5 Oct 2012 - 9:45 pm

El último "concierto" del juglar de Hatonuevo

El día en que Leandro Díaz volvió a cantar

Cinco minutos en el Festival Cuna de Acordeones fueron suficientes. A los 84 años, este compositor guajiro sigue siendo una figura señera de la música del Valle de Upar y la Sabana.

Por: Redacción Cultura
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Leandro Díaz produjo cerca de 100 canciones vallenatas, otros cientos se quedaron en el olvido. / Gabriel Aponte - El Espectador

Con dificultad y ayudado por Carlos Vives y uno de sus familiares, Leandro Díaz, 84 años de edad, ciego de nacimiento y con una sordera que se ha agravado en los últimos años, subió al escenario Escolástico Romero, en la plaza de Villanueva, La Guajira. Por unos minutos permaneció al lado de Vives, que cantaba una de sus canciones. Díaz seguramente no lo escuchaba, ni a él ni a los miles de asistentes al Festival Cuna de Acordeones que coreaban su nombre. Estaba allí y ya.

Y entonces, Vives le acercó el micrófono, le gritó algo al oído y Díaz cantó: “Cuando Matilde camina, hasta sonríe la sabana”. Lo hizo una y otra vez, con su voz ronca y gangosa. Y no importaba que lo hiciera bien, que entonara, que vocalizara. No. Bastaba con que cantara ese verso que escribió casi 40 años atrás con el fin de enamorar a una mujer casada del municipio de El Plan, La Guajira. Cinco minutos fueron suficientes. Luego, Leandro Díaz se retiró. La gente de Villanueva, de donde han salido la mayoría de los mejores exponentes del vallenato, lo despidió con aplausos y chiflidos, como ignorando su sordera.

Vives, uno de los cientos, quizás miles, de artistas que han cantado Matilde Lina, continuó su concierto. Díaz volvió a su silencio. Ya murieron Rafael Escalona, Emiliano Zuleta, Lorenzo Morales, Moralitos, Carlos Huertas y Luis Enrique Martínez, el Pollo Vallenato. Leandro Díaz sigue allí. A los cantantes que recorrían la sabana, que se las ingeniaban para sobrevivir a punta de canciones, que narraban, cual juglares, las historias del mar Caribe, del país wayúu, de la Sierra Nevada, del Perijá indómito y del desierto y la ranchería, a ellos los reemplazaron nuevos —diferentes— cantantes. La Nueva Ola, como la han querido llamar.

Pero de los “viejos” quedó un legado. Si a Matilde Lina se le han hecho miles de versiones, qué decir de Noche sin luceros de Rosendo Romero, El Contrabandista de Sergio Moya Molina o Momentos de amor, la canción que compuso Fernando Meneses y que hizo famosa el Binomio de Oro. El mismo Leandro Díaz es la muestra de ello. Sí, nació ciego, sigamos adelante y dejemos atrás el lugar común. Cientos lo han calificado como el Beethoven criollo y se olvidan de lo demás. Incluso si hubiera nacido con la capacidad de ver, imaginarse la sonrisa de la sabana por el caminar de una mujer es un don suyo y pare de contar.

“Señores, vengo a contarles: hay nuevo encanto en la sabana, señores, vengo a contarles: hay nuevo encanto en la sabana. En adelanto van estos lugares ya tienen su diosa coronada”. Este verso de su canción La diosa coronada se gestó en abril de 1949, a orillas del río Tocaimo, donde años después Díaz se inspiraría para escribir Matilde Lina. Fue producto del despecho que le causó el rechazo de Josefa de Castro, familiar de uno de sus acordeoneros. Díaz logró que su dolor se convirtiera en el epígrafe de El amor en los tiempos del cólera, de Gabriel García Márquez y una de las canciones inolvidables de la región Caribe.

En otra de sus canciones, Los Tocaimeros, le agradece a casi una veintena de personas que lo ayudaron con un dinero cuando, en sus correrías por la sabana, se quedó sin un peso. Eran los inicios de su carrera musical y su encuentro con Los Tocaimeros le enseñó que podía vivir de la música. Luego fue recorrer la sabana y, cual si fuera el cantor de Fonseca, ir de Magdalena, al Cesar y consagrarse en La Guajira. Desde entonces, produjo cien canciones, que fácilmente serían más, inspiró a las nuevas generaciones que siguen cantando su música, a libretistas, escritores. Incluso, su música es Patrimonio Nacional, gracias a una ley que se aprobó el año pasado y que lleva su nombre.

Leandro Díaz está viejo, curtido, quizás cansado. Canta a medias, con un esfuerzo que le sale del alma. Camina con dificultad y siempre ayudado por alguien. Pero ahí está. Cuando le pasaron el micrófono no se amilanó. De su generación quedó el recuerdo, pero él sabe que es el padre de lo que hoy se hace. No es gratuito que cantara en el concierto de Carlos Vives, uno de esos artistas que sacaron provecho de su obra, en el mejor de los términos. Leandro Díaz dijo hace unos años que canta porque ama y lo dijo sin cursilerías, porque así ha sido. Y mientras así sea, Leandro Díaz seguirá cantando.

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