Michael Kohlhaas: manual de guerrilla snob

A 200 años del suicidio de Heinrich von Kleits.

Algunas suposiciones
Supón que tienes una casa preciosa, con jardín, alejada de la urbe pagana (herencia de tu padre). Supón que, alrededor de la casa, se expanden dos horizontes de campo con siete verdes distintos donde solías jugar de niño. Supón que un día, hacia poniente, empieza a perfilarse una urbanización que cambia la gama de verdes por escala de grises. Supón que recibes una visita, sorpresiva, de un abogado, poseedor de cierta carta. El abogado asegura que un nuevo vecino ha comprado toda la tierra que rodea tu propiedad, y ahora te envía una oferta, jugosa, para que cedas tu casa al progreso pujante, ya que en esa, tu planicie, se construirá la promesa de la clase media.

Supón que te indignas, que no vendes, que le dices a ese señor que tu casa no es ningún lote de engorde, como la ha llamado, con magnífico cinismo, que tu morada no es sólo una casa, sino también tu infancia, tu historia familiar, tu vínculo con el pasado; un lugar para tus hijos. Supón que el abogado se va, sin insistencia. Supón que un día levantan cercas de alambre espinoso a tu alrededor. Vas a averiguar y dicen que no es nada: simplemente, el patrón ha mandado a su agrimensor para demarcar las tierras de su propiedad. Esa es la nueva frontera entre tu casa y los terrenos del poderhabiente.

Supón que sales de casa, por el sendero acostumbrado, para ir a la ciudad y entonces te encuentras, quinientos metros más adelante, al pasar el vado del río, con un peaje ostentoso que antes no estaba, donde un guardia armado de macoca te cobrará un impuesto de tránsito para poder seguir de largo. Supón que te indigna la disyuntiva: o pagas, o no puedes atravesar los territorios del poderhabiente. Supón que te has enervado, supón que alegas ir a la alcaldía a demandar el atropello de privatizar el camino vecinal. Supón que lo haces, que pides justicia, que expones tu caso, que en la alcaldía comprenden que es una arbitrariedad, pero al analizar los planos (¡oh, dios crematístico!) te demuestran un argumento catastral: técnicamente, el camino a tu casa viola la propiedad privada de tu nuevo vecino. Nada qué hacer. Supón que te debates entre la incertidumbre y la perplejidad, que te preguntas, en voz alta, cómo vas a hacer para entrar y salir ahora de tu casa. Supón que uno de los funcionarios, con su mohoso humor de oficina, te sugiere comprar un helicóptero. Supón que le devuelves una mirada hirviente y decides instaurar una demanda legal para exigir tus derechos.

Supón que después de dos años el tribunal, presidido por un primo-hermano del poderhabiente (a quien nunca verás la cara para reclamarle de frente) falle a favor de tu vecino, y te obligue a desviarte cuatro kilómetros, siguiendo la corriente del río, para poder llegar de tu casa a la ciudad (distante media hora por el camino privatizado). Supón que sales del tribunal con las manos en los bolsillos, pateando latas, desamparado por la ley, y sí, humillado, por el capitalismo salvaje. Supón que al volver a casa siguiendo el río te enteras de que tu único hijo, el primogénito que le costó la vida a tu esposa en el parto, fue baleado por un guardia al invadir la propiedad privada del poderhabiente.

Supón que lo entierras, con los puños cerrados. Supón que al salir del cementerio descubres que no te alcanza para el helicóptero, pero sí te alcanza para vender la casa y comprarte un fusil. Supón que buscas a los vecinos más distantes para venderles tu casa y descubres que ellos han sido damnificados por el mismo abuso al negarse a vender sus terrenos. Supón que lucen tan indignados e indefensos como tú. Supón que consigues vender la casa y con el dinero compras no uno, sino veinte fusiles. Supón que repartes los fusiles entre tus antiguos vecinos con la promesa de que todo lo que encuentren durante el saqueo al poderhabiente será repartido como daños y perjuicios, entre todos. Supón que sales, con tus hombres, al amanecer, por el camino privatizado, en busca de tu enemigo. Supón que tu enemigo se defiende con un ejército privado. Supón que la guerra se endurece y se prolonga. Supón que, finalmente, un día le ponen precio a tu cabeza, y ya no puedes volver atrás.

