Mireyita, el alma de 'Semana'

Durante tres décadas fue la mano derecha de Felipe López en la consolidación de una de las empresas periodísticas más influyentes del país.

Mireyita, como era conocida en los medios de comunicación, falleció el miércoles.  / Semana
Mireyita, como era conocida en los medios de comunicación, falleció el miércoles. / Semana

Cuando Felipe López la vio por primera vez, hace ya casi treinta años, ni siquiera se mostró sorprendido, porque la muchacha llegara a la entrevista laboral apurada y en jeans. La atendió con una sola pregunta y ante el desparpajo y la personalidad arrolladora con la que ella le respondió, optó por contratarla como su secretaria aquel día, 16 de abril de 1985.

Esa fue la fecha en la que Mireya Durán empezó a hacer historia en Semana, la revista a la que le dedicó su vida y en la que se le recuerda con especial gratitud, tras su fallecimiento como consecuencia de un cáncer, ocurrido el miércoles pasado.

Más que la secretaria del director, Mireyita, como todos le decían, era una asesora de primera línea para temas periodísticos y en no pocas veces ayudó a su jefe a salir de apuros o a definir enfoques temáticos para la publicación.

Así como ella repetía que López era el mejor periodista de Colombia, él le guardó especial estima y ante todo respeto por su claridad para analizar el país. Y cómo no hacerlo, si Mireyita tenía, además del olfato para leer lo que había detrás de los grandes debates nacionales, esa sinceridad de santandereana (de El Socoro, para más señas) para decirle lo que pensaba. A él y a quien fuera. Desde los periodistas que pasaron por la redacción de Semana hasta dirigentes políticos y líderes de las más grandes compañías.

Hace apenas seis años a Mireyita se le dio por postularse al Congreso. Germán Vargas Lleras la convenció de ingresar a la lista de Cambio Radical para la Cámara de Representantes por Bogotá. “Preséntese, pero ni se le ocurra ganar”, le dijo López con el humor negro que lo caracteriza.

A ella le faltaron votos y a él le sobró alegría por seguir contando con su apoyo en la revista, a la que un par de veces Mireyita pensó dejar por eventuales diferencias con el jefe.

López siempre se las ingeniaba para contentarla. Un arreglo floral podría ser la fórmula si había que persuadirla de volver. Y en la redacción de Semana, se recuerdan varios episodios en los que hubo que ordenar ramos para ella. Al día siguiente, la veían de nuevo en su escritorio despachando a visitantes no invitados, atendiendo llamadas de ministros y buscando regalos para alguna reunión social de López.

Tuvo todo el poder y la confianza, pero siempre se mantuvo en su lugar. No presumía de importante ni se permitía asomos de arrogancia. Además, quienes la conocieron dan fe de su transparencia como persona. Sin caer en la imprudencia, le decía de frente a los gobernantes del país lo que pensaba de ellos y le sobraba carácter para admitir equivocaciones.

No podía ser de otra forma si a su sangre del Socorro se le suman cinco años de formación en Londres, en donde alguna vez se casó y divorció sin tener hijos.

Altiva y sencilla en la mirada. Concreta y, si era el caso cortante, en la conversación, la mujer delgada que sabía al detalle todo lo que ocurría en la revista no estará más allí para resolver problemas o alegrarle la vida a sus compañeros. Le dieron el último adiós el viernes, en una concurrida ceremonia que más parecía la de un sepelio presidencial.

Dejó, eso sí, un legado inolvidable, como la contundente respuesta que le dio a Felipe López en aquella entrevista de trabajo a la que concurrió de prisa, porque se iba de vacaciones a El Socorro.

“¿Que si soy ordenada? ¡Por supuesto que sí!”.