Leer a Macondo

El director del programa de Literatura de la Universidad de Los Andes resalta aquí la importancia del mundo creado por el autor y los ecos cervantinos que se encuentran en su obra.

Un ejemplar en inglés de “El amor en los tiempos del cólera”, una de las principales obras de García Márquez. Flickr - Jinx
Conmemorar el primer aniversario de la muerte de Gabriel García Márquez es la ocasión para hablar del orgullo colombiano al ganar el Nobel de literatura, para ojear y hojear volúmenes con precios obscenos o ejemplares baratos plagados de erratas y para que la feria del libro de Bogotá invite a un país sin territorio y sin paisaje, sin habitantes y sin mapa. Casi nadie recuerda que en el 82 “el orgullo colombiano” vivía en el exilio, que hace un año estábamos en la polémica de porqué los libros de García Márquez no se vendían en nuestras escasas librerías y casi nadie toma en serio que sólo podemos “visitar Macondo” al leer las novelas o los cuentos de García Márquez, cosa que se hace cada vez menos en escuelas y universidades.
 
Al “visitar Macondo” más que revitalizar la etiqueta del “realismo mágico”, deberíamos cuestionar hasta qué punto esa etiqueta sólo es útil para turistas y publicistas que aun consideran que “América del Sur es un hombre de bigotes, con una guitarra y un revolver” o útil para críticos cicateros que no se arriesgan a poner a Gabriel García Márquez al lado de Shakespeare, de Dante o de Miguel de Cervantes.
 
Poner en la misma línea a Cervantes y a García Márquez, por ejemplo, en realidad no es nuevo, de hecho, poco antes de que se publicara Cien años de soledad, Carlos Fuentes le decía a Julio Cortázar: “Acabo de leer Cien años de soledad: una crónica exaltante y triste, una prosa sin desmayos, una imaginación liberadora. Me siento nuevo después de leer este libro, como si les hubiese dado la mano a todos mis amigos. He leído el Quijote americano, un Quijote capturado entre las montañas y la selva, privado de llanuras, un Quijote enclaustrado que por eso debe inventar el mundo a partir de cuatro paredes derrumbadas. ¡Qué  maravillosa recreación del universo inventado y reinventado! ¡Qué prodigiosa imagen cervantina de la existencia convertida en discurso literario, en pasaje continuo e imperceptible de lo real a lo divino y a lo imaginario!”.
 
No exageraba el autor mexicano; cuando se lee Cien años de soledad desde la perspectiva de Cervantes a cada paso encontramos pasajes en donde las formas áureas son reelaboradas con unos propósitos estéticos similares a los que inspiraban a los poetas del XVII. Así, en el más detallado nivel textual es posible encontrar en Cien años de soledad ecos del Quijote como sucede en un pasaje en donde el nombre de Remedios es enunciado repetidamente por Aureliano: “La casa se llenó de amor. Aureliano lo expresó en versos que no tenían principio ni fin. Los escribía en los ásperos pergaminos que le regalaba Melquíades, en las paredes del baño, en la piel de sus brazos, y en todos aparecía Remedios transfigurada: Remedios en el aire soporífero de las dos de la tarde, Remedios en la callada respiración de las rosas, Remedios en la clepsidra secreta de las polillas, Remedios en el vapor del pan al amanecer, Remedios en todas partes y Remedios para siempre”. 
 
La forma en que es evocado el nombre de Remedios tiene una clara vinculación con el pasaje del Quijote en donde el nombre de la pastora Leandra se repite sin cesar en el contexto de un cuento pastoril intercalado en el capítulo 61 de la primera parte de la novela de Cervantes: “No hay hueco de peña, ni margen de arroyo, ni sombra de árbol que no esté ocupada de algún pastor que sus desventuras a los aires cuente; el eco repite el nombre de Leandra dondequiera que pueda formarse: “Leandra” resuenan los montes, “Leandra” murmuran los arroyos, y Leandra nos tiene a todos suspensos y encantados, esperando sin esperanza y temiendo sin saber de qué tememos.” No es que García Márquez refiera directamente el pasaje de Cervantes, lo que refiere es la forma de enunciación que del nombre de la amada hace un amado adolorido, forma de enunciación poética que tiene también un referente pastoril y antiguo en donde el mundo hace eco al nombre de la amada, tópico literario que encontramos por ejemplo en la “Égloga tercera” de Garcilaso: “Elisa soy, en cuyo nombre suena / y se lamenta el monte cavernoso, / testigo del dolor y grave pena / en que por mí se aflige Nemoroso / y llama “Elisa”; “Elisa” a boca llena / responde el Tajo, y lleva presuroso / al mar de Lusitania el nombre mío, / donde será escuchado, yo lo fío”.
 
