Publicidad
Música 18 Abr 2012 - 11:40 pm

Este jueves en la noche en el estadio El Campín

McCartney en mi vida...

La frase es que Paul McCartney, como Beatle, Wing o solista, marca a varias generaciones. Lo tratamos de comprobar con cinco textos con los que le damos la bienvenida a Colombia.

Por: Redacción Cultura
  • 12Compartido
    http://www.elespectador.com/entretenimiento/agenda/musica/articulo-339617-mccartney-mi-vida
    http://www.elespectador.com/entretenimiento/agenda/musica/articulo-339617-mccartney-mi-vida
  • 0

Gustavo Gómez

McCartney llegó a mi vida de la mano del inventor de Marbelle. En 1977 me mudé a Pasadena, que era un barrio de familia y ahora es un manojo de oficinas disfrazadas de casas de familia. A los pocos meses conocí a Luis Miguel Olivar, cariñosamente llamado ‘El Negro’, un vecino algo mayor que yo y ya muy metido en la música de los Beatles. Fue él quien me grabó por primera vez un casete del cuarteto; un casete fabricado por Colsubsidio, que metí en una caja naranja con etiqueta de Maxell: un diminuto basilisco en el que me encontré por primera vez con Lennon, McCartney y otro par de tipos cuyos apellidos demoré algún tiempo en memorizar.

‘El Negro’ creció más y más y me le quedé chiquito. Más bien poco volvimos a vernos, pero siempre he guardado por él un afecto tan sólido, que ya le perdoné haber sido el hombre que reclutó a Mauren Belki Ramírez y la puso a cantar Collar de perlas. Cuando Olivar dejaba mi vida, me llegó un sargento a ordenar del todo las cosas: a mi hermana mayor le regalaron un vinilo del ‘Sgt. Pepper’s’ que desdeñó —Ana oía a Mercedes Sosa en aquella época— y que terminó siendo mío, para yo ser, de ahí en adelante, siempre, de los Beatles. McCartney me supo ganar el corazón con docenas de canciones; hechas de apetitoso caramelo y, con letras más crudas, Lennon hizo lo propio. Tiene que ser una grata coincidencia que, mientras transcribo el recuerdo de cómo llegó McCartney a mi vida, el hombre que me lo puso en el camino, hoy mano derecha de Andrés Cepeda, esté en la Inglaterra de los Beatles.

Pero hay algo más: ‘El Negro’, blanco de toda mi devoción, está en los estudios Abbey Road de Londres, hogar de los Beatles. Acompaña a Cepeda, quien graba con el Clásico Latino, trío que dirige Iván Guevara, pianista colombiano. Guevara estudió conmigo derecho (antes de que me torciera) y fue también vecino mío hasta hace unos años. Clausuro ya estas líneas, antes de que tanta coincidencia me lleve a decir que ‘El Negro’, Iván y yo vivimos en el mismo barrio donde creció Brian Epstein o alguna sandez de ese calibre. Conservo mi cariño por ‘El Negro’, conservo mi pasión por McCartney y los Beatles… ¡y conservo mi casete de Colsubsidio!

Mariangela Rubbini

Debo confesar que en mi caso, Los Beatles no fueron ni han sido nunca parte significativa en la banda sonora de mi vida. De hecho, creo que en casa de mis padres si acaso hay guardados en el mueble del equipo de sonido uno o dos de sus LPs: el ‘St. Peppers Lonely Hearts Club Band’ y ‘Let It be’. Allí, la onda iba más por el lado de artistas del tipo Rafaella Carrá, Lucio Dalla, José José, Julio Iglesias y Abba. Sin embargo, llegué a encontrarme con los chicos originarios de Liverpool en algún momento de la década de los 80. Un noviecito del barrio en el que vivía entonces me regaló un disco doble titulado ‘20 Greatest Hits’, que recuerdo incluía ‘Hey Jude’, ‘Let It Be’, ‘Come together’, ‘Love Me Do’ y ‘A Hard Day’s Night’, entre otras, y que sobrevivió a todas mis transiciones de gustos musicales más por quién me lo regaló. Fue con el tiempo, y metida en el mundo de la música, que realmente entendí el papel que Paul, Ringo, John y George jugaron en la historia de la música: sin duda, la banda pop más importante y representativa de todos los tiempos. Y en últimas, sir Paul McCartney hizo historia con sus compañeros. Por lo mismo, no dudaré en ir a verlo en vivo, así como tampoco dudé en ir a visitar Abbey Road la primera vez que aterricé en Londres. A propósito de McCartney, por estos días, ando leyéndome ‘Shout! The Beatles in their generation’, de Philip Norman, libro que recomiendo leer hasta al más desprevenido.

