Especiales 19 Oct 2012 - 10:09 am

La realidad detrás de la ficción: Escobar el Patrón del mal

El crimen de Carlos Pizarro Leongómez

Hacia las diez de la mañana del jueves 26 de abril de 1990, sin novedad alguna, decoló del aeropuerto Eldorado en Bogotá el avión HK1400 de Avianca para cubrir la ruta hasta Barranquilla.

Por: Redacción Ipad
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El actor Tiberio Cruz personificó a Carlos Pizarro Leogómez.

La aeronave llevaba el cupo completo, pero desde el abordaje hubo revuelo por la presencia del candidato presidencial de la Alianza Democrática M-19, Carlos Pizarro Leongómez. Ocho minutos después de emprendido el vuelo, un joven sicario descargó una ráfaga de ametralladora al exguerrillero y aspirante a la jefatura del Estado.

En el momento del atentado, el avión alcanzaba los 17.000 pies de altura y ante la emergencia, el capitán Fabio Munevar que piloteaba la aeronave pidió prelación a la torre de control para regresar lo antes posible a Bogotá. Los controladores de vuelo se ocuparon del tráfico aéreo y en pocos minutos el HK1400 regresó a la capital. En la pista principal del aeropuerto, una ambulancia de la Caja Nacional de Previsión estaba esperando. De urgencia, el candidato presidencial fue trasladado a una clínica de la misma entidad.

Sin embargo, la situación de Carlos Pizarro ya era muy grave. Con varias heridas en la cabeza y el cuello que le causaron una imparable hemorragia, cuando ingresó al servicio de urgencias de Cajanal era evidente su dificultad respiratoria. De inmediato fue sometido a intubación endotraqueal y minutos después a una craneotomía. Pero una hora después de ser intervenido quirúrgicamente, se produjo el paro cardiaco que determinó su deceso. La noticia causó desazón absoluta entre familiares y simpatizantes.

A esa hora, ya los medios de comunicación abundaban en detalles sobre lo sucedido, y cuando el sociólogo Eduardo Pizarro, hermano del candidato presidencial, reportó su muerte, se vivieron escenas de dolor y rechazo. Uno de los escoltas hizo varios disparos al aire en señal de protesta. Decenas de personas empezaron a lanzar arengas de repudio. Y como se había vuelto costumbre en esa época, rápidamente empezó el coro de las declaraciones protestando contra un nuevo magnicidio.

Apenas llevaba 49 días en la civilidad, tras la entrega de su arma en Santodomingo (Cauca), durante la ceremonia de desmovilización del grupo guerrillero M-19, que tuvo lugar el 8 de marzo de 1990. Ya había oficiado como candidato a la alcaldía de Bogotá con 80.000 votos que le dieron la certeza de que podía seguir en la actividad política. Tenía 39 años de edad, y su objetivo de paz lo había resumido en su frase clave de campaña: “Ofrecemos algo elemental, simple y sencillo: que la vida no sea asesinada en primavera”.

Tercero de una familia de cinco hijos, Carlos Pizarro Leongómez nació en Cartagena en 1951. Aunque su familia tenía más arraigo en el Valle del Cauca o Bogotá, su padre, Juan Antonio Pizarro, era oficial de la Armada y por eso vivió en la Costa Atlántica. No obstante, después de una misión diplomática, la familia se asentó en Cali, donde Carlos Pizarro cursó sus estudios de bachillerato. Alcanzó a tener una fugaz vocación religiosa, pero finalmente se inclinó por estudiar Derecho en la Universidad Javeriana de Bogotá.

Después de algunos semestres en la facultad, más interesado en el periódico El Pizarrón que en el estudio de las leyes, fue expulsado de la Universidad por orquestar una huelga. En ese momento ya eran notorias sus ideas rebeldes, y aunque pasó brevemente por la Universidad Nacional y por la Juventud Comunista (JUCO), a principios de 1972 tomó una decisión de vida: viajó a la región de El Pato (Huila), y se vinculó a las Farc. Su primer jefe fue Álvaro Fayad, quien con los años sería uno de sus compañeros de armas.

