El abogado del diablo vino a Bogotá

El abogado Jacques Vergès defendió a legendarios criminales porque creía en que más allá del peor delito estaba la condición humana. Así dialogó con El Espectador en 2010.

Al final de la entrevista pidió que lo dejaran solo. Sacó uno de sus puros y lo inhaló profundamente.  / David Campuzano - El Espectador
Al final de la entrevista pidió que lo dejaran solo. Sacó uno de sus puros y lo inhaló profundamente. / David Campuzano - El Espectador

Hace 33 años, cuando le preguntaron cuál es su ley, contestó sereno: “Mi ley es estar contra las leyes, porque pretenden detener la historia; mi moral es estar contra las morales, porque pretenden paralizar la vida”. Nació en Tailandia, pero cuando murió su madre siendo niño, su familia se trasladó a la isla francesa de Reunión. A los 17 años se unió al ejercito de Francia Libre, después fue comunista y luego defensor de combatientes del Frente de Liberación Nacional de Argelia.

Se llama Jacques Vergès, es un personaje en contravía por convicción y conciencia, y lo prueban desde su famosa autobiografía El brillante bastardo, hasta el calificativo que le han dado varios medios: El abogado del diablo. Y no es para menos, pues ha defendido desde el antiguo jefe de Estado de los Jemeres Rojos hasta a Ilich Ramírez, conocido como Carlos El Chacal. Se atreve a decir, sin inmutarse, que los jueces justos no existen o, también, pedirle a los magistrados que tiren sus pelucas porque ahí llegan los jueces con los pies desnudos.

Hace 45 años escribió el libro Estrategia judicial en los procesos políticos, convertido en un clásico para encarar verdades de la justicia. En él desarrolla su doctrina de que existen procesos de connivencia y de ruptura. En los primeros, el acusado respeta las reglas de juego y hasta se inclina ante el tribunal. En los segundos, el procesado se erige en acusador de los representantes legales de un sistema injusto. Entre los dos, admite que muchas veces lo que prevalece es un “exclusivo interés político”. Es “cubrir el rostro de hierro con la máscara de la ley”.

A finales de 2010 estuvo de paso por Bogotá, invitado al I Congreso Internacional de Derecho Penal, y con potente voz en su gutural francés se despachó con una comentada conferencia donde no dejó títere con cabeza. Sin la misma sumatoria de su obra cumbre, dejó entre los asistentes la duda que a través de los tiempos han dejado procesos como el juicio a Sócrates, la crucifixión de Jesús, el sacrificio de Juana de Arco en la hoguera, el célebre caso Dreyfus y hasta su defensa de la terrorista argelina Djamila Bouhired, a quien convirtió después en su esposa.

Frente a frente resultaba aún más misterioso. Llegó a la cita caminando lento con un pequeño maletín en su mano derecha; aceptó conversar en medio de un ruido infernal; después admitió que lo cambiaran de sitio. Él sólo esperaba el momento para emprender su diatriba. Atacaba a Estados Unidos por masacrar a la población de Iraq, donde nunca se encontraron armas de destrucción masiva; y lo hacía con la misma vehemencia con que criticaba que a Irán le reclamaran por tener una bomba atómica cuando Israel la posee y nadie le dice nada.

A su edad y prestigio, poco le importaba lo que dijeran de él. Por eso admitía su dolor cuando veía las imágenes de la cárcel de Abu Ghraib, por las cuales presentó denuncia ante la Corte Penal Internacional; o criticaba el Tribunal de Nuremberg, de cuyos jueces decía “tienen el mérito de haber hablado en nombre de sus muertos, de su victoria y de sus patíbulos”. Y añadía: “Nunca los débiles juzgan a los fuertes. Nunca los vencidos juzgan a los vencedores. Hubiera creído en la justicia internacional si hubiera visto a Robert McNamara responsable de sus crímenes en Vietnam”.

Admitía que no conocía mucho de Colombia y que por ello no imitaba a los representantes de la izquierda europea que a lo lejos dictan cátedra y juzgan sobre lo que pasa en un país que no conocen. Y luego se concentraba en advertir que es ante la opinión pública que se ganan las batallas judiciales. “Hay muchos casos en los que los juzgadores están decididos a condenar, así la persona sea culpable o inocente, sencillamente porque la condena adquiere un sentido político. Entonces hay que dirigirse a la opinión y producir la ruptura”.

Lo decía porque sin asomo de modestia afirmaba que había sido el abogado que defendió a más condenados a muerte y ninguno fue ejecutado. Por eso, cuando lo miraban con extrañeza volvía a repetir que siempre hay que alertar a la opinión pública que está en contra de la injusticia. Y ponía muchos ejemplos en que líderes de opinión defendieron a un procesado sin comprometerse, hasta que el sindicado terminó ejecutado porque ninguno fue capaz de denunciar a los jueces, porque todos creían que por ser jueces siempre tenían la razón.

Sólo al final de la entrevista encendió su cigarro y de la misma manera como llegó dio media vuelta y se fue después de una tímida sonrisa. No sin antes exaltar que su condición de defensor le permitía conocer al ser humano más allá del delito; y reflexionar que el error más grave de un juez es no permitirle al acusado que se rinda revelándose a sí mismo, sin admitir que “todo criminal con problemas lleva una prostituta en el corazón”. En otras palabras, que aún antes de ver morir a un procesado, quería verlo a la cara porque en él puede haber un hombre honesto.

Y se despidió con una historia, porque una y otra vez decía que los casos más significativos no son de ruptura, ni políticos. Por eso recordó la defensa que hizo de un hombre acusado de empujar a su esposa a un tren que avanzaba a alta velocidad. El personaje fue absuelto, pero después del juicio lo llamó para confesarle que era culpable porque había advertido en un gesto de su esposa lo que iba a hacer y no lo impidió. El abogado Vergès le replicó interrogándolo: “¿Lo hizo porque no la amaba?”. Y él sentenció: “Porque la amaba es que lo estoy llamando”.

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