Fernando Araújo Vélez 18 Sep 2010 - 8:00 pm

El cielo no puede esperar

El caminante

Fernando Araújo Vélez

Les costaba simular, era tal vez lo que más les costaba de aquellos turbios negocios que suscribían con el cura todos los viernes en la noche...

Por: Fernando Araújo Vélez
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Les costaba simular, era tal vez lo que más les costaba de aquellos turbios negocios que suscribían con el cura todos los viernes en la noche, cuando ingresaban en el despacho-cama parroquial por la puerta de atrás y en plena oscuridad recibían los datos del difunto en cuestión. No habían logrado hallar la forma de aparentar que el peso de los ataúdes era normal, 100 kilos, a lo máximo 120, porque el esfuerzo era del doble y se notaba, era evidente que los 250 o más kilos los desbordaba. Sudaban, las venas se les enfurecían, el pulso los salpicaba, la espalda... La espalda les quedaba hecha una miseria los fines de semana y el dolor los postraba en sus habitaciones, pero qué podían hacerle a la vida, qué podían hacerle a la muerte, si el párroco pagaba bien, y fuera de eso, los deudos les dejaban propinas, generosos cheques que les metían en los bolsillos para que cargaran los ataúdes y guardaran silencio, como tumbas, porque eran tumbas, tumbas con dolores de espalda y sudores, pero tumbas que no podían confesar que al señor Tal de Cual lo habían enterrado en medio de solemnes farsas en el cementerio, en un ataúd de caoba, pesado, sí, pesado e imposible por las piedras que le tenían que meter dentro. No, no podían decirle a nadie que sacaban esas piedras de una cementera en las madrugadas, y que en las madrugadas, también, ingresaban a la funeraria de los Tratos para rellenar el ataúd elegido, y que en las madrugadas, también, oficiaban de plañideros en las verdaderas ceremonias fúnebres que el cura concertaba con las familias de... para darles cristiana sepultura a los muertos aristócratas de la ciudad en la iglesia pues desde ahí llegaban más rápido al cielo, y el cielo no podía esperar.

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lanadayeluniverso

Dom, 09/19/2010 - 16:14
Muy bueno... El cielo no puede esperar, de ninguna manera. Felicitaciones.
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