No alcanzó a durar dos años en las Farc porque rápidamente se cansó de su ortodoxia. Pero a su regreso a Bogotá, entró en contacto con otros disidentes de las Farc, algunos sindicalistas y varios descontentos por el fraude electoral que se había fraguado en las elecciones presidenciales de 1970. Entonces, junto al propio Álvaro Fayad, Jaime Bateman Cayón, Iván Marino Ospina o Carlos Toledo Plata, creó el Movimiento 19 de Abril (M-19), que inició actividades militares en enero de 1974.

A partir de entonces, Carlos Pizarro Leongómez se convirtió en uno de los estandartes de la organización guerrillera. De hecho, en los primeros organigramas dados a conocer en sus acciones de guerra, apareció como uno de sus comandantes. Luego llegaron los días del Estatuto de Seguridad del presidente Julio César Turbay y, en medio de la ofensiva contra el M-19 tras el robo de las armas del Cantón Norte del Ejército a través de un túnel, sufrió la suerte de muchos de sus compañeros: fue detenido por el Ejército.

Su captura ocurrió el 14 de septiembre de 1979 en Santander. Como a los demás detenidos de la época, fue objeto de malos tratos antes de ser trasladado a la cárcel de La Picota en Bogotá, donde se encontraban detenidos la mayoría de los capturados del M-19. La prisión fue una época de duro aprendizaje político. En calidad de acusado hizo parte del Consejo Verbal de Guerra que condenó a la mayoría de los detenidos en un publicitado proceso judicial orientado por las Fuerzas Militares.

No obstante, vino el gobierno de Belisario Betancur y, después de ser favorecido por una ley de amnistía (Ley 35 de 1982), salió de la cárcel. Como estaba convenido, la idea era apoyar el proceso de paz con el Ejecutivo. Así lo hizo, pero ante la muerte accidental del máximo jefe de la organización, Jaime Bateman, ocurrida en abril de 1983, Pizarro Leongómez fue promovido a la cúpula del M-19. Ahora su labor era oficiar como vocero del grupo alzado en armas hasta lograr la firma del cese al fuego que se había pactado.

El acuerdo entre el gobierno Betancur y el M-19 se firmó en agosto de 1984, pero cuando Carlos Pizarro se desplazaba hacia la firma del documento, resultó herido en un enfrentamiento con el Ejército. El episodio, sumado al reciente asesinato de Carlos Toledo Plata en Bucaramanga, estuvo a punto de frustrar la firma del pacto. Pero finalmente se impuso la urgencia de negociación y, en medio de la tregua, Pizarro Leongómez se sitúo en el sitio conocido como Yarumales, en las montañas del Cauca.

En ese lugar, en el llamado “Campamento de la Libertad”, el M-19 protagonizó una dura confrontación militar con el Ejército. Aunque en el papel estaba firmada la tregua, en la práctica no cesaban los combates. Fueron varias semanas de guerra hasta que los acontecimientos del país llevaron a la ruptura con el Gobierno. Entonces Pizarro emprendió la creación del Batallón América que contra todos los pronósticos llegó hasta las goteras de Cali ganando adeptos entre los barrios populares.

Pero al tiempo que Pizarro combatía en el sur del país, en Bogotá, en desarrollo de un plan trazado por Álvaro Fayad, Andrés Almarales y Luis Otero, entre otros, el M-19 se tomó el Palacio de Justicia. Lo sucedido el 6 y 7 de noviembre de 1985, fue demoledor para la organización. No solamente perdió a varios de sus principales dirigentes sino que políticamente el M-19 quedó derrotado. Cuatro meses después fue abatido en Bogotá Álvaro Fayad, y tras su muerte, Pizarro asumió la comandancia del M-19.

Aunque vinieron dos años de dura confrontación armada, a mediados de 1988, convencido de que había llegado el momento de firmar la paz, a través del secuestro político del dirigente conservador Álvaro Gómez Hurtado, el M-19 le planteó al Gobierno el inicio de las negociaciones. El proceso de paz tuvo éxito y, primero a través de una ley de amnistía aprobada por el Congreso en 1989, y luego con la entrega de armas en marzo de 1990, el M-19 puso fin a su historia guerrillera. Ahora era el momento de la política.

