22 Feb 2013 - 8:00 pm

‘Fatal Assistance’ y ‘Haitian Corner’, en el Festival de Cine de Cartagena

La cara oculta de la bondad

Retrato de dos de las obras más impactantes del director haitiano Raoul Peck.

Por: Fernando Araújo
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Raoul Peck, realizador haitiano, debutó en el mundo del cine con ‘Haitian Corner’. ‘Fatal Assistance’ fue proyectada hace un par de semanas en el Festival de Cine de Berlín. / Cortesía: Ficci

Cientos de miles de las historias que dejó el terremoto que destrozó a Haití el 12 de enero de 2010 se diluyeron. La esposa de un ministro que tuvo que dormir con sus hijos en un carro por más de treinta días porque la tragedia no se había ido, porque la tragedia podía retornar. La mujer descalza, casi desnuda, que aprendió a comer ratas y con las ratas alimentó a su familia. El hombre que mató a su hermano para que no sufriera más. El niño que aguardó días y noches a que lo rescataran para terminar muriendo. La niña que en un pozo que era el infierno vio morir a su hermanito de dos años y no pudo más que llorar y hacerse, ella también, la muerta, para que una serpiente no la mordiera.

Dolor, tristeza, desolación, pánico. Después llegó el amanecer, o, en concepto de Raoul Peck y su Fatal Assistance, los posibles amaneceres de los bancos, empresarios y gobiernos y fundaciones solidarias que participaron en la reconstrucción y se quedaron allá, en Puerto Príncipe y sus alrededores, multiplicando por dólares sus donaciones. Bill Clinton, el Banco Mundial, la ONU, la Unesco. Era el amanecer anhelado para un millón y medio de personas que se quedaron sin hogar, sumidas en “la vida no tiene sentido”, apabulladas por la definitiva ausencia de sus hijos, padres, madres, hermanos, amigos, vecinos. Fue una quimera. Un falso sueño. Una ilusión. Peck hundió el cuchillo hasta lo más profundo de la condición humana. Mostró al hombre en su miseria, en la miseria del hombre vulnerado y en la del poderoso.

Lo retrató dentro de su mezquindad, aquella vieja y conocida mezquindad que llevó a su familia a huir de Haití en 1961, cuando él acababa de cumplir ocho años. Por aquel entonces, el presidente haitiano era François Duvallier, quien había estudiado medicina y había sido elegido en 1958, gracias, en parte, a sus conocimientos y sus prácticas medicinales, muy relacionadas con el vudú. Con el tiempo, Duvallier se hizo llamar Papá Doc; utilizó su imagen como la imagen de Haití, cobró impuestos para construir su propia villa, transformó la Constitución para convertirse en presidente vitalicio, hasta su muerte en 1971; creó grupos de autodefensa, los Tonton Macoute, que asesinaron y extorsionaron a su antojo, y quiso convertir a Haití en un imperio del que él sería emperador.

Duvallier persiguió a todo aquel que lo contradijera. La familia de Raoul Peck hacía parte de esa negra lista y emigró, pero él jamás olvidó. Su patria, su única patria, era su infancia, y su sueño, su sueño más grande, era luchar contra tanto abuso. Vivió en el Congo, y luego en Estados Unidos, en Francia y Alemania. Trabajó como taxista, y luego como periodista y fotógrafo. A finales de los 80 se dedicó al cine, primero con trabajos muy cortos, siempre explosivos, incisivos, y más tarde con documentales. Su primera película de ficción, aunque no fuera del todo ficcional, fue Haitian Corner, en 1988. Era la historia de un hombre que había padecido la violencia y las torturas del régimen de Duvallier, y huía hacia los Estados Unidos.

Un día, caminando por ahí, se encontró con uno de sus represores. Lo reconoció, pero como en Portero de noche, de Liliana Cavani, que llevaba una trama similar, su primera reacción fue de mutismo. Él dudó, y después, se evadió. Su victimario también. Con los minutos, la película se definía por una aguda e irónica secuencia de aparentes absurdos. De encuentros y pesadillas. Joseph, el protagonista, se había escapado de las torturas, pero muy lejos de Haití y de la prisión de Ft. Dimanche, las consecuencias lo atropellaban. El dolor volvía a surgir. Y el miedo. Y la angustia. Los mismos protagonistas de siempre con distintos nombres y apellidos, y en diferentes circunstancias. Los de aquellos tiempos, los de antes, y los que llegarían después.

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