También en los cuentos de García Márquez encontramos ecos cervantinos; así, por ejemplo, el relato “La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada” puede también ser leído desde la perspectiva de “La Gitanilla” de Cervantes. Se trata de textos que superan por su extensión la longitud que tradicionalmente se le atribuye al cuento, pero no alcanzan la dimensión de lo que llamaríamos una novela en términos modernos. La extensión de “La Gitanilla” y la de “La Cándida Eréndira” parecen obedecer a la idea de novella en términos italianos del siglo XVI y tematizan la sensualidad de muchachas criadas por una pariente mayor que se presenta como abuela y que directa o indirectamente saca provecho económico de la joven. Cervantes dice que la vieja era “una, pues, desta nación, gitana vieja, que podía ser jubilada en la ciencia de Caco, crió una muchacha en nombre de nieta suya, a quien puso nombre Preciosa, y a quien enseñó todas sus gitanerías y modos de embelecos y trazas de hurtar.” La vieja de García Márquez plantea un orden que ella supone debe ser restablecido y la joven se encamina en la construcción de una vida propia y en una permanente búsqueda de la libertad que no se supedita a las contingencias del mundo material que busca la vieja y menos aún al mundo de la fantasía amorosa que le propone el enamorado Ulises. 
 
En la vieja hay una nostalgia de un tiempo mejor, un tiempo feliz que ya se ha ido, en tanto la joven sigue pensando en la libertad del futuro que sabe un día llegará. Para el caso de la vieja, el pasado feliz se asocia con el recuerdo de Amadís el hombre que la liberó del trabajo de prostituta en las Antillas y de Amadís el padre de Eréndira que un día abandonó a la niña en su casa. En el recuerdo de los Amadises la vieja encuentra la imagen de amor y solidaridad, de hecho los recuerda en sueños, carga sus restos en un baúl y se le aparecen en el momento de la muerte.
 
Otro punto en el que los textos de Cervantes y García Márquez pueden ser comparados es el que tiene que ver con la imagen del enamorado. Si en Cervantes encontramos a un Andrés preocupado por Preciosa, en la obra del colombiano será Ulises quien busca sacar a la muchacha de la explotación a la que está sometida. Ulises y Andrés son muchachos que pertenecen a familias que podría llamar hidalga en un caso o burguesa en el otro, y en ambos casos están decididos a sacrificar su condición social para alcanzar el amor. En la novela de Cervantes, Andrés asume la condición de gitano, en el texto de García Márquez, Ulises no duda en robar a sus padres, llevarse una pistola inservible, escapar en una camioneta llena de pájaros, matar para defender el nombre de la muchacha; el Ulises de García Márquez es imagen de joven enamorado y aventurero que de nuevo recuerda al Andrés cervantino que en un momento advierte: “Mira cuándo quieres que mude el traje, que yo querría que fuese luego; que, con ocasión de ir a Flandes engañaré a mis padres y sacaré dineros para gastar algunos días, y serán hasta ocho los que podré tardar en acomodar mi partida”. 
 
La vieja piensa en Amadís, la joven en Ulises. La vieja piensa en las versiones idealizadas del amor pero regenta y explota a una joven prostituta, la joven se dedica a proporcionar servicios amorosos, es objeto amoroso del joven Ulises pero no sede su aspiración a la libertad a algo tan elemental como enamorarse. Ninguna de las dos ve la situación presente como una condición permanente sino como un estado pasajero que se supera “exprimiendo las sábanas” en el caso de Eréndira, o que se supera organizando mejor la relación entre ingresos-egresos en el caso de la vieja.
 
Uno podría seguir hallando puntos de encuentro entre los dos textos: los gitanos de un lado serán guajiros en el otro, el corregidor de un lado será senador en el otro, en los dos casos se alude a una joya robada, en los dos casos los muchachos piden ocho días de plazo, en los dos casos las protagonistas tienen los ojos claros, en los dos casos triunfa la libertad de la muchacha sobre la ingenuidad del joven, en los dos casos el idealismo del joven se enfrente con una muchacha que no duda en decir “Estos señores bien pueden entregarte mi cuerpo; pero no mi alma, que es libre y nació libre, y ha de ser libre en tanto que yo quisiere”, frase de Preciosa que bien podría aplicarse a Eréndira, al menos en el sentido en que el tema cervantino de la libertad individual de la mujer pareciera ser evocado por las decisiones que toma Eréndira al final de su relato.
 
Sacar la narrativa de García Márquez de los tópicos del realismo mágico, “desmacondizar” esta narrativa, ponerla a dialogar con la literatura universal es uno de los objetivos del curso abierto, masivo y en línea (MOOC por sus siglas en inglés) “Leer a Macondo” que está organizando la Universidad de los Andes y que será presentado en el marco de la 28ª Feria Internacional del Libro de Bogotá el próximo 23 de abril a las 6pm en la sala Manuel Zapata Olivella.
 
 
*Hugo Hernán Ramírez es doctor en Literatura Hispánica de El Colegio de México e hizo su posdoctorado en la Universidad de Tubinga estudiando tradiciones discursivas de los siglos XVI y XVII; en la actualidad dirige el Departamento de Humanidades y Literatura de la Universidad de los Andes.