18 Ago 2013 - 9:00 pm

El cíborg militante

Neil Harbisson es un hombre que escucha los colores y los transforma en ideas. Pasó de ser un niño desorientado por una incapacidad a dar su testimonio de cómo el mundo es fascinante, aunque sólo pueda ver en blanco y negro.

Por: Alejandro Millán Valencia- Londres
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Neil Harbisson en una de las charlas que ha dictado, con la antena que transforma sonidos en colores.

Imagine que usted no sabe de qué le están hablando cuando le preguntan por la Pantera Rosa, o qué significa la Cruz Roja. Que para usted las banderas de Francia, Italia e Irlanda son iguales. Que si le señalan una bella pelirroja o un rubio despampanante usted no los puede identificar. Que no puede gritar cosas como “Viva el Rojo” o “Vamos mi verde”, porque usted, simplemente, no reconoce los colores. Imagine.

Así ha sido, durante 30 años, la vida de Neil Harbisson.

Es diciembre de 2012 y Neil Harbisson termina una charla en Bombay, India. La gente lo ovaciona de pie. Es un hombre delgado, con un corte de cabello estilo hongo, algo anticuado. Tiene una chaqueta lila y una camiseta a rayas de colores. Ahora da conferencias alrededor del mundo. Antes de esta charla, estuvo en Puebla, México, y seis meses más atrás en el Campus Party de Bogotá. Ahora es un hombre que escucha los colores. Y los transforma en ideas. Pasó de ser un niño desorientado por una incapacidad a dar su testimonio de cómo el mundo es fascinante, aunque sólo pueda ver en blanco y negro.

Harbisson supo que algo no andaba bien con él cuando le preguntaron en el colegio cuál era su color favorito. “No lo sé”, respondió con timidez. Tal respuesta preocupó a sus padres. Lo llevaron al médico y éste, tras una serie de análisis, descubrió que el niño padecía de acromatopsia, una incapacidad del ojo humano para reconocer los colores.

Su infancia no fue fácil. Cuenta que, por supuesto, padeció la discriminación de los compañeros del colegio porque no podía ni siquiera hacerse hincha de un equipo de fútbol. Sin embargo, cuando creció y tuvo que escoger una carrera para estudiar, tomó la decisión menos esperada.

“Al principio quise algo que pudiera hacer sin necesidad de utilizar lo que no podía reconocer. Pero fue imposible, lo que pensé después es que debía estudiar algo que me permitiera conocer profundamente lo que me hacía falta. Entonces decidí estudiar arte. Decidí estudiar los colores”.

Durante años, había estudiado la relación entre los colores y el sonido. Se había dado cuenta de que cada componente de la galería cromática tenía una relación directa con las ondas sonoras. O sea, los colores emitían ondas que se podían captar. Sin embargo, el problema era que no podía encontrar la forma de unirlas en su cabeza, porque no las podía escuchar el oído humano. Ambas cosas andaban separadas pero por caminos paralelos.

Hasta que en 2002 conoció a Adam Montandon. Este hombre, un inglés, es especialista en ingeniería cibernética que estaba desarrollando lo que tanto anhelaba Harbisson: un dispositivo que pudiera unir las ondas sonoras (que él podía percibir perfectamente) con las tonalidades de los colores (que él no podía reconocer hasta entonces). Después de varias charlas productivas, Montandon le entregó un primer equipo que lograba lo que ambos querían: una antena para colocarse sobre la cabeza, la cual recogía las ondas que provenían de los colores y las conducía por un par de audífonos.

Pero al principio no fue fácil. “El problema que tuve es que yo escuchaba, en unos audífonos, las ondas sonoras provenientes de los colores y percibía como éstas se mezclaban con los sonidos naturales. Pero era muy difícil separarlos, teníamos que hacer que las ondas de los colores llegaran por otra parte”, explicó Harbisson.

De nuevo se pusieron en la tarea de perfeccionar el dispositivo. Especialmente Montandon sabía que el paso que seguía en esa búsqueda involucraba una conexión a su cuerpo. Lo convertiría en un ciborg, como el de los comics o las películas de ciencia ficción. No lo pensaron mucho, descartaron los audífonos y conectaron el dispositivo en el cráneo de Harbyson, que mediante un chip, podía, por fin, “escuchar” los colores. Así nació el “Eyeborg”.