(Supón una cosa más: que te llamas Michael Kohlhaas, que te has reencarnado en un colombiano, o en un peruano del Perú, o un mexicano. Supón que has vivido en cinco siglos distintos y que en todas las encarnaciones, como un karma astral, tu leyenda de atropellos, tiende a repetirse).

Un suicidio romántico

El romanticismo son dos ideas: libertad y utopía. Son más ideas: la de la vocación humana, de la vocación irrefrenable; la idea de enfrentarse a la vida reconociendo nuestros demonios para ascender a la trascendencia. Sin el espejismo de la trascendencia, la vida no valdría la desgracia de ser vivida. Romántico es un término manoseado, peculio de historiadores del arte y de la filosofía. Para una inmensa mayoría “romántico” es un tipo meloso que habla con empalago del amor que siente por otra persona y se vanagloria de la parafernalia que implementa para cautivarla (Vide Estanislao Zuleta, Memorias, curso Estética y Filosofía, Facultad de Arquitectura Universidad del Valle, sexta conferencia: Desinterés Kantiano). Así, romántico dejó de ser concepto para asumir el rol de adjetivo, que es como conceptualiza el vulgo: una canción romántica; una cena romántica. Y la gente de a pie no se equivoca, porque lo sentimental no es una actitud racional; es una razón del corazón, como supuso, con genio y espasmo, Blaise Pascal.

El romanticismo fue sobre todo la puesta en duda del pensamiento racional y una reacción estética al clasicismo acrisolado. Surgió en la transición del trabajo (feudalismo-burguesía) y la explotación del hombre por el hombre a instancias de las dinastías europeas. El romanticismo era también un intento de reivindicar las ideas libertarias, ciudadanas, de la antigua Roma. Cuando Beethoven se enteró de la autoproclamación de Bonaparte (el libertario) como emperador, borró la dedicatoria de su sinfonía dedicada porque era ridículo saludar una revolución como la francesa para montar luego a un César augusto. Uno de los principios del romanticismo alemán era volver a vivir según la Edad de Oro (Vide Judith Nieto, El Quijote y pensamiento romántico, UIS, curso 2004, extractos de notas de clase): su búsqueda suponía un paraíso perdido. Todos viviríamos en justicia en ese mundo. El mismo postulado puede hallar simetría en la literatura sin tiempo que encarna los principios románticos: Novalis (Europa) Erasmo de Rotterdam (Elogio de la locura), Moro (Utopía), en Platón (La República), en El Quijote; Proust (Por el camino Swann); en Manuel Scorza (Redoble por Rancas) y en Heinrich von Kleits (Michael Kohlhaas). Romántico es una preceptiva literaria, pero es también un sustentamiento ético y un postulado filosófico. Solo las ideas que se volvieron estéticas, míticas, son las que le sirven a los pueblos.

Heinrich von Kleits se suicidó hace 200 años, un 21 de noviembre, en Wannsee, afueras de Berlín. Lo hizo en común acuerdo con Henriette Vogel, su amiga cancerosa, a la que dio un balazo y después volvió el cañón contra sí mismo. A ella la había convencido de que como no podemos elegir el cuándo y en dónde nacer al menos que podamos elegir nuestra muerte. Tenía 34 años. Según otro postulado romántico, la belleza sólo existe en el momento de su disolución. La muerte de Kleits y la aprobación de Henriette era así un acto de belleza suprema; la prueba de lealtad a sus pensamientos.

Kohlhaas, el guerrillero

Heinrich von Kleits escribió la alegoría de Michael Kohlhaas hace 200 años (1811) basándose en una leyenda medieval de hace 500 años. Y la historia sigue tan vigente hoy, en el 2011, como en el siglo XVI. Kleist la situó en Sajonia. Su personaje, Michael Kohlhaas es un vendedor de caballos que camino a Dresde (donde pretende vender los alazanes) topa con un castillo y una cerca que bloquea el camino. Cuando intenta pasar, le dicen que necesita salvoconducto. Alega que diecisiete veces ha hecho en su vida aquel camino sin necesitar permiso de tránsito. Los tiempos han cambiado (de dueño), contestan. Pide audiencia, y el alcaide del castillo le confirma todo lo que ha dicho antes el guardia en el camino. Para poder pasar deberá dejar en prenda un par corceles. Los deja, a razón de recuperarlos una vez obtenga el visado en Dresde. Va a la ciudad, para solicitar el salvoconducto. Al llegar le dicen que no es necesario, que lo han engañado. Vuelve. Pide de vuelta sus caballos. Se los devuelven, molidos, moribundos, porque en su ausencia y sin consentimiento, los han usado para el trabajo de la hacienda. Han golpeado también a su ayudante, porque trató de robarlos, dicen. Kohlhaas responde que en ese estado no recibirá a sus animales: dio alazanes y se le devuelve jamelgos. Lo tratan de hijo de puta, le dicen que los deje, si quiere, pero que salga de la presencia del feudal Tronka antes de que lo escupan. Se va. Busca a su ayudante. Le encuentra molido a golpes. Desmiente las versiones del feudal Wezel von Tronka. Dice que le obligaron a trabajar, que él se negó y que lo azotaron.

El tono del relato es contenido, sin predica: el narrador expone cada desgracia que empeora la vida de Kohlhaas, pero no comenta ninguna. Delega la capacidad de indignarse al lector, que observa cada vez con un disgusto más exacerbado a un vendedor de caballos que permanece impertérrito ante su humillación, como si hubiera una explicación invisible y justa a todo lo que le ocurre y la miopía le impide ver. Cada escena responde al impulso de acción del héroe clásico: lo que desea, lo que hace por conseguirlo, lo que ocurre si no lo consigue. Kohlhaas se mantiene ecuánime, siempre tratando de justificar la conducta del alcaide, del feudal, de todos los que le ultrajan, de la ley inoperante. ¿Qué ocurre si no consigue un fallo a favor de su caso en el tribunal? Que buscará apelar con un poder superior, insobornable. ¿Qué ocurre si el poder superior es sobornado y falla en su contra?

Escena tras escena, en un cúmulo de situaciones vertiginoso para un libro de ciento cincuenta páginas, se va re-direccionando el objetivo del héroe. Es un efecto acumulativo eficaz que dosifica la tensión y crea suspensos ante la inminencia de lo que vendrá, porque el narrador hábil refuerza y concentra la emoción del lector mientras urde y agudiza la tensión del drama hasta llevarlo a un punto de quiebre moral que parece accidental y que sólo ocurre en los grandes artificios literarios: el lector quiere saltar a la escena y ponerse en lugar de Kohlhaas o hacerlo reaccionar a cachetadas porque se ha identificado plenamente con aquel. Cuando empiece la venganza, cuando Kohlhaas reaccione con alevosía, el lector estará de su parte, tomará como héroe a alguien que está por fuera de las normas sociales, cuando todas las injusticias se hayan develado, cuando sólo las vías de hecho sean la respuesta del héroe a la injusticia cometida.

