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Cine 22 Feb 2013 - 5:53 pm

Festival Internacional de Cine de Cartagena 2013

El encierro Wayuu o el volver a nacer

Luego de su debut en Berlín, Prisilla Padilla estrena en Cartagena su documental "La eterna noche de las doce lunas".

Por: Lilian Contreras Fajardo
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Pili, protagonista de "La eterna noche de las doce lunas".

Pili es una niña wayuu en plena pubertad. Sabe que debe encerrarse y el temor que siente ante la situación lo recompensa sabiendo que solo así seguirá una tradición que en su ranchería se resiste a morir.

Pili (Filia Rosa) es la protagonista de "La eterna noche de las doce lunas", audiovisual que abre la sección Documental del Festival Internacional de Cine de Cartagena. Durante 1 hora y media, los espectadores son cómplices del camino que recorre la niña hacia la vida adulta a través de su encierro, y lo que esa acción significa para ella y su comunidad.

Dejando claro que los Wayuu nacen de la lluvia y la tierra, la directora Priscila Padilla se enfoca en esta tradición que ha existido desde siempre y que a pesar de haber experimentado cambios con el paso de los años, sigue siendo una práctica en la que se prepara a las jovencitas a ser mujeres.

"Antes los encierros duraban seis o cinco años, y otros se finalizaban cuando un hombre compraba a la niña", explica la directora. "En los últimos tiempos la tradición se había perdido en muchas rancherías, pues las niñas de ahora se avergüenzan de eso".

Por eso, varios años necesitó Padilla para encontrar una comunidad con la práctica viva, una niña dispuesta a hacerlo, y sobre todo, interesada en contarlo al mundo a través de la cámara. Otro año y medio viviendo en la ranchería fue indispensable "para ganar la confianza de la abuela, quien manda en el lugar".

Aunque con miedo y muchos interrogantes, Pili se encierra durante un año wayuu (que se cuenta con 12 lunas, 365 soles y una lluvia) con el fin de dejar atrás sus juegos de niñas y experimentar todos los cambios físicos y espirituales necesarios para ser una mujer digna de su ranchería, habitada especialmente por madres solteras.

Para muchos, el encierro puede ser una práctica macabra y obsoleta, pero si el espectador pone atención a los diálogos (en wayuunaiki, lengua de los wayuu), se da cuenta que el trasfondo de todo es hacer valorar a la mujer y enseñarle cuáles son los retos que enfrenta al crecer, siempre guiada por la madre o una mujer que no haya cambiado de esposo y no tenga vicios (en esta caso, la abuela). Por eso Pili debe estar acostada en un chinchorro quieta, sin mover los brazos ni las piernas, y someterse a varios baños de luna para que la fortaleza y prosperidad invadan su cuerpo.

Antes el encierro tenía como objetivo buscar un buen esposo para la niña, un buen comprador. Ahora, "el ritual se enfoca en mantener viva la tradición wayuu" y en hacer que las jovencitas vuelvan a nacer con el fin de tener un futuro prometedor. Pili, por ejemplo, aprende a tejer (indispensable para la economía) pero su abuela tiene muy claro que ella debe ser profesional, razón por la cual rechaza una oferta de compra.

"Los wayuu son muy inteligentes. Ellos adoran su cultura y están consientes que no la deben perder, pero no por eso dejan de tomar aspectos positivos de la cultura occidental", advierte Padilla. "Que ellos tengan celular o cámaras digitales no les impide tener su idioma y sus creencias", por lo que Pili se preparó durante 12 lunas, 365 soles y una lluvia para ser una profesional y no para tener marido, pues como reconoce su abuela, los "nuestros hombres sólo saben dar órdenes".

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