“Fue algo progresivo. Comencé a reconocer cinco colores, después 20. Después lo que pasó es que la antena percibía las mínimas tonalidades de las cosas, así que en algún momento pude reconocer 360 tonalidades distintas, además de los componentes ultravioletas del ambiente, o sea, podía percibir cosas más allá de lo que naturalmente puede percibir el cuerpo humano”.

Neil Harbisson, a los 22 años, era un ciborg. Y era un artista. Aunque al principio su pasión había estado enfocada en los colores, ahora tenía una fascinación por los ruidos que le cosquilleaban en la parte baja de la cabeza. Decidió que su propuesta artística tomaría un nuevo rumbo: le daría sonidos a los colores y colores a los sonidos.

Comenzó con lo primero. Su primera inclinación fue la de hacer retratos sonoros. Cada vez que estaba frente a alguien, las ondas que recibía tenían, como en ninguna de sus sesiones frente a las cosas, una especie de ruido que se podía organizar en un tono continuo, con ritmo y armonía. De ese modo, entonces, comenzó a pararse frente a retratos de personas famosas como el Príncipe Carlos de Inglaterra, Leonardo DiCaprio, Woody Allen, Daniel Radcliffe y Montserrat Caballé, por nombrar unos pocos, y las imágenes de los rostros se convirtieron en una melodía que podría servir como banda sonora de una película de suspenso.

“Lo que hago es organizar lo que llega desde la antena. Por ejemplo, el príncipe Carlos tiene ojos azules, labios pálidos, piel rosada. De Gael García Bernal, se destacan los ojos marrones, piel oscura, labios rojos. Las tonalidades de la piel y los ojos hacen que cada persona tenga un sonido diferente. Una vez me encontré con un chico en la calle que su rostró sonó igual a una nota de do mayor”, dijo Harbisson.

Lo segundo que intentó fue buscar colores donde no se percibían de forma evidente. “Las ciudades no son grises”, dijo. Y explicó que Lisboa es una combinación de turquesa con blanco mientras que Madrid es una mezcla de amarillo con marrón. Lo mismo hizo con los discursos famosos, como el Yo tengo un sueño de Martin Luther King y el de una arenga cualquiera de Hitler.

“Pasan cosas curiosas con eso. Yo no le digo a la gente cuál es cuál, sino que los pongo a escoger entre uno y otro. Y la gente relaciona lo ideal con lo colorido y muchas veces resulta lo contrario. Sin ir más lejos, pasa lo mismo con Mozart y Justin Bieber”, explica.

Harbisson ha traducido las canciones de ambos artistas y el resultado es similar: la gente relaciona el color con la genialidad. Y muchas veces no es así.

Cuando ya había logrado un estatus como artista, además de conseguir que los colores dejaran de serle desconocidos, le surgió otro escollo. Fue en 2004, cuando tuvo que renovar su pasaporte británico pues aunque nació en España, es hijo de ingleses que le dieron la nacionalidad. Al enfrentarse a este trámite, las autoridades le informaron que por ningún motivo podía salir en la foto con ese aparato en la cabeza.

“No entendían que yo necesitaba ese aparato para vivir, que hacía parte de mi cuerpo y que no me lo podía quitar. Acudí entonces a los científicos que me habían ayudado en el proceso para explicarle al gobierno británico que yo no me podía quitar la antena porque era como quitarme un brazo”.

Con las cartas y las debidas explicaciones, Neil le insistió al gobierno del Reino Unido que lo dejara salir con la antena en el retrato oficial del documento. Después de algunas deliberaciones, se lo permitieron. Lo que además significó que Neil se convertió en el primer cíborg que era aceptado como tal por un Estado.

Comenzó entonces una nueva etapa en su vida: la militancia. Creó una fundación para el apoyo a las personas que necesitan de la ayuda de un aparato como parte de sus cuerpos para sobrevivir.

“El de cíborg es un concepto algunas veces difícil de comprender. Nueve años después, la gente se sigue riendo de mí cuando me ve caminar por la calle porque piensa que estoy chiflado. Pero es que todavía falta mucha cultura sobre el tema. Por eso inicié la “Cyborg Fundation”, donde hago esta especie de llamado para que la gente empiece a ver que existimos y no somos unos bichos raros”, concluyó.

Harbisson afirmó que cada vez habrá más ciborgs, a medida que la tecnología haga posible soluciones que combinan la máquina con el cuerpo de un modo antes impensado. Crear conciencia a tiempo es, en gran medida, una estrategia de ayuda para evitar que los nuevos “hombres biónicos” se conviertan en los monstruos del siglo XXI.

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