La tarde de los cuchillos afilados

El escritor Alfredo Molano Bravo narró cómo vivió el regreso de la temporada taurina a Bogotá, tras cerca de cinco años de suspensión.

El día amaneció esplendoroso. El cielo, barrido de nubes; el aire, transparente. El clima, llamémoslo social dadas las amenazas por las redes de los antitaurinos contra las corridas, de pronóstico reservado. La plaza de Santamaría estaba renovada por dentro y por fuera, como acabada de inaugurar. La afición se fue acercando con cierto recelo. La agresiva algarabía de los manifestantes se oía a varias cuadras a la redonda. Peñalosa la había estimulado con sus manifestaciones personales firmadas como alcalde. Es lo que uno de sus áulicos llama “participación en la defensa de la vida”. Yo entré por la carrera quinta al grito de “asesino, torturador, degenerado, hijueputa, malparido, oligarca”. En esa entrada, las agresiones físicas a figuras conocidas como el torero Moreno Muñoz fueron violentas. La policía vigilaba de lejos. Las filas para entrar eran largas; la afición, pese a todo, estaba feliz de volver a su casa. A medida que la plaza se llenaba, los gritos de los manifestantes –que pudieron haber sido 2.000 o 3.000– pasaban a los hechos. En el patio de cuadrillas se vivía un ambiente febril. Se respiraba un gran nerviosismo. La corrida no era una corrida más, era la corrida de reinauguración de la plaza, el resultado de una lucha tenaz de la afición contra la intolerancia y el populismo oportunista de los políticos arrinconados. A medida que la plaza se llenaba –lo que era evidente a las 3 de la tarde–, el nerviosismo aumentaba: los toreros rastrillaban las zapatillas contra el piso, los entendidos se frotaban las manos, los caballos golpeaban el cemento con sus grandes cascos.

Minutos antes de comenzar el paseíllo, los viejos aficionados no podían ocultar sus lágrimas. La plaza estaba hasta las banderas. Las cuadrillas desfilaron con altivez. Un minuto de silencio por don Fermín Sanz de Santamaría que terminó en un largo oleé y un grito sostenido de “libertad, libertad, libertad”. Y salió el primer toro de Ernesto Gutiérrez, que correspondió al alternante Roca Rey, nuevo en la Santamaría. Un toro bien hecho –471 kilos–, que a pesar de su cara de novillo dio buen juego, recibido con verónicas largas de mano baja. Aplaudida la pica de Clovis. Quites por gaoneras. Se oyeron los primeros bombazos en las afueras de la plaza, que no interrumpieron ni el ánimo ni la ceremonia de la alternativa de Roca Rey. El toro, llamado Libertad, humilló y mostró la casta. Roca citó de lejos y pasó al animal de cerca. Muy de cerca. Sacó ahhhhs con invertidos por la espalda y se regustó en el toreo. Perdió la oreja pedida con pañuelos por el aviso: la espada había quedado en lo alto, pero el toro se resistió a doblar. Bombas en las cercanías que el respetable respondía con olés.

El primero de El Juli –468 kilos– salió despistado, suelto, desalentado. Doblones del torero que a nadie brindó. Trató de darle ánimos con voces y provocaciones, pero el toro caminaba, caminaba. Sin más, al acero, y las rechiflas al arrastre.

Bolívar recibió a su primero –414 kilos– de rodillas, una suerte que entusiasma al público. Las banderillas del negro Garrido fueron aplaudidas con justicia: Dio el pecho y clavó en la moneda. Bolívar brindó a Felipe Negret y la plaza entera lo ovacionó y agradeció su lucha por reabrirla: “Me la entregaron abierta –había dicho– y abierta la entrego”. “Gracias por permitirnos la libertad”, le dijo el torero al ofrecer la muerte del toro. Bolívar es un diestro asentado que les pone nervio a sus faenas. Lo mostró el domingo. El toro pasaba humillado y con la derecha sacó un Manizales del alma que el público aplaudió mientras respondía con olés más y más bombazos. Con la muleta ligó, logró circulares, hizo un toreo limpio y se apretó con un forzado de pecho. Oreja a ley.

A El Juli le correspondió un encastado de 475 kilos, que animó con verónicas airosas, a pie junto y muy aplaudidas, mientras sonaban nuevos bombazos. Como un mago, sacó de la nada sus serpentinas al aire en los quites. Franco, el banderillero, tropezó y el toro se ensañó con el cuerpo del Gordo, que rodó por la arena y voló por el aire, por fortuna sin consecuencias. El Juli brindó a Bogotá. Citó de largo con los pies enraizados en la tierra. Maestro en tiempos y distancias, toreó por la derecha, ajustando el toro, y por la izquierda engavetándolo en la muleta. Series mandonas, precisas por uno y otro cuerno. Circulares: por allá nos vamos, por aquí volvemos. ¡Torero! ¡Torero! Bombas y bombas. Media no lagartijera, insuficiente y estoconazo. Aplausos sostenidos. Es un torero que sabe todo, pero llega a ser frío.

Bolívar recibió el de Ernesto Gutiérrez de 482 kilos con tres largas de rodillas que templan al público; brindó a todos y sacó una primera salva de aplausos con dos invertidos por la espalda. Olés por la derecha y olés con el forzado de pecho. Bolívar torea con prudencia, a veces excesiva. Es un diestro independiente que sabe sacar de donde hay y de donde no hay. El toro levantaba la cara al salir, pero Bolívar lo aprovechó a fondo. Una espada tendida y trasera le quitó la oreja.

Y vino, por fin, Roca Rey con un toro –el más encastado, el más bello y el más toro– que saludó con una corajuda larga cambiada y remató en lances con una cordobesa. Chicuelinas de paso para llevar al toro –512 kilos– al caballo, donde mostró bravura con la única pica recibida antes de que el matador pidiera cambio de tercio. Toreó de frente y de perfil, tandas de 5 o 6 pases, lentos, largos, templados. Hace un toreo profundo, detenido, suave y sobre todo, inspirado. Hace poesía. Cita por un lado y pasa por el otro. Serie larga de invertidos cortos por la espalda. (Bombas en la séptima, bombas en la quinta, bombas en la 13. El alcalde es el alcalde). Roca Rey toreó con la izquierda, cargó la suerte, ligó, engolfó el toro. No cabía ni un suspiro entre la femoral y el trapo. Remató con forzados de pecho escalofriantes. Toreó en redondo, toreó en línea, toreó; mandó, templó y llegó al fondo. Sacó del toro todo lo que el toro tenía. Sorteó con fortuna la tentación de pedir indulto al torear sin espada. Cortó dos orejas. Dos orejas.

Al terminar la corrida, el público quedó más que satisfecho, feliz. Pero nervioso. Durante todas las faenas se oyeron bombas y gritos. El antitaurinismo, estimulado de lejos y de cerca por Petro y Peñalosa, peló el cobre; mostró toda la violencia que encierra su movimiento, que es indudablemente de carácter electoral y que desató contra la pacífica afición de Bogotá una racha de brutalidad e intolerancia peligrosa. Muy peligrosa: treinta heridos, varios a cuchillo y a piedra, fueron el resultado de órdenes implícitas y criminales contra una minoría civilizada que sólo exige respeto a su manera de mirar el mundo. No fue difícil pensar en las poderosas formaciones nazis, las Sturm Abteilung (S. A.) organizadas por el propio Hitler. Los antitaurinos son hechos exactamente de lo que acusan a quienes califican de violentos, fascistas y torturadores. Es un movimiento político.