Héctor Abad Faciolince 11 Dic 2010 - 10:00 pm

Paradojas de WikiLeaks

Héctor Abad Faciolince

SOY CONSCIENTE DE LA VERGÜEN-za que es para EE.UU. que se sepa, por ejemplo, de su oculto interés en espiar a los más altos funcionarios de la ONU.

Por: Héctor Abad Faciolince
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Por un desprestigio así es que los líderes republicanos más recalcitrantes han promovido la condena a muerte contra Julian Assange. Pero al mismo tiempo, si uno juzgara las consecuencias de WikiLeaks por las filtraciones de la embajada en Bogotá, yo diría que la diplomacia gringa en Colombia sale muy bien librada. Por lo que uno lee en los cables, los funcionarios estadounidenses parecen defender causas más dignas y democráticas que sus interlocutores del gobierno colombiano.

Es interesante constatar que no es mentira la presión norteamericana en temas como derechos humanos, ejecuciones extrajudiciales, chuzadas a las Cortes y a la oposición, comportamiento indebido de las Fuerzas Armadas, compromisos en la lucha contra el narcotráfico y la guerrilla. En todos los que quedan mal son los funcionarios de la contraparte colombiana, y más concretamente el ex presidente Uribe y sus subordinados. Incluso frente a Chávez los gringos son más sensatos. Para ellos es “un político espabilado que calibra muy bien la estrategia hacia la consecución de sus objetivos políticos”. Para Uribe, en cambio, con una grandilocuencia que bien podría calificarse de chavista, “Chávez es una amenaza comparable a la de Hitler”. Por malo que sea el vecino, la comparación es un despropósito que únicamente consigue agrandar a un mandatario populista y mediocre, que cree solucionar los problemas del invierno en Venezuela cediéndoles su despacho a los damnificados.

Quizá los detalles más tristes del servilismo colombiano aparecen cuando se les ofrece a los estadounidenses, sin que ellos la pidan, la base de Palanquero. Y mucho peor, por lo grotesco, cuando el ex presidente Uribe llama al fiscal Mendoza y, sin advertírselo, pone el altavoz para que el Embajador de EE.UU. pueda oír. Esto sin mencionar que el propio Francisco Santos, el vicepresidente, tiene que pedirles a los gringos que le hagan caer en cuenta a su jefe que lo de las chuzadas es grave. O las tenebrosas sospechas del general Naranjo cuando insinúa que las grabaciones se hicieron por orden del asesor José Obdulio Gaviria. Si la cosa llegara a confirmarse, sería un desastre; y si se desmintiera, igualmente el anterior gobierno  parecería una cocina de víboras chismosas y de correveidiles sin alma. El mismo José Obdulio anuncia,  orgulloso, que  hay conversaciones suyas, privadas, con los gringos, como si entre las funciones de un asesor estuviera la de estarles pasando información a los funcionarios del país más poderoso de la tierra.

El cinismo de la diplomacia gringa tiene su encanto. De los cables filtrados de la embajada gringa ante el Vaticano, se extraen enseñanzas en el mejor espíritu de Maquiavelo. Mientras al anterior vocero vaticano, Joaquín Navarro Valls, del Opus Dei, se lo elogia porque sabía disimular y mentir, al actual vocero, el jesuita Federico Lombardi, se lo tacha de incompetente porque es incapaz de decir mentiras. En este ejercicio de transparencia los elogios se convierten en veneno y las críticas en alabanzas.

Cuando los estadounidenses piden resultados en la lucha contra los falsos positivos, o en desentrañar el origen de las chuzadas, parecen estar luchando de la parte de la justicia. Igualmente, cuando piden avances en el respeto de los derechos humanos por parte del Ejército, como condición para aprobar el TLC, los gringos quedan en el bando de los demócratas. En el caso específico colombiano, y esta es una gran paradoja, los que han quedado más mal son los funcionarios del anterior gobierno, empezando por su cabeza, y son los terribles gringos imperialistas los que están quedando como unos santos. Hasta razón tendrá el presidente de Irán cuando dice que las filtraciones las hace la misma superpotