Fama en tiempos líquidos

La autenticidad y el valor de exhibición son dos de las características de la fama en nuestras sociedades del espectáculo, a propósito de la nueva temporada de "Black Mirror".

Escena de la serie "Black Mirror".

Ser famoso significa ser un individuo excepcional. Generalmente dicha excepcionalidad está asociada a lo que se es puesto al servicio de lo que se hace. Además, dicha excepcionalidad se caracteriza por encarnar aquello que una sociedad valora como digno de ser imitado o absolutamente repudiable.

La reputación, el prestigio, la autenticidad, son algunas características de a quien consideramos famoso. Sin embargo, dichos valores en la era de la internet están llenos de un contenido propio de nuestra sociedad del espectáculo.

La singularidad de los individuos famosos debe ser valorada, legitimada, reconocida por el pueblo, que en la era de internet se transformó en público, en audiencia. Esta nueva forma “democrática” de valorar la autenticidad debe ser exhibida.

El valor de exhibición ha reemplazado el valor histórico y cultural de la características singulares de alguien. A los famosos de nuestra era se le ve en pantallas, nunca en carne y hueso, y si eso ocurre, se debe hacer su registro fotográfico o audiovisual. La imagen no solo funciona como prueba, sino como reliquia de su existencia.

Nuestra sociedad del espectáculo no tolera lo real, debe su existencia a lo hiperreal: Consumidores, espectadores, público o audiencia lo exigen, lo exigimos. Ya no importa el cómo, lo relevante es el cuanto, cuantos nos ven, ahí radica la fama.

En “15 million merits”, el segundo de los tres magistrales capítulos de la primera temporada de "Black Mirror", se evidencia lo teorizado por sociólogos y filósofos sobre la era del espectáculo y la vida líquida, volátil y efímera de la internet.

Sin duda, la autenticidad es algo que valoramos como digno de ser visto, sin importar su valor moral. “La autenticidad es un bien escaso” dice uno de los jurados del concurso de talentos de este episodio de la serie escrita por Charlie Brooker.

Medios, audiencia, instituciones de poder, la triada infinita de la que no podemos establecer un fin o un inicio, el poder circula entre las tres.

“¿Qué opinas?” es el imperativo moral de nuestros actos. Y es que la fama parece encarnar un ideal de libertad absoluta. El famoso parece ser la excepción a la regla de la opinión, su sentido de culpa por no agradarle a la opinión es mínimo. Está más allá del bien y del mal. Es el superhombre nietzscheano liberado del peso de lo valores, él crea los valores, él los encarna.

Guy Debord, “famoso” por teorizar la sociedad del espectáculo lo sentenció así: “El espectáculo no es un conjunto de imágenes, sino una relación social entre personas mediatizada por imágenes”. Lo público ya no está en las calles, está en nuestras pantallas. De ahí emana su más prometeica fortaleza y su más  ingente debilidad.

Si eres bueno para ti mismo está bien, si eres bueno para una audiencia, estas labrando el camino al éxito, a la fama. La mirada del otro no solo califica sino que te da existencia. Lo bueno que eres debe ser explotado como mercancía, los “expertos” lo saben bien.

La autenticidad además de ser escasa resulta nada productiva para la mantención del sistema, por eso debe ser mercantilizada. Un espacio en la mirada de lo público significa un espacio para poder ser consumido.

Por ello, dar la espalda a la audiencia es volver a la realidad, pero es la hiperrealidad el hábitat natural del homo photographicus cuya existencia depende del enjambre, de la red social.

La vida de los famosos es un sueño que todos queremos alcanzar y “el espectáculo es el guardían de este sueño”, martilla de nuevo Debord.