Toros 30 Sep 2012 - 9:00 pm

La reciente temporada de toros en Nimes, Francia

Las suertes de José Tomás

En medio de la polémica por la constitucionalidad de las corridas de toros en esa zona del país, la faena del español fue histórica: se llevó once orejas y un rabo. Crónica.

Por: Alfredo Molano Bravo / Especial para El Espectador /
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Foto: EFE
José Tomás toreó el domingo 16 de septiembre en el Coliseo Romano de Nimes.

En la novillada con la que se abrió el jueves 13 de septiembre la temporada de toros de Vintage en Nimes, el viento no permitió a los toreros mostrar nada. Los 13.890 espectadores vimos picar un toro con precisión, pero nada más. En esta ciudad del sur de Francia se realizan las corridas en el Coliseo Romano, un monumento construido hace 2.700 años por Augusto. Era un edificio público donde tenían lugar los encuentros a muerte entre gladiadores que hicieron decir a Cicerón: es la escuela donde más se aprende del dolor y de la muerte. El viernes, primera corrida, el viento también sopló. De estas faenas no retengo un pase. Quizá fue triste para los aficionados ver a Julien Lescarret, torero de la casa, cortarse la coleta. Vimos también a Pablo Hermoso y a Andy Cartagena el sábado. El viento levantaba polvo de arena. Fueron muy aplaudidos y se llevaron orejas y orejas.

El sábado el viento y los toros molestaron a Morante de la Puebla, un torero, torero caprichoso y arrogante que cuando el duende lo visita torea como un ángel. Pero cuando no, desprecia al público y no hace el menor esfuerzo por torear un toro que no le guste, sea bueno, malo o regular. Lo mira, lo siente y lo toma todo o lo deja todo. Como sucedió. Al final, salió de la plaza sin importarle un bledo el abucheo general.

Manzanares, en cambio, toreó como se debe: con lentitud. Es dueño de su tiempo. Sabe cómo ponerlo entre paréntesis pase a pase. Conoce los secretos de las pausas y los ritmos. Tampoco el viento quiso abandonar el ruedo, levantaba los vuelos de su capote y le descubría el cuerpo con la muleta. Pero toreó limpio, puro. Entró a matar recibiendo a dos de sus toros y falló. Perdió las orejas, pero dejó perfumada de esencias la plaza.

El viento cesó cuando José Tomás salió a la arena, el domingo 16. El cielo estaba limpio, sin una sola nube. Nubes teníamos quienes repetimos como para exorcizar las malas tardes: corrida de expectación, corrida de frustración. En Nimes la banda toca Carmen de Bizet en lugar de la Marsellesa. Los himnos se reservan para conmemorar hechos heroicos de la Patrie y no para abrir espectáculos públicos. La banda de música había sido extraordinaria y en particular los solos de trompeta y de clarinete alto.

Las ganaderías eran distintas, pero todos los toros fueron bellos, bravos y nobles, seleccionados entre los mejores de cada hierro por el representante del torero. Aquí la suerte se reduce porque no hay sorteo. José Tomás entró garboso al oval del coliseo; llevaba un traje gris pizarra. Nada de anuncios. Mientras esperaba a su primero, calentó sus hombros y relajó sus muñecas. Saltó a la arena con un capote de seda púrpura para recibirlo a la verónica con una mano en la rodilla y la otra en el hombro. Cambiaba la trayectoria del toro acompasándolo con un viraje suave sobre la pierna de torear. A diferencia de todos los demás diestros de la temporada, no le gritaba al toro, parecía más bien aconsejarlo en voz baja. Y el toro le obedecía. Hizo quites —¡y qué quites!—. En Nimes se hacen y se gozan. Creo recordar tres chicuelinas y una media que electrizaron la plaza. Luego, lo de siempre: naturales con derecha y naturales con izquierda; nada de redondos, ni de pasitos atrás, ni de muleta retrasada. Todo pureza pura, si se me permite la redundancia. Porque las suertes de José Tomás son redundantes de belleza y de verdad. Y, además, arropadas con silencio.

Es difícil recordar todo lo que hizo. Porque hizo con sus toros todo lo que se ha visto en los toros. En la arena quedó la memoria: las pezuñas de sus bravos hicieron una corona alrededor de las huellas del torero. ¿Qué más pedir? Con el estoque fue contundente. A dos metros y en tres minutos, el toro caía. Así uno tras otro. José Tomás miraba. Siempre con idéntica solemnidad, arriesgando entre los cuernos, cruzándose. La gente aplaudía, cantaba, lloraba. Variaciones en torno a la muerte. Los toreros burlan la muerte y por eso tienen un hálito casi divino. Suelen salir triunfantes de ella habiéndola provocado, rozado con su cuerpo y, por fin, despreciado. El toro termina enamorado del torero porque quiere matarlo y no puede, se le escapa como si fuera líquido; sólo le queda el recuerdo de una lejana música cuando rasga los capotes. José Tomás hizo todos los quites que se pueda desear: gaoneras acampanadas, tafalleras a la navarra, chicuelinas, faroles. Y pases: trincherazos suaves pero mandones, manoletinas escalofriantes, cambiados de mano; se pasó por el pecho todos sus toros y a todos les aguantó. Cargó la suerte como cosa natural.

