Edwing D’Angelo: diseñador de sueños

Nacido en Buenaventura, este hombre es un creador de moda con sentido social. Con su trabajo busca inspirar a muchos niños que, como le ocurrió a él, no tienen oportunidades para surgir.

A pesar de que todo indicaba que sería un abogado, su camino fue la moda.
A pesar de que todo indicaba que sería un abogado, su camino fue la moda.

Eran las cuatro de la tarde. Llevaba una hora de retraso, pero tenía la excusa perfecta. Acababa de llegar a la ciudad y entender los recovecos del metro de Nueva York en dos horas no es nada fácil.

Mi cita era con Edwing D’Angelo, un diseñador afrocolombiano nacido en Buenaventura que estaba triunfando en esa ciudad y quien ha vestido a muchas figuras de la farándula americana, incluyendo a Michelle Obama. Bueno, como él mismo dice, está seguro de que una o varias de sus prendas reposan en el clóset de la primera dama de EE.UU.

Él me estaba esperando en la puerta del edificio, ubicado en el mítico Harlem, barrio que desde los años 20 del siglo pasado concentra a la mayoría de afroamericanos que viven en la Gran Manzana. Sentí una pena inmensa, la cual él extinguió con una amable sonrisa y un fuerte abrazo: Qué mejor manera de romper el hielo. 

Es un apartamento pequeño con clase, un blanco impoluto domina casi todo el ambiente, donde cada lugar esta milimétricamente pensado para cada objeto. Pero hay algo que no está en su lugar: un perchero de tubo del que cuelgan aproximadamente treinta prendas color hueso que se mezclan con otras blancas estampadas. Esos vestidos son el motivo de mi visita, pues Edwing es el invitado principal a la pasarela Somos Color, un evento de moda organizado por Henkel y Usaid, en el que se pretende rescatar la mirada de la moda de los diseñadores afrocolombianos y qué mejor exponente que un afro nacido en Buenaventura y quien la está empezando a romper en la ciudad de Nueva York.

A pesar de ser el mayor de cinco hermanos, fue el último en viajar con sus padres a Estados unidos, tal vez porque la idea de conocer Norteamérica no le animaba tanto o tal vez porque era el favorito de María Antonia "Coralia" Ortiz, su abuela materna una vendedora de frutas, quien fue la encargada de formarlo mientras su madre salió en busca del sueño americano.

Fue en ese hogar conformado por su abuela y sus tías en el que Edwing cultivó su pasión por los telas y las agujas, la cual empezó a los cuatro años con un grupo de soldaditos de plástico que a la fuerza tuvieron que dejar las armas y lucir vestidos realizados con flores y papel de estaño de las cajetillas de cigarrillos, y se hizo realidad el día que diseñó el vestido de prom de su hermana Vanessa, el cual fue tan exitoso que ese día se dio cuenta de que no quería ser abogado y que el diseño de modas no es ninguna maricada.

Un día, el que ha sido hasta hoy el momento más hermoso de su vida, dejaría de serlo cuando su mamá llegaba del extranjero a visitarlos. "Mamá Sara" siempre sabía que se lo tenía que llevar con ella y los 13 años era el momento de hacerlo.

El golpe fue duro, porque la Nueva York a la que él llegó no era la que imaginaba, una ciudad llena de glamur y estilo, pues llegó a la colonia de inmigrantes colombianos conocida como la Pequeña Colombia en Jackson Heights, Y de estar en una casa con empleadas y cinco habitaciones, llegó a vivir en una para siete; de estudiar en un colegio supercompetitivo para niños ricos, donde él era uno de los pocos negros que asistían a esa escuela, y que sus padres podían pagar con el dinero que mandaban, llegó a uno que era “un desmadre”, era tan malo que lo cerraron. Pero su problema no era la falta de comodidades, el problema es que todos los que lo rodeaban eran inmigrantes ilegales, casi nadie hablaba inglés y eso era primordial para alcanzar sus sueños. Por ello, muchos llegaron a pensar que era un engreído.