Michael Kohlhaas establece un pleito legal y agota todas las instancias judiciales: un tribunal, meses después, terminará delegando el caso a una instancia superior que a su vez será regida por un familiar del feudal Tronka y fallará a favor del feudal y en contra de Kohlhaas. Harto del cohecho, Kohlhaas decide vender su propiedad. Su mujer exige explicaciones. Las da. Ella propone un plan alternativo: se presentará ella misma, con sus encantos femeninos, a apelar la decisión ante el tribunal, en la cancillería del reino. Kohlhaas acepta, confiado en las razones de su dama. Poco después la verá regresar golpeada por la guardia del tribunal, malherida en el pecho, con una hemorragia interna que la llevará a la tumba en pocos días. ¿Qué ocurre si el hecho trivial del abuso y robo de unos caballos provoca la muerte de tu esposa? Entonces empieza el segundo movimiento de la crónica: la venganza de Michael Kohlhaas, quien creyó en la justicia, pero comprobó su engaño.

Es una venganza a gran escala que decidirá el destino de su vida y el de toda la región. Para él, y para el lector, todo se resuelve con un condicional simple: si no hay justicia, habrá que inventársela. Y le vemos salir armado, junto a sus siervos, a matar al feudal Tronka, al alcalde y a todos los eslabones de esa larga cadena de hijos de perra que provocaron su infortunio. ¿Qué ocurre si el feudal escapa y empiezan a protegerlo los hombres prestantes de Sajonia? Que los lectores ya no dejaremos el relato hasta saber cómo se resolverá la venganza. Hay una empatía accidental que nos hará desear la guerra por ser testigos mudos del drama, por tener compasión que significa compartir la pasión. El odio purificador de Kohlhas es el odio purificador del lector.

La historia de Michel Kohlhaas está urdida, a mi juicio, por tres secuencias: la parte de la injusticia, la parte de la venganza, la parte de la reparación. La parte de la venganza (segunda serie de escenas) ha sido justificada previamente como única alternativa mientras vimos a Kohlhaas agotar toda las instancias judiciales, mientras lo vimos peregrinar por tribunales, mientras pagaba honorarios a su abogado que le lisonjeó con promesas de justicia que al final serían falsas, mientras la espera se prolongaba por meses y meses de dilación, mientras el caso se desplazaba a instancias más elevadas en las que todo fue resuelto con un magnífico cohecho. La muerte de la esposa y el inventario de ultrajes son el detonador de esta segunda secuencia (hipótesis). Para entonces, el secuestro de dos caballos, el acto generador, ha perdido su halo de trivialidad y se ha convertido en una exigencia mayor, una metáfora densa que encarna el ideal de la justicia, porque lo que indigna no es la cantidad de ignominia que se vuelca contra Kohlhass, sino la forma en que se le ha ultrajado.

Al empezar la venganza, los caballos no parecen importantes al lector. Lo enervante es la actitud picapleitos de los ofensores, su cinismo y su desprecio. Cuando empieza la guerra a muerte de Kohlhaas, lo único que el personaje ha buscado es una condena verbal de la injusticia alevosa que se cometió en su contra.

Nadie da esa satisfacción al humillado, nadie reconoce que se cometió una injusticia y eso radicaliza el ego del ofendido. Kohlhaas hubiera querido que le devolvieran la tranquilidad, porque su vida se volvió azarosa, que indemnizaran a su ayudante, el tiempo perdido en la espera de los caballos, los caballos verdaderos, la cordura desbocada; hubiera querido que un representante de la justicia se pusiera de su parte para dejar de sentir la inutilidad de reclamar a una pared y, sobretodo, que su esposa no hubiera muerto en la reclamación, pero la deducción moral a que le obligan es a creer que lo no que es posible reclamar por la justicia será conquistado por la fuerza.

La parte de la venganza es una progresión intensa de escenas brutales que gradúan la intensidad del relato. La técnica literaria es episódica: a una campaña sucede otra más descomunal que la anterior haciendo gala anticipada de la acumulación de hechos que movilizan la acción como en los thriller actuales: tras el primer impulso decisivo de Kohlhaas (incinerar el castillo del feudal y ajusticiarlo) su objetivo, que es el feudal, huye, y su venganza queda así insatisfecha, con lo que se reinicia un nuevo movimiento para alcanzar el objetivo. Wezel von Tronka, el feudal, será protegido en su huida por prestantes personalidades de Sajonia a quienes Kohlhaas declarará la guerra.