En ella estaba cuando el paramilitarismo de los hermanos Fidel, Vicente y Carlos Castaño, decidió que Carlos Pizarro era un hombre que iba a alcanzar un liderazgo contrario a sus ideas de extrema derecha, razón por la cual decidió asesinarlo. Y como era costumbre en esos tiempos, la organización paramilitar escogió a un joven extraído de las comunas de Medellín para que, engañado con ofertas económicas, cumpliera el cometido de acabar con la vida del ya entonces candidato presidencial.

Ese joven se llamaba Gerardo Gutiérrez Uribe, se dedicaba a vender frutas por las calles de Medellín, hasta que consiguió un empleo en la fábrica de tizas “Billares 2000”, donde hizo amistad con otro trabajador del negocio, Andrés Gutiérrez Maya, el asesino material del candidato presidencial Bernardo Jaramillo Ossa. En ese lugar, ambos jóvenes fueron reclutados por las autodefensas urbanas que entonces orientaba Carlos Castaño, y cada uno de ellos cumplió el cruel destino de ser sicarios de dos candidatos.

El día del asesinato, portando consigo una cédula falsa a nombre de Álvaro Rodríguez Meneses, el joven Gerardo Gutiérrez llegó muy temprano al aeropuerto Eldorado. La noche anterior, como lo pormenorizó la periodista Mónica Roa Rojas en su libro “El asesinato de Carlos Pizarro”, Gutiérrez se había alojado en un hotel de tres estrellas en el Centro Internacional de Bogotá. Al ingresar al aeropuerto compró unas revistas para fingir su lectura, y estuvo atento a la espera del llamado al abordaje.

Después subió al avión y se ubicó en el puesto 5C correspondiente al pasillo. Cuando desde la cabina se informó a los pasajeros que podían desabrocharse los cinturones, Gerardo Gutiérrez se levantó de su asiento, preguntó a la azafata por la ubicación del baño posterior, pasó por el lado en el que se encontraba ubicado el candidato Pizarro Leongómez, lo miró de reojo y luego entró al baño. Dos minutos después salió decidido y descargó una ráfaga de ametralladora en la cabeza y el cuello del candidato presidencial.

La investigación judicial tuvo el mismo camino de todos los magnicidios de la época: quedó en la impunidad. A pesar de que la Dijín y el DAS se apresuraron a sindicar a Pablo Escobar Gaviria como el autor intelectual del crimen, el capo y su grupo de Los Extraditables expidió de inmediato un comunicado para negarlo. Además en dicha declaración, Escobar y los suyos recordaron que su organización había mantenido siempre las mejores relaciones “con los compañeros del M-19”.

El caso judicial cayó en el ostracismo, pero la verdad fue la autoría de Carlos Cataño. El primero en saberlo fue el dirigente del M-19 Otty Patiño, quien fue comisionado por su organización para indagar los orígenes del asesinato y, en compañía de otro delegado, Álvaro Jiménez, lo escuchó de la propia boca de Fidel Castaño mientras cabalgaban por su finca Las Tangas, en Valencia (Córdoba). El propio Castaño confirmó también la mano de las Autodefensas en el crimen de Bernardo Jaramillo Ossa.

Estas revelaciones le permitieron a Otty Patiño declarar a la Fiscalía lo que habían escuchado, y con esta evidencia 11 años después del magnicidio de Carlos Pizarro Leongómez, el ente investigador acusó del crimen político a Fidel y Carlos Castaño. Para la época ya el jefe paramilitar Carlos Castaño, en su confesión al periodista Mauricio Aranguren, admitió que él mismo entrenó al muchacho que perpetró el asesinato, y que quemó centenares de tiros con la misma arma, enseñándole cómo hacerlo en el avión.

Lo que nunca le dijo Castaño al ingenuo sicario es lo que a él mismo le iba a suceder. El jefe paramilitar le prometió que en medio de la confusión otros iban a protegerlo y que apenas el avión retornara a Bogotá, lo iban a rescatar. Lo que pasó sigue siendo motivo de investigación para las autoridades judiciales en un caso que sigue sin prescripción. Segundos después de que Gerardo Gutiérrez disparó contra Pizarro y soltó el arma, se paró uno de los escoltas del DAS y lo mató de un tiro en la cabeza.

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