Sara entendía las frustración por la que pasaba su hijo de 14 años y le buscó trabajo con Jesús J. Peña, un reconocido abogado que tenía un programa de radio y solucionaba los problemas de la mayoría de inmigrantes. Empezó arreglando el archivo, atendió telefónicamente a los clientes a quienes les gustaba hablar con él por su amabilidad y que, como decían ellos, “él no mordía”. Se empapó de todos los vericuetos judiciales de los inmigrantes y llegó a ser uno de los asesores de la oficina con apenas 16 años y cuatro dólares la hora. Por esta razón, a su mamá y a él mismo se les empezó a meter la idea de estudiar derecho. Un día llegó un americano a la oficina: era el nuevo socio de Peña, a quien Edwing no le cayó bien por ser latino y negro. El joven presentó su renuncia y entró a trabajar con un bufé de abogados ubicado en Park Avenue, en el gran Manhattan, ganando doce dólares por hora y con apenas 17 años. Esa sí era la Nueva York que había imaginado.

Con el transcurso del tiempo, D’Angelo empezó a conocer más gente del mundo creativo de la moda, lo invitaron a algunas sesiones de fotografía y el gusanito de la moda empezó a florecer de nuevo. Trabajaba durante el día, en las noches estudiaba un preparatorio en derecho y en los ratos libres se dedicaba a su renaciente pasión por la moda. Una tarde llevó algunos de sus diseños a una toma de fotografías y tanto al fotógrafo como a las modelos les encantaron sus diseños y los utilizaron. Ahí decidió que no seguiría sus estudios de abogado y se dedicaría al mundo de la moda.

A los 21 años se fue a vivir solo, a retomar el sueño del pequeño que confeccionaba ropa para muñecos y modelos imaginarios. Con 150 mil dólares ahorrados decidió comprar telas y una máquina de coser y en su pequeño apartamento montó su primer taller de moda. Su inexperiencia financiera lo llevó a perder mucho dinero y proyectos que tomarían doce meses tardaron cuatro años. Hasta que finalmente en el 2002 logró montar su primera tienda.

Son las 8:34 de la noche, han pasado casi trece años desde que D’Angelo montó su primera tienda. Hoy la pasarela no es el bifé de su casa en Buenaventura donde improvisados modelos en miniatura sometidos a los caprichosos sueños de un pequeño diseñador de cuatro años. Tiene el acelere normal de la antesala de un desfile, la tensión no es para menos, pues es el primer desfile que Edwing realiza en su país después de mucho tiempo. Ve que una de sus prendas luciría mejor con unos zapatos color piel, se molesta consigo mismo por no haber caído en cuenta antes, busca dentro de las modelos y los productores del desfile quién puede tener unos. En ese momento se acerca Ryan, quien solo con posar la mano sobre su hombro lo tranquiliza: él, además de ser modelo y estilista de algunas celebridades, es su ancla y su inspiración desde hace tres años. Empieza el desfile, lo encabeza la modelo top norteamericana Sessillee López, quien luce fabulosa un diseño hecho exclusivamente para ella; la siguen quince modelos que lucen prendas inspiradas en el Pacífico y el sabor de la raza negra colombiana. La ovación fue estremecedora. Edwin, conmovido, dejó escapar varias lágrimas. El momento fue tan emotivo que una espontánea subió a la pasarela y le dedicó un poema a D’Angelo y a su añorada Buenaventura.

Ya en el metro de Nueva York, sin el protagonismo y el reconocimiento que dan las luces de la fama, Edwing se camufla dentro de todos esos luchadores que viven en la Gran Manzana. Está masticando el próximo proyecto, sabe muy bien que el desfile fue el preámbulo de una cantidad de proyectos de ayuda social que tiene en mente para apoyar a los niños de Buenaventura, jóvenes con talento artístico y que, a diferencia de él, no tienen la ayuda necesaria. Y él es un experto que sabe que a punta de berraquera y trabajo se pueden alcanzar los sueños.

 

 

nsierra@elespectador.com