Arturo Astudillo

Quedé sorprendido en el 64, pues era la primera vez que veía un bajista zurdo. Lo que más me impactó en el transcurso de los 60 fue ese arsenal de creatividad que, junto con John Lennon, representaron el máximo pedestal como compositores. Siempre admiré el sonido único y característico en la fusión de esas dos voces, la de Paul y la de John. Interpreté muchos temas de Paul con Los Flippers y considero que actualmente él esta dejando un ejemplo único en su género como compositor, intérprete y líder de un movimiento que con su presencia todavía se mantiene; y me refiero al inicio del rock en Colombia y en el mundo. Siempre me he inspirado en sus composiciones para crear temas que transmitan la magia de su estilo y creatividad adicional a la lírica de sus canciones.

Juan Carlos Garay

En el inicio de mi gusto por coleccionar discos curiosos está Paul McCartney. Yo estaba todavía en el colegio, noveno grado, cuando apareció la noticia de un lp que McCartney había producido para su circulación exclusiva dentro del territorio soviético (sí: era la época anterior a la Perestroika). Él se había enterado de que era imposible conseguir los discos de los Beatles en los países de la Cortina de Hierro, teniendo los fans que hacerse a copias clandestinas. Como un regalo para ellos, decidió hacer todo lo contrario: un disco que no circulara por fuera de sus fronteras. Y así surgió el álbum de título más extraño de toda su discografía: Choba b CCCP.

Sin embargo, algunas copias salieron de la Unión Soviética, y una decena de esos discos vino a dar a Bogotá. Conocí a un tipo que vendía el álbum y recuerdo la cifra: 30 mil pesos. No me sonaba caro, pero tampoco tenía la plata. Me propuse conseguir el disco a base de romper la alcancía y pedir un préstamo a mis papás. Con todo sumado, creo que llegaba a 20 mil. Hoy la cifra es irrisoria pero —créanme— eran los años 80 y para un colegial era difícil sumar todo ese dinero. Al final no lo logré: el tipo vio que no lo iba a poder pagar y se lo ofreció a algún otro coleccionista. Al año siguiente salió Flowers in the dirt y fue mi premio de consolación: lo compré en Prodiscos por 1.500 pesos.

La historia, sin embargo, tiene un postludio feliz. En la universidad conocí a Gustavo Gómez. Atando cabos, creo que fue él quien me ganó en la pugna por el disco clandestino de McCartney. Un día me invitó a su casa y ahí estaba: la carátula es una foto en blanco y negro con una estrella roja y todos los títulos están escritos en alfabeto cirílico. Gustavo no sólo me lo dejó escuchar, sino que además, y esto todavía lo agradezco, me regaló una copia en casete.

Jaime Andrés Monsalve

Mi noción acerca de la importancia de The Beatles es tardía, mucho más la de Paul McCartney, a quien recuerdo haber visto por primera vez compartiendo un deshormonado video con Michael Jackson. No desconozco lo que esa música ha significado para varias generaciones, pero a mí nunca me afectó más allá de reconocerla como llanamente audible. Apenas eso.

En la infancia, a lo sumo, me entretenía con aquel viejo programa televisivo de la banda en dibujos animados, cuyo doblaje al español jamás coincidió con el movimiento de los labios de los personajes. Desde ese momento, Ringo se perfilaba como mi beatle preferido. Reconocer eso es establecerme en una categoría como beatlómano, la más baja en la que se pueda estar. Pero así es: hago de lado a la dupla mediática del grupo. Quisiera quedarme con el Harrison más experimental posible, pero me gana Ringo. No el de la batería, sino el de El cavernícola y El cristiano mágico, desopilantes comedias cinematográficas que le garantizan la inmortalidad al muy suertudo narigón.

Puesto a escoger, mi tema favorito de McCartney junto a The Beatles es Oh, darling, momento mítico de la única pieza que puedo considerar maestra en su discografía, Abbey road. Y me gusta, entre otras cosas, porque no parece Macca quien la canta. Cuenta la historia que el bajista tuvo que gritar por horas hasta enronquecer su voz para alcanzar la rispidez exigida por tan enérgico tema. Si hay que elegir algo de su etapa solista, me voy con My brave face porque cuenta con la coautoría de Elvis Costello. Él sí, dueño de toda mi devoción."Ni ‘Oh Darling’ ni ‘My Brave Face’ hacen parte del listado de temas de la gira ‘On The Run’. Motivo suficiente para no abandonar la comodidad de mi poltrona hoy jueves en la noche. Pero, eso sí, lo escucharé a través de las frecuencias de Radio Nacional y de Radiónica. Lamento, en todo caso, no hacerme partícipe de la histeria colectiva.<

Relacionados

  • 12
  • Enviar
  • Imprimir
Publicidad

Suscripciones impreso

362

ejemplares

$312.000 POR UN AÑO
Publicidad
Ver versión Móvil
Ver versión de escritorio