Charlie Hebdo, ¿mártires de la libre expresión o provocadores cuya burla se pareció a xenofobia y racismo?

El debate sobre las caricaturas es muy agudo en países como Estados Unidos, en donde las susceptibilidades hacia caricaturas de tinte racial pudieran ser mayores que en lugares como Francia.

Los asesinatos de 12 personas en el ataque de este miércoles en Francia contra la revista satírica Charlie Hebdo han generado una profusión de tributos de cartonistas por todo el mundo, los cuales han inundado Internet con imágenes que van desde los elegiaco hasta lo escabrosamente rudo.

Uno de ellos mostraba un rifle Kalashnikov apuntando contra un grupo de lápices. Otro describía una imponente figura con turbante, sosteniendo una espada sobre la cabeza de un cartonista trabajando arduamente ante un escritorio, sobre la leyenda: “¡Como si necesitáramos más editores carentes de humor viendo sobre nuestros hombros, amenazando con recortes!”

Pero, en medio de todas las marchas de “Yo Soy Charlie” y declaraciones a través de medios sociales, algunos en el mundo del cartón también están debatiendo una delicada cuestión: ¿Fueron las víctimas mártires de la libre expresión, y se terminó, o provocadores cuya agresiva burla del islam a veces equivalió a xenofobia y racismo?

Ese tipo de debates se desarrolla de maneras diferente en países diferentes. Sin embargo, la conversación pudiera ser particularmente aguda en Estados Unidos, donde las susceptibilidades hacia caricaturas de tinte racial pudieran ser mayores que en lugares como Francia, donde restricciones históricamente más estrictas sobre el discurso han dado origen a un fuerte deseo de saltarse las leyes.

Charlie Hebdo ha tenido un ánimo “mucho más salvaje, despiadado, de hacerlo por el solo hecho de hacerlo” que cualquier publicación estadounidense, dijo Tom Spurgeon, el autor de The Comics Reporter, sitio web que sigue las noticias sobre cómics de todo el mundo.

“Eso no es tanto un impulso estadounidense”, dijo. Particularmente hoy día, “existe un sofisticado diálogo sobre lo que significa el privilegio, y una sensación de que no hace falta que insultes a la gente, sobre todo a personas oprimidas, para expresar tus argumentos”.

El énfasis del cartón político en “patear para arriba” en contra de la autoridad se remonta a sus orígenes en el siglo XVII, cuando el final de las guerras religiosas de Europa liberó el espacio político en el que la irreverencia iconoclasta pudo florecer, dijo Simon Schama, catedrático en Columbia, en entrevista.

“Nadie tenía el monopolio sobre la autoridad, particularmente cualquier tipo que pudiera ejercerse a través de reverencia hacia imágenes”, dijo Schama, agregando que partidos políticos “accedieron a pelear sus batallas con palabras e imágenes en vez de espadas y armas”.

Los poderosos ciertamente hicieron esfuerzos por contener la burla, como cuando los censores del rey francés Luis Felipe prohibieron las imágenes irrespetuosas de su rotunda figura, solo para ver a uno de sus más empecinados antagonistas, Honoré Daumier, evocarlo con una pera real.

Sin embargo, no solo fueron los poderosos quienes sintieron el aguijonazo de las plumas de cartonistas. En la Europa y América del siglo XIX, grupos minoritarios que se sentían difamados, como judíos irlandés-estadounidenses, también entablaron frecuentes quejas en contra de lo que veían como estereotipos, solo para no ser atendidos en buena medida.

“Siempre han existido grupos de intereses que han protestado en contra de cartones políticos, pero no había nada que pudieran hacer al respecto”, dijo Richard Samuel West, académico de cartones políticos. En conflictos con cualquier oponente, “siempre veías a la forma artística surgiendo triunfal”.

Persistentes batallas de censura en el siglo XX dieron origen a cómics clandestinos, con su sensibilidad en la que nada es sagrado. Además, Charlie Hebdo, que surgió en las consecuencias de las batallas de los años 60 en torno a lo que, en esa época, eran restrictivas leyes sobre el discurso en Francia, hacía extravagante sátira política mejor que prácticamente cualquiera, dijo el cartonista Art Spiegelman.

Cuando reimprimió los cartones daneses que se burlaban del Profeta Mahoma en 2006, “ellos fueron la única revista que lo hizo absolutamente por las razones correctas”, dijo Spiegelman. “Los otros que publicaron los cartones estaban poniendo una carnada a musulmanes, pero para ellos eso era parte de lo que perciben como su misión de ser provocadores, de provocar pensamiento”.