Como en toda guerra, Kohlhaas se va endureciendo tras cada atrocidad. En pocas escenas le veremos pasar de saquear una casa a incendiar pueblos, ahorcar amigos del enemigo y arrasar ciudades. Hombres rebeldes con causa que ven su propia humillación proyectada en la figura del rebelde se van uniendo a la protesta armada. Los recursos y los pagos y la actividad guerrera se transforma así en un modus vivendi, en un oficio rentable que se vuelve el pretexto para ganarse la vida de aquellos que engrosan las filas del ejército bandolero.

Tras cada batalla ganada a ejércitos súbitos que le salen al paso, Kohlhaas enfatiza su leyenda y reduce plazas, quema ciudades, asuela Sajonia, reparte edictos y chapolas en donde expone su causa al pueblo y los orígenes de su venganza, tras de lo cual invita, a los indignados, como él, a sumarse a su indignación, de manera que va convirtiéndose en un héroe radical de los desamparados (incluso para quienes van sufriendo los daños de los combates, los sitios y los incendios que le justificarán luego al leer sus proclamas).
Los desmanes así se convierten en medios para alcanzar un fin: la justicia. Pero este fin esta desdibujado ante quienes representan la figura del poder. Para los terratenientes y comerciantes y para el Estado Sajón como poder legítimo, Michael Kohlhaas es un sedicioso (lo que ayer llamaban bandolero, luego guerrillero y ahora terrorista).

Para los líderes espirituales, que desprecian la violencia como método (Martín Lutero), Kohlhaas resulta un trasunto de la maldad. Lutero se pronuncia en contra de su causa. A Kohlhaas, que admira y ve una simetría inspiradora en la entereza moral de Lutero para enfrentarse a un poder corrupto como el católico (y que le ha alentado a enfrentarse a un aparato judicial corrupto como el Sajón), le sacude las fibras esta amonestación y hace tambalear los principios de su alzamiento. Quiere ser oído por Lutero en su descargo. Kohlhaas marcha de incógnito a encarar al líder espiritual. Se presenta a él. Le expone su lucha. Lutero la desmenuza, traspone en un lenguaje moral lo que Kohlhaas expone en un lenguaje jurídico. Kohlhaas acepta sus excesos, viéndose en el espejo de Lutero, y reconoce que puede haber creado una guerra atroz basándose en un malentendido. Tal vez si hubiera matado a Tronka en el primer intento, razona, si al feudal no lo hubieran protegido sus secuaces, si no hubieran mandado ejércitos a protegerlo (y señala así los eslabones de la cadena dramática), no habría quemado ni fusilado, pero esas son las consecuencias naturales a las que un gobierno justo debe anticiparse (y prevenir) antes de que la furia del pueblo se desate; aquella guerra pudo haberse podido detener con sólo hacer prevalecer la justicia, pero nadie lo impidió. Lutero le recuerda el dicho cristiano sobre el perdón y el respeto a los enemigos. Kohlhaas responde que no hay perdón ni respeto donde no hay justicia, y que sólo la justicia será el perdón verdadero.

Propone entonces pactar con el gobierno de Sajonia la paz, si el consejo de Estado le promete resarcir el hecho original de su venganza, otorgándole, además, una amnistía a él y a sus soldados por los actos propios de la guerra. Lutero acepta el rol de mediador. El consejo de Estado se reúne para evaluar la propuesta que envía por misiva a través de Lutero. Algunos consejeros del conciliábulo le dan la razón a Kohlhaas: es un asunto de Estado y para mitigar el impacto de la guerra se debe amnistiar al sedicioso y evitar más derramamientos de sangre. Pero acotan: no pueden pactar con él como un simple rebelde, sino como un poder extranjero. Hay bemoles a tal conciliación.

