‘El Señor Piragua'

El compositor, responsable de que los ojos culturales se hayan enfocado en El Banco, Magdalena, creó más de 700 canciones en las que se apartó de las referencias personales para elaborar una radiografía del Caribe colombiano.

El compositor José Benito Barros murió el 12 de mayo de 2007. / Archivo El Espectador
Hay rumor de cumbia y en buena medida es gracias a José Barros. Ese estilo característico del Caribe colombiano no se considera, sin embargo, la inspiración inicial para el compositor nacido el 21 de marzo de 1915 en El Banco, Magdalena. Su oído fue colonizado por otras sonoridades y, a pesar de haber perdido de manera temprana a su padre, João María Barro Traveceido, jamás se distanció del ancestro portugués cargado de la nostalgia del fado ni de las armonías de la música tradicional de la península Ibérica.
 
La riqueza cultural contrastaba con las condiciones económicas del hogar. Los cinco hijos de la unión de João María Barro y Eustacia Palomino tuvieron que salir adelante solos. Clara, la hermana mayor, se hizo cargo durante mucho tiempo de la crianza de José Benito y fue quien lo estimuló a hacer caso a sus inclinaciones primarias. Por eso, su composición inicial (La nena) la adelantó a los doce años, cuando lo único que tenía en su haber eran las ganas de contar historias y la urgencia de despertar el interés del sexo opuesto.
 
Al bachillerato nunca llegó. La escasez de recursos, la devoción por las bandas papayeras que alegraban las calles de lo que él mismo llamaría más adelante “El Banco, viejo puerto”, y la hiperactividad de querer realizar varios oficios simultáneamente, lo alejaron de las aulas de clase. Vendió arepas, repartió leche recién ordeñada, comercializó almojábanas y puso a la orden de los comensales frutas y verduras para colaborar con su manutención. José Benito Barros se le midió a todo, incluso a ser serenatero para el grupo de amigos de su tío Roberto Palomino, quien le enseñó algunos acordes en guitarra.
 
En ese entonces su interpretación estaba especializada en el son cubano, la ranchera, el bolero y el tango. Por supuesto, no había pisado aún Cuba, tampoco tenía planes de visitar México, no había estado en territorio boricua, ni mucho menos contaba con los recursos para conocer Argentina. Sin embargo, tenía un pasaporte diestro en su cabeza. Lo nutría cada vez más con la imaginación y además se dedicaba a escuchar las historias de los foráneos que, muchas veces por equivocación, desembarcaban en su puerto natal.
 
La cumbia, el porro, las músicas sabaneras y el vallenato, para mencionar sólo algunos de los aires del Caribe colombiano, no figuraban en su radar. Incluso en varias entrevistas comentó: “Yo lo que les cantaba en esa época era son cubano, tangos, boleros, rancheras. Eso era lo que más me sabía. Nada de lo de aquí. Nada de esa vaina. Eso no se conocía, y si se conocía no se cantaba, porque era considerado algo así como vulgar”. La infancia, la adolescencia y parte de la juventud, Barros las empleó en identificar su realidad social, aunque las prolongadas jornadas de observación siempre las acompañó con su música.
 
Cuando empezó a sentir que El Banco limitaba su inspiración, intentó seguir los pasos de su padre. Se justificó con los antecedentes familiares y se armó de un espíritu andariego que lo llevó a conocer Santa Marta, Medellín, Barranquilla, Cali y Bogotá, para después dar el gran salto a Panamá, Argentina, Chile, Brasil, Ecuador y México. Algunos viajes los realizó como ilegal y en otros se vio obligado a poner su talento y su vieja guitarra como prendas de garantía en hoteles de discretísimo nivel.
 
Los periplos internacionales, cada vez más frecuentes y con mejores condiciones, le sirvieron para estrechar sus nexos con las manifestaciones sonoras extranjeras. En Argentina se enteró de los pormenores del tango, en Brasil pudo descifrar muchas palabras de su lengua paterna, mientras que en México se aventuró a proponer un diálogo fluido entre la ranchera y el bolero. Al conocer y dominar a la perfección el panorama extranjero (tanto que se reunía con grandes personales en la plaza Garibaldi y Agustín Lara lo definió como el mejor compositor de América Latina), se agudizó el interés por los aires tradicionales de Colombia.
 
Con más naturalidad que esfuerzo científico, este autor se adentró en la cumbia, se contagió del porro y se volvió una figura transversal, no sólo en los aires del Caribe colombiano, sino que también le imprimió su sello a manifestaciones del Pacífico y a propuestas sonoras del interior, como el pasillo y el bambuco. En sus más de 800 creaciones se tomó la licencia de apropiarse de la totalidad de los estilos y a todos les faltó al respeto con grandeza, maestría y diplomacia. Ningún oyente radial de la época lograba hacerse el indiferente ante una invitación de José Barros.
 
“Al carácter impersonal de sus creaciones, liberadas, en general, de megalomanía, arrogancia o hinchazón del ego, ya que José Benito Barros no hizo canciones para cantarse a sí mismo (excepto El negro maluco, para buscarle la pelea, como me lo confesó una vez, al gran Abel Antonio Villa, quien a su regreso de Argentina, en los años 40, gozaba de gran acogida en el ámbito del Caribe colombiano), ni para referirse a un mundo estrecho y cerrado, supuestamente único”, comentó el escritor Álvaro Morales Aguilar, director del Magazín del Caribe.
 
A lo que se dedicó Barros con el vallenato Momposina, el pasillo Pasares, el bolero Busco tu recuerdo y las cumbias Navidad Negra, El pescador, La piragua, Violencia y El minero, entre muchas otras, fue a plantear una radiografía de la cotidianidad colombiana. Las historias las solventaba en estructuras literarias porque, a pesar de su baja escolaridad, siempre fue buen lector de Fiódor Dostoievski, Juan Rulfo y Gabriel García Márquez. No sabía transcribir sus ideas a la partitura y por eso muchas veces le tocó recurrir a amigos como Lucho Bermúdez y Luis Uribe Bueno para inmortalizar en papel su obra.
 
El señor Piragua, como se le dijo en algún momento, murió el 12 de mayo de 2007. Se fue incorporándole a la palabra Barros sinónimos musicales de los que antes carecía.