Recuerdo, con una emoción no mermada por los días que han pasado, tres suertes. En el cuarto toro que saltó la barrera y fue indultado. Después de unas verónicas a pie junto, el toro se le soltó y el torero cerró la capa, lo dejó descansar en la arena y miró largamente al toro sin mover una pestaña. Tampoco el animal se movió. Fueron dos estatuas. Mejor, los palos de una cruz separados. De golpe el toro se le arrancó, pero José Tomás, en vez de recibirlo con el capote desplegado, lo hizo tomándolo con la izquierda por la esclavina y dándole un pase mandón y austero. Después otro y otro. Tres pases sin nombre, elegantes, rápidos, sin defenderse. La banda tocaba. Hubo solos de trompeta, solemnes y puros como lo que estábamos viendo. Al cuarto toro, entró a la última suerte, la muerte, con la muleta en la izquierda y huérfana de espada. Toreó al natural, de frente y no de perfil, cargando la suerte y rematando con un trincherazo suave e imperioso. El temple borra el tiempo que pasa en el reloj. Al matar mostró sin reclamos su verdad, y con ella estoqueó a todos sus toros metido entre la muerte sin huir. Indultó su cuarto toro, después de dejar que fuera el público el juez. Le dieron orejas y rabo. Las orejas las tiró a los tendidos y el rabo lo puso en la mitad de la plaza como diciendo: es de ustedes. En el toreo hay gestos heroicos y otros nobles.

A su último toro —un castaño de ojos de perdiz, difícil y fiero—, lo toreó como había toreado todas las faenas. Pero al final el toro se quedó encampanado. Inmóvil. José Tomás buscó animarlo para entrar a matar. El animal seguía inmóvil. Entonces el torero metió el cuerpo en los cuernos para provocarlo: un cacho —mejor, un puñal— quedó a milímetros del corazón. Un solo movimiento y habría corrido más sangre que la que derramó en Aguas Calientes. José Tomás aguantó sin inmutarse, clavado en el sitio, en espera de que el toro decidiera si lo atropellaba o se rajaba. No sucedió ninguna de las dos sino las dos: ambos se retiraron paso a paso, sin decírselo, confidencialmente, como si todo hubiera sido pactado con los ojos. La estocada no fue contundente, pero el toro cayó sin puntilla. La plaza entera rompió en un aplauso que duró lo que dura un tercio. En resumen: 11 orejas y un rabo. En el cielo no había aparecido una nube.

Tampoco en la corrida de la tarde, donde alternaron El Juli y Castella con toros de Daniel Ruiz. El Juli había estado al medio día mirando la corrida de José Tomás. Vio todo y todo le pesaba al salir al ruedo. Toreó por fuera y hacia afuera, como había toreado Morante. Sin sentimiento, cuidadoso y frío. Estaba contagiado de la abulia de la gradería. La gente no miraba ni el torero toreaba. A su tercero, en quites, hizo tres o cuatro lopecinas, vistosas y por vistosas sin peligro. Nadie supo cuándo abandonó la arena. Quizás el público ni se dio cuenta de que había pasado por ella.

Castella comenzó con su acostumbrado cambiado por la espalda que ya a nadie impresionó. Después, lo mismo de siempre: faena para la galería. Nadie aplaudía. Pero en un instante pareció que no hubiera público y que en la arena quedaron solos toro y torero. Castella se dio cuenta, como San Pablo, de que ese era el camino. Torear al toro y olvidarse de un público que lo había olvidado, que no lo veía porque veía lo mismo de siempre. Hasta cuando se decidió a torear. Trajo al toro a ventearle la cadera, a olerle las piernas, a llevarse hilos de oro del traje en sus cachos. Y entonces toreó y fue aplaudido y la gente cayó en la cuenta de que había ido de nuevo a la plaza. Dos orejas a ley.

El patrimonio torero francés, protegido por ley

El Comité Radicalmente Anticorrida (CRA) y la Asociación Derechos de los Animales (DDA) presentaron una denuncia ante el Consejo Constitucional de Francia exigiendo la abolición de las corridas de toros en el sur de ese país. En la arena de Nimes, una de las principales ciudades francesas, los aficionados celebran corridas desde 1863, producto de su cercanía con España.

De acuerdo con El País de España, desde 1951 son permitidas las faenas bajo un reglamento similar al español, siempre y cuando las ciudades que deseen hacerlas “acrediten una tradición establecida”.