Un familiar del feudal Tronka, inmiscuido entre quienes dirigen los destinos de Sajonia, dice que no se le puede reconocer tanto poder al sedicioso, porque esto agrandaría su fama ante el pueblo. No lo pueden considerar potencia bélica, porque se leería como debilidad del poder legítimo. Los demás insisten: una campaña militar a gran escala sería inconveniente por la gran acogida del guerrillero ante el pueblo, y un enfrentamiento frontal sólo multiplicaría los hechos de sangre. Lo mejor sería reparar la injusticia original (a tales alturas nadie parecer recordar el asunto de los caballos, ni parece tener importancia) y frenar los desmanes. La última palabra del Consejo de Estado la tiene el príncipe Sajón, para quien la solución es salomónica:

a) hay que resarcir la demanda de justicia del sedicioso que alimentó su venganza para después poder castigar sus actos vandálicos, ya que la naturaleza de los crímenes cometidos son superiores a la injusticia cometida en su contra.

b) hay que obligar al feudal Tronka a restituir los caballos a Kohlhaas, y castigarlo por abuso, por omisión de la ley (y por lo que hoy se llamaría concierto para delinquir y cohecho), ya que con ello ha desatado la asonada del pueblo y ha trasgredido la ley sajona.
Pero antes que nada: otorgar justicia a Kohlhaas. Después sí podrá condenarse al sedicioso por sus crímenes de guerra.

De modo que a los dos se condena, y se dirime el consejo.

La tercera parte de Michael Kohlhaas describe el alcance de los pactos de paz y la implementación de la justicia, que al parecer, por los cambios constantes de reglas, siempre será acomodada a favor de unos pocos privilegiados. El tono narrativo se mantiene, porque nuevas tensiones surgen tras la entrega de Kohlhaas y las suspicacias, mientras se acerca el juicio y la condena a muerte.

La novela Michael Kohlhaas es un tratado moral sobre los medios y los fines. No todos los individuos cumplen la ley de la misma forma, pero aquellos que imparten la ley tampoco la hacen justa con todos de la misma forma. Acaba la novela con una inversión sobrenatural, de ribetes alegóricos, que tal vez sea un guiño a la justicia que sabe administrar sólo la potencia divina, lo que devela más el escepticismo agrio de Heinrich von Kleist que el carácter romántico del escritor más realista y radical del romanticismo alemán.

La otra guerra de Heinrich von Kleist

Había nacido en el seno de una familia de terratenientes adscrita al servicio de la dinastía Hohenzoller (cuyos herederos del marquesado viven en Chía, Cundinamarca, Colombia). Su familia le recriminaba ser un inútil por no haber estudiado derecho o administración pública. Dejó la carrera militar para asumir la filosofía y la ciencia (física y matemática) y luego desertó para asumir su verdadera vocación: ser poeta y vivir de la escritura. Lo cual no pudo hacer. Su vida fue un trasiego por Europa: quiso servir a Napoleón en la invasión a Inglaterra, lo echaron del servicio de administración pública, una reina le concedió modesta pensión a petición de su familia, trató de ganarse la vida como escritor y puso sus esperanzas en escribir una obra dramática que trascendiera. Leo en Rodolfo Modern (M.K. prólogo a la edición argentina Corregidor, 1977) que fundó la revista Phöbus y pidió colaboraciones a los grandes de Weimar, entre los cuales estaba Goethe. A éste le envió el primer ejemplar de la revista donde iban publicadas dos obras de teatro de su cosecha, Pentesilea y Cántaro roto. Goethe despreció el drama Pentesilea, pero avaló la comedia El Cántaro roto y la puso en el repertorio del teatro de Weimar, pero resultó un fiasco, según Kleits, por errores de Goethe al mal dividir las escenas. Si se tiene en cuenta la conciencia de composición que muestra en Michael Kohlhaas, tal vez tuviese razón. Esto le costó insomnios y desesperaciones. No reconoció la crítica de Goethe a su drama Pentesilea y ciego por contestar a lo que consideraba una afrenta decidió escribir epigramas satíricos sobre la vida privada de Goethe en la misma revista. Por arte de magia, la sociedad del mutuo elogio que rodeaba a Goethe, se replegó. Enfrentarse como un mono con arcabuz a Goethe y a su círculo era una declaración pública a favor del marginamiento y un suicidio literario para su época. Los poetas y críticos más influyentes le cerraron las puertas, dejaron de colaborar en su revista, callaron ante su obra, y esa es la forma más refinada de la censura.

