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Gente 20 Sep 2013 - 10:00 pm

Beyoncé se presentará mañana en Medellín

Más allá del éxito

Como parte de su ‘Mrs. Carter Show World Tour’, la cantante estadounidense llega a Colombia con un repertorio ya reconocido por discos como ‘B’Day’ y ‘4’. Esta es una semblanza de su carrera.

Por: Juan David Torres Duarte
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Beyoncé durante su espectáculo en el Superbowl, a principios de este año. / EFE

En dos décadas, con numerosas producciones sobre sus hombros, con una voz destacada por sus tonos variopintos, Beyoncé ha obtenido lo que ni siquiera el éxito comercial alcanza: una pizca de inmortalidad. Su carrera —desglosada en géneros tan escuchados como el góspel, el pop y el R&B— ha sido reconocida con entusiasmo por críticos y la audiencia; sus shows son esperados, dado que están plenos de luces y tienen cierto atractivo sensual; día a día se escuchan noticias sobre las múltiples ventas de sus discos, sobre un nuevo éxito en Billboard, quizá un número uno que se mantiene por seis semanas. Eso es el éxito y eso es, en parte, la maquinaria que ha creado el pop desde que The Beatles azuzara las gargantas de jovencitas en Liverpool. Pero el éxito es pasajero, y eso Beyoncé parece saberlo bien. El espectáculo, aunque esencial, está apenas en un segundo grado; el espectáculo deslumbra, tanto como las cifras. El caso de Beyoncé varía esa fórmula: sí, existe el éxito; sí, sus ventas han alcanzado los US$80 millones. Pero ha sabido confirmar, a través de su voz, que es mucho más que una estrella del entretenimiento.

Nacida en Houston, Texas, en 1981, Beyoncé Gisselle Knowles principió su carrera artística a temprana edad, ganando algunos concursos aquí y allá, sorprendiendo con su tono, influenciado por las producciones de Diana Ross and The Supremes. Fue solista en la iglesia metodista de San Juan; estuvo otro tiempo en escuelas de arte y se destacó —como todo inicio biográfico de cualquier estrella— en los primeros años. Aún no comenzaba la división, la exploración real, que vendría una década después.

Por entonces, cuando tenía ocho años, conformó junto a Kelly Rowland y LaTavia Robertson un grupo bautizado Girl’s Tyme. Participaron en numerosos concursos, poco a poco fueron reconocidas como un grupo talentoso; hasta ese momento su padre, Mathew Knowles, era vendedor de Xerox; convencido quizá del talento de las niñas, dejó su trabajo y se dedicó a manejar el grupo. Fueron días extraños, contaría Beyoncé tiempo después: la economía familiar se redujo, de modo que tuvieron que vivir en apartamentos separados. Sus padres se separaron y cuando la carrera de Beyoncé vislumbraba algún éxito, cuando ya habían cambiado su nombre a Destiny’s Child, volvieron a ser la familia de costumbre.

Era 1993. Cuatro años después lanzaron su primera canción, Killing Time, como parte de la banda sonora de Hombres de negro. El éxito suele ser explosivo, consecuencia de pequeños pasos que luego —ya en la cima del lujo y la fama— son señalados como sus causas. Un año después, en 1998, el grupo lanzó el álbum homónimo que les granjearía tantas críticas favorables; el sencillo No, no, no se convirtió en su primer éxito en listas. Los años siguientes enseñarían también que la regla de que a todo éxito lo sigue una decadencia no es tan cierta. El segundo álbum obtuvo varios discos de platino por ventas, consagró a la banda y les permitió ganar dos premios Grammy.

Hay grises, sin embargo, por estos años. Dos de las integrantes originales de Destiny’s Child decidieron partir por estar en desacuerdo con que el padre de Beyoncé manejara la banda; fueron reemplazadas pronto. Aquella situación, sumada al término de una relación amorosa prolongada, sumió a Beyoncé en la depresión. La nueva alineación también fue reconocida, y en los círculos del entretenimiento ya eran bien conocidos sus espectáculos y las ventas de sus discos: su última producción antes de la división, Survivor, publicada en 2001, llegó a las manos de más de 600.000 aficionados. Además de su carrera como cantante, Beyoncé hacía camino en producciones cinematográficas; por esos años, fue protagonista en Austin Powers in Goldmember y la crítica, de nuevo, apuntó a su favor. Hasta hoy ha participado en una decena de películas, entre ellas Cadillac Records y Epic.

Fue aquí, a principios de la década pasada, cuando Beyoncé arriesgó. Lejos de Destiny’s Child lanzó su primer álbum en solitario, Dangerously in Love; en la primera semana vendió 317.000 copias. Sus compañeras de banda también buscaron un éxito similar; los resultados, sin embargo, fueron muy distintos. Beyoncé se había convertido en la pieza esencial del grupo y en solitario parecía ser aún más potente. Su trabajo vocal fue entonces comparado, como antes, con las habilidades de Etta James y Diana Ross. “(Beyoncé es) la música popular más importante y atractiva del siglo XXI (...) es el resultado, el punto final lógico, de un siglo de pop”, escribió el crítico musical Jody Rosen en The New Yorker.

No es posible desligar a Beyoncé de su imagen pública e incluso parte de su carrera se ha visto impulsada por su éxito como símbolo sexual; pero eso se desvanecerá. Quedará la música. Aquella que ha experimentado con un álter ego (en I Am... Sasha Fierce de 2008) y aquella también que se desliga de la imagen pop y busca sonidos más cercanos a sus raíces (4, su más reciente producción).

El éxito ha sabido instalarse en su carrera. Beyoncé, sin embargo, ha preferido incomodarse. Y es la carencia de comodidad cuanto permite que un artista se cultive.

 

 

jtorres@elespectador.com

@acayaqui

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