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Libros 28 Nov 2012 - 11:29 am

País invitado de honor a la Feria del Libro de Guadalajara

La voz del otro Chile

Desde su programa ‘Vuelan las plumas’, de la radio de la Universidad de Chile, la periodista Vivian Lavín Almazán repasa, semana tras semana, la historia y la literatura nacionales a través de sus entrevistas.

Por: Fernando Araújo Vélez / Enviado especial Guadalajara
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Vivian Lavín Almazán, periodista cultural chilena. / Cortesía

Le habló de los años 60 y el hambre, de los hippies, de un premio que se ganó en Arica porque no tenía con qué comer y participó pues el primer galardón era una cena. Le explicó que había escuchado la convocatoria por la radio y que él envió su primer poema, cuatro páginas de metáforas y de amor a una morocha, y le confesó que ni siquiera sabía qué era una metáfora. Entonces se hizo escritor. Le contó sobre el trabajo en las minas de cobre del norte de Chile y le conversó sobre la orfandad, sobre el escribir por intuición, sin método; sobre la envidia y la tergiversación y sobre Roberto Bolaño, quien por un periodista que lo difamó creyó que sólo le interesaba ganarse el Nobel. Ella, Vivian Lavín Almazán, lo presentó como el escritor Hernán Rivera Letelier.

Un año antes, en abril de 2008, había presentado a un ingeniero llamado Víctor Pey. Dijo entonces: “Sabe de la guerra como un activo republicano que tuvo el cargo de asesor técnico de la Comisión de Industrias de Guerra de la Generalitat de Cataluña, en medio de la Guerra Civil española. Sabe también del dolor que es haber perdido esa guerra y tener que escapar para convertirse en prisionero y terminar en un campamento de refugiados. Sabe Pey de Neruda. Sabe Pey demasiado de Allende, a quien conoció en tertulias semanales hasta convertirse en su amigo personal y ‘asesor de confianza’”.

Pey le habló de Pablo Neruda, sí, y de su misión para rescatar a dos mil españoles del exterminio nazi y la dictadura de Francisco Franco; del barco en el que se subieron y se salvaron de la muerte, el Winnipeg; de su arribo a Chile y del día, que fueron semanas, en las que tuvo que esconder al propio Neruda en su apartamento de la calle Vicuña Mackenna. “El Partido comunista intentó, primero, sacar a Neruda del país en un auto a través de la cordillera para llevarlo a Buenos Aires, el mismo día en que se estaba ventilando su desafuero. Pero ocurrió que cuando el auto llegó a la frontera, la policía, advertida, no le permitió el paso, so pretexto de que había una dualidad de nombres entre su documentación: mientras en el carnet de identidad decía Neftalí Reyes, en el pasaporte decía Pablo Neruda, y no lo dejaron pasar y tuvo que regresar a Santiago”.

En mayo de 2009 presentó a Juan Pablo Cárdenas Squella y, como robándole sus palabras, dijo: “Un peligro para la sociedad. Testimonio de un periodista que incomoda al poder”. Luego, Cárdenas le habló de sus luchas, de las múltiples persecuciones que tuvo que padecer, de la Chile de Allende, de Pinochet, de los gobiernos de la transición, del miedo, y le reconoció que “una de las causantes del quiebre institucional de 1973 fue la prensa. Una prensa que no estuvo a la altura de las circunstancias, que se atrincheró en posiciones irreconciliables y que concitó profundas divisiones en la sociedad chilena. Por un lado, alentó el golpe militar, y por otro, posiciones radicales que en cualquier caso nos habrían llevado al quiebre institucional que sufrimos”.

Luego, meses más tarde, presentó a Ramón Díaz Etérovic, y él le habló de la narrativa social chilena, la de las generaciones del 38 y el 42, de Mario Bahamondes, de Manuel Rojas y Nicomedes Guzmán, de la novela negra que es roja y es criminal y policial al mismo tiempo, de un detective, su detective ficcional, Heredia, testigo de una época de transición democrática llena de carencias; del mundo de la hípica y sus nexos con el narcotráfico, de cábalas, guiños y secretos. “Por eso digo que mis novelas son como una cronología de la historia social chilena de los últimos 30 años, porque hay visiones de distintas épocas y de distintos problemas; están los derechos humanos, el narcotráfico, los temas ecológicos, el racismo de los chilenos. En A la sombra del dinero, por ejemplo, está la corrupción política”.

Chile. La literatura, su literatura. La realidad y las múltiples realidades de quienes las retratan. La ficción, el arte. Un libro, El vuelo de las plumas, 18 entrevistas, y en él, la voz de una mujer, Vivian Lavín, para llevar a la radio de la Universidad de Chile las voces de los que no suelen tener voz. Unos, anónimos; otros, marginados. Alguno, señalado por el poder como peligroso, y otro, estigmatizado. Todos vivieron el miedo. Ellos cuatro, sus otros cientos de entrevistados, y ella. El miedo de que en la mesa de al lado hubiera un espía, el miedo de que los soplones que querían quedar bien con el poder, la dictadura, Augusto Pinochet, los denunciaran. El miedo de los aviones que llevaban desaparecidos y de las armas que disparaban desde cualquier ángulo y hacia donde fuera.

“El periodismo llegó por eso, por todo eso. Cuando yo era niña oía los aviones, las balas. Mi padre me gritaba que me arrojara al piso. Luego vinieron los años de la dictadura, 17. Yo era de las que escuchaban a Silvio Rodríguez, de las que se preguntaban: ¿de qué manera puedo servirle a Chile? Por eso el periodismo. Para entender el mundo un poco y trabajar por cambiarlo, para denunciar, para incomodar, para que las cosas no sigan siendo como fueron, para darles voz a otros, los del otro Chile. Hoy aún sufrimos un inmenso divorcio con nuestro pasado. Vivimos la transición de una manera equivocada y nos dividimos. Nos hemos dividido tanto que ya ni nos entendemos”.

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