La familia de Kleits, por otro lado, siguió avergonzada de su miembro menos diestro. Kleits estaba pobre. Vivía de promesas ilusas: de la gloria que daría a su apellido con la próxima obra. Sus escritos se editaban modestamente, pero pasaban sin comentarios, ni gloria alguna. Kleits lo quería todo. O la fama, o la muerte. La posteridad, o la celebridad en vida. No había nacido para las medias tintas. Había nacido para arrebatarle la corona de laurel a Goethe, según escribió en una carta. Dejó media docena de obras dramáticas. Algunos relatos. Y Michael Kohlhaas, esa novela basada en crónicas antiguas que resumían un hecho de sedición ocurrido en el siglo XV. Michael Kohlhaas es una obra donde se confunde el pensamiento pesimista de Kleits con su estética romántica (mezcla de géneros y pensamiento utópico). Puede leerse hoy como una metáfora de los movimientos sociales que apelan a las vías de hecho como única forma de reivindicación de la ley. Es, acaso, una radiografía de las argucias políticas del poder absoluto para invalidar al otro. Pero en otro sustrato es una revisión moral del individuo cuyo destino se va resolviendo, o enredando, por la naturaleza de sus actos. Un libro que abre caminos dialécticos al mostrar las paradojas de un sistema de leyes que no se cumplen, y de castas sociales que fracturan la convivencia.

Prueba final para indignados del mundo

Una cuestión: ¿de qué forma podemos evitar hoy que el modelo económico hegemónico nos trague, nos mastique y nos defeque; de qué manera oponerse a modelos plutócratas del capitalismo que modifiquen la ley y la deformen a su acomodo, lleven las matrices políticas, amparándose exclusivamente en la administración de empresas, desobliguen al Estado de sus responsabilidades y compromisos constitucionales, desconozcan los derechos civiles, acallen la libertad de pensamiento, monopolicen los servicios básicos para la salubridad, deleguen en trasnacionales la seguridad alimentaria, oferten al mejor postor la explotación de los recursos del país, legislen para los mercaderes, obstruyan la autodeterminación cultural, expropien la tierra de los nacionales para hacer concesiones a multimillonarios, conviertan la red hospitalaria en un bien servicio, degraden los niveles de educación para la explotación del hombre por el economista, y que ese reclamo no sea por las vía de hecho, ni los paros, ni las asonadas, ni la desobediencia, ni la rebelión? Eso es lo que está por probarse. Que Kohlhaas estaba equivocado. Que se puede vivir en una sociedad justa sin ser ninguneado por el poder absoluto, sin ser picaneado, sin ser perseguido, sin ser bombardeado.

 

Michael Kohlhaas, de Heinrich Von Kleits, editorial Corregidor (1977), traducción de Andrea Pagni.
Otras ediciones en español: Ediciones destino (1990), Ediciones Altamir (1994)
Edición más reciente: Alba Editorial (2007)

 

*Stanislaus Bhor: Blogger y cronista independiente. Autor de la balada de los bandoleros baladíes. Escribe en http://www.unahogueraparaqueardagoya.blogspot.com/