La demanda no tuvo éxito, pues el Consejo Constitucional anunció el pasado 21 de septiembre, basado en tal ley, que las corridas de toros son legales y no van en contravía de la constitución francesa.

En abril de 2011, el gobierno francés declaró las corridas de toros Patrimonio Cultural Inmaterial.

José Tomás, alabado por la crítica

“Rozando la perfección... no le queda nada por hacer en el toreo. Su actuación en Nimes lo consagra por méritos propios como uno de los grandes de la historia de la tauromaquia. De principio a fin”, escribió Rosa Jiménez Cano en El País de España sobre la presentación de José Tomás en la temporada de toros en Nimes.

El torero, nacido en Galapagar (España) el 20 de agosto de 1975, salió en hombros del Coliseo Romano de la ciudad francesa. “En la historia del anfiteatro de Nimes (...) habrá pues un antes y un después de la encerrona de José Tomás, no sólo por la estadística —once orejas y un rabo simbólico con indulto incluido en seis toros—, que por sí sola dice mucho, sino sobre todo por la manera de conseguir cada uno de estos trofeos”, aseguró la agencia Efe.

“Todo lo que ejecutó este hombre se podría escribir en un libro de oro de la tauromaquia. Desde el primer capotazo a la última estocada, todo ha sido un tratado del toreo”, reseñó el portal deportivo Marca.

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fionas

Dom, 12/30/2012 - 08:50
Toda una pastoral aburrida para decir cuantos toros mató este asesino de toros
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omkfhytrhxz

Lun, 10/01/2012 - 10:32
Que buen comentarista taurino es Alfredo Molano lástima que tenga filiación faruca y apoye irrestrictamente a estos genocidas.
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manumi

Lun, 10/01/2012 - 10:28
Espectacular, hubiera dado lo que fuera por estar en esa corrida, se me pararon los pelos
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perrofaldero

Lun, 10/01/2012 - 08:11
José Tomás es el punto más alto de la tauromaquia, en riesgo (verdad) y estética. Ha sido un hitó histórico, un antes y un después.
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AAlz

Lun, 10/01/2012 - 05:16
Gran parte de la defensa de las corridas de toros que hace Molano se basa en el hecho de que muchos antitaurinos comen carne, pero se queda sin argumentos contra aquellos que promulgan por el veganismo. ABOLICIÓN A LA TAUROMAQUIA. HAZTE VEGANO
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Zarovni

Dom, 09/30/2012 - 22:51
y si los trajes de luces son hermoso ,pues mas bien estan los de los marines o similares con sus uniformes de ultima tecnologia con gps,vision nocturna,camuflaje invisible,teleobjetivo digital,touch,con aplicaciones satelitales.No me descresta las volteretas del toro o del torero mire no mas la armas de destruccion masiva son una belleza ,y cuando explota hace mil colores y mata a tos los que esten a kilometyros a la redonda ,entonces ,asi por el estilo tratando de defender o hacernos ver que masacrar un toro y un torero aprovecharse de que en la suerte de varas aturden el toro a punta de chuzo para despues haciendolo correr sacarle pases que llaman arte ,tambien hay mucho arte matando o cazando animales indefensos, a ese golpe que se muera el que sea que se siguen las guerras
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Zarovni

Dom, 09/30/2012 - 22:42
y no solo eso las armas que se inventa la tecnologia para no exponer tanto a los hombres o mejor para industrilizarla tratando de domimaar elm enemigo sin causar muchas baja ,solo inutilizando la infraestructura,o quer dicen metiendole virus a los programas enemigos para que las ordenes sean tergiversadas por los aparatos que se usan para defender,si los taurofilos defienden el arte de matar animales los guerreros defendemos el arte de guerrear o que ,no mas mire los cazadores,tambien defienden el arte de matar animales sin que sufran mucho y sin importarles si se extinguen o no,o los que pescan con dinamita justifican el uso de esta por la brevedad con que se agarran las presa porque estamos de prisa y se viene la tormenta
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Zarovni

Dom, 09/30/2012 - 22:35
a usted caballero lo respetamos como caballero y cronista de opinion social ,pero como cronista taurino se puede ir para donde le de la puta gana,si a eso vamos,hay un arte que describe muy bien SUN TZU,donde se describe el trabajo de los comandos y el arte de la inteligencia apilcado a la guerra y si se firma el proceso de paz mas de uno se va a quedar sin el sustento,y en el ejercito hay unos GENERALES mmmmuuuuuyyyt versados en este arte que se vuelve ciencia,en la aplicacion de estrategia para dominar el enemigo y si ya ha leido el libro debe recordar muchos pasajes halagando este bellisimo arte de defender y atacar posiciones estrategicas y ya hace como 2000 years que se escribio este libro y t tiene aplicaciones que son elementales y muy importantes para los que admiramos este arte???
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