La novelista gráfica iraní-francesa Arjane Satrapi, autora de “Persépolis”, elogió la voluntad de Charlie Hebdo para “ponerle el dedo a todo tipo de autoridad”, fuera religiosa o política. “No siempre me encantaba lo que ellos hacían”, dijo en una entrevista telefónica desde París, donde vive. “Sin embargo, estaba enamorada de la idea de que teníamos una revista que era así de subversiva”.

Sin embargo, no todos en el mundo de los cómics han asumido una perspectiva de tanta admiración. Spurgeon, del The Comics Reporter, dijo que cuando él publicó una parte de lo que llamó las portadas “feas y racistas” de Charlie Hebdo en una demostración de solidaridad este miércoles, recibió varios mensajes de correo electrónico de cartonistas que desafiaban esa decisión.

“Algunas personas pusieron en duda ese trabajo por considerarlo mera crueldad, oculta detrás de la idea de libre expresión”, dijo Spurgeon. “Pero, cuando se trata de matar personas”, dijo, publicarlos de nuevo era una decisión fácil: “Para mí, eso es blanco y negro”.

Spurgeon atribuyó esa respuesta a un cisma generacional entre cartonistas estadounidenses que maduraron en el ambiente subterráneo de los cómics de todo vale, hazlo porque puedes de los años 60 y 70, y cartonistas más jóvenes que están alertas a lo que consideran la posición del privilegio del varón blanco del que dicho trabajo con frecuencia suele venir.

En un ensayo del sitio web The Hooded Utilitarian que circuló ampliamente en medios sociales, Jacob Canfield, cartonista de 24 años de edad en Ann Arbor, Michigan, argumentó que los “miembros blancos de la ”redacción“ no eran meros mártires de la libre expresión sino promotores frecuentes y deliberados de ”cierto tipo de virulento racismo de xenofobia francesa".

“En vista de un ataque verdaderamente a la libre expresión, reviste importancia que no diseminemos ciegamente material súper racista”, dijo en entrevista, refiriéndose a las decisiones de algunos colegas de republicar algunos de los cartones particularmente extremos de Charlie Hebdo. (El New York Times ha elegido no reimprimir ejemplos de la obra más polémica de la revista.)

El origen de los desacuerdos con respecto al grado de ofensa de los cartones, dijo Canfield, coincidiendo con Spurgeon, estaba parcialmente en las diferencias entre cartonistas más viejos que recordaban las batallas de la censura que dieron origen al movimiento clandestino de cómics, y más jóvenes, los cuales estaban más sincronizados con las susceptibilidades de la política de identidad.

“En el mundo del cómic, una de las peores cosas que puedes hacer es acusar a alguien de censura”, dijo. “Sin embargo, la idea de que poner las cosas más soeces, más ofensivas que puedas en papel es en sí un acto valiente y patriótico, ya no basta”

Ethan Heitner, de 31 años de edad, cartonista y ex editor del diario de cómics políticos World War 3 Illustrated, dijo que era una cuestión de diferencias temperamentales más que generacionales, pero coincidió en que el mundo del cartón político aún estaba marcado por un espíritu del que lleva las de perder.

“En los años 70 y 80, los cartonistas se sentían muy marginados, así que pegarle a cualquiera se sentía como pegar”, dijo.

Joe Sacco, veterano autor de cómics periodísticos de forma larga como “Notas al pie de página en Gaza” y “Área Segura Gorazde”, dijo que él prefería apuntarle a personas en el poder, en vez de atacar a grupos étnicos o raciales o creencias religiosas, particularmente aquellas personas que pudieran sentirse marginadas o perseguidas.

“En verdad me causa repulsión lo ocurrido, que es en verdad despreciable”, dijo Sacco, cuyo libro más reciente, “Bumf”, surrealista sátira de la política exterior de Estados Unidos, describe a Barack Obama despertando en la Casa Blanca en el cuerpo de Richard Nixon, y visitando más tarde un planeta poblado por gente desnuda con capuchas al estilo Abu-Ghraib.

“Sin embargo, vengo también de una posición de tratar de entender por qué la gente es afectada por imágenes, y no solo decir '¿Por qué no puedes aguantar una broma?' una imagen de Mahoma en alguna posición comprometedora no tiene el propósito de solo ser una broma”.
Satrapi dijo que temía al surgimiento del sentir anti musulmán, pero que el cuestionamiento de la lacerante sátira de Charlie Hebdo era “la conversación equivocada” a sostener en vista de los asesinatos.

“La gente tiene el derecho a tener un punto de vista diferente, así como a provocar”, dijo. “Si permitimos que actos como este creen un clima de temor, habremos perdido nuestra libertad”.