3 Dic 2011 - 9:00 pm

Un hombre de su tiempo

Retrato del ganador del Premio de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, uno de los escritores más importantes de nuestra lengua y el hombre más libre del continente.

Por: William Ospina. Escritor, poeta, columnista de El Espectador y director de la revista ‘Número’.
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Fernando Vallejo.Escritor.Medellín. 24.10.1942 Es autor de novelas, como ‘La virgen de los sicarios’ (1994), ‘El desbarrancadero’ (2001), con la que recibió el Premio Rómulo Gallegos, y ‘El hermano del alcalde’ (2004). Está radicado hace 41 años en México./ Óscar Pérez

En tiempos de indignados, Fernando Vallejo es la indignación misma. Por las grietas de su indignación contra Dios, contra los reyes, los déspotas y los sátrapas, contra las indolencias y las crueldades de la humanidad, se filtran su ternura, su compasión, su cortesía, y unas ráfagas de humor travieso y despiadado, como risas en un bosque pagano.

Se hizo sentir por primera vez en 1983, con una biografía del poeta Barba Jacob que parecía imposible, porque dibujar los rumbos de Barba Jacob era dibujar los caminos del viento. Allí nos dio el fresco de una generación de escritores de todo el continente que ya se desvanecían en el sepia de las viejas fotografías. Y sentimos que lo que llegaba a la lengua era una tempestad.

Lo confirmaron después sus novelas autobiográficas: Los días azules, El fuego secreto, Los caminos a Roma, Años de Indulgencia y Entre fantasmas. En ellas lo fue contando todo: su infancia en la finca de sus abuelos, su adolescencia desenfrenada por las montañas de Antioquia, sus estudios en Cinecittá en Roma, su errancia por el mundo, su aventura como director de varias películas con tema colombiano en México.

Al ritmo de sus palabras surgían sus odios preferidos: la madre, la iglesia, el papa, los políticos, los militares, los aprovechadores del erario público, los intelectuales arrimados al poder, pero también la nostalgia de una Colombia que en su memoria oscilaba entre paraíso e infierno, real y esperpéntica, el país de los guerrilleros y los paramilitares, de mafiosos y adolescentes arrebatados por la violencia, una Colombia malformada por la iglesia, deshonrada por la política y envilecida por la mafia pero redimida por la naturaleza, por viejas costumbres campesinas, por la música y por noches de felicidad vividas en las orillas mismas del precipicio.

Otra cosa llegaba a nuestra literatura: el rigor de un investigador obsesivo que no descansa hasta saberlo todo del tema que lo ocupa. Cuando, después de su aventura como director de cine, tomó la decisión de ser escritor, publicó su libro Logoi, una minuciosa gramática del lenguaje literario, que rastrea y muestra los recursos que han utilizado los escritores de Occidente para aprehender la realidad en textos literarios.

Con La virgen de los sicarios, condensó en la trama de los amores entre un gramático y un sicario los símbolos de la nueva realidad de Colombia, sacudida por las bombas, encañonada por las guerrillas, descuartizada por los verdugos, hipotecada por los políticos y envuelta en el manto permisivo de la virgen de las estampas. El éxito de esta novela, llevada al cine por Barbet Schroeder, convirtió a Vallejo en uno de los escritores más conocidos del continente.

Su biografía de José Asunción Silva, Chapolas Negras, es el retrato descarnado y tierno de un poeta extraviado en los negocios, que intenta hacer renacer la lengua castellana en los páramos de América e importar la modernidad en pianos y jarrones mientras la vida se le va yendo en cuentas que nunca se pagan, onerosos gastos de un dandy tratando de ser Baudelaire y Oscar Wilde en una parroquia insensible y casi inexistente.

Pianista, director de cine, gramático, la primera pasión de Vallejo fue la biología, y en 1998 publicó La tautología darwinista y otros ensayos de biología, que no es un libro de divulgación sino de tesis y polémica. Vallejo discurre con lucidez, piensa con rigor, argumenta con poderosa elocuencia, y su libro es un deleite para los amantes de la literatura. Más tarde publicó otro libro con tema científico, el Manualito de imposturología física, y un expediente enfurecido de los crímenes de la iglesia: La puta de Babilonia.

El desbarrancadero relata la agonía de su hermano Darío, compañero de aventuras la vida entera, en una casa que se está derrumbando, en el centro de un país que también se derrumba, y a la sombra de una madre delirante. El realismo se diluye en un retablo de figuras fantásticas, y sin dejar de ser la agonía de un hombre es la agonía de una nación tiranizada por la violencia y la locura, por la insensatez y la indiferente naturaleza. Con este libro estremecedor obtuvo en 2003 el premio de novela Rómulo Gallegos.

En 2011 ha recibido el otro gran reconocimiento de las letras de América Latina, el premio FIL, de la Feria del libro de Guadalajara. Hace una semana lo recibió en Jalisco, y como de costumbre donó los ciento cincuenta mil dólares a dos sociedades protectoras de animales del país que le otorgaba el premio. Estremeció al auditorio y llenó de comentarios las páginas de los periódicos con su afirmación de que “la siniestra policía del PRI fue el semillero de todos los cárteles de México”. Varios representantes de ese partido se levantaron y se retiraron, pero el auditorio aplaudió largamente al hombre más libre del continente.

Vallejo ha publicado también Mi hermano el alcalde y El don de la vida, y pronto nos entregará un libro sobre Rufino José Cuervo que promete ser una celebración de la lengua castellana.

Dos causas sostiene con pasión Fernando Vallejo, una denuncia contra la proliferación irresponsable de la especie humana y una defensa apasionada y conmovida de los animales a los que la especie humana maltrata y devora. A veces las defiende con frases estridentes y provocadoras, pero no hay duda de que la lucha contra la ciega supremacía del hombre y la lucha por la reconciliación con la naturaleza son dos poderosos estremecimientos de la humanidad contemporánea. Vallejo no es un extravagante defensor de causas perdidas sino un hombre comprometido con su época. Los jóvenes que lo admiran y lo aplauden lo han comprendido claramente.

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