra portada de un diario. En ella celebra el título de la Vuelta a Colombia, la carrera más grande del país. También se ve en las aulas de una universidad, porque es consciente de que el ciclismo se le acabará algún día y tendrá que empezar a administrar los frutos de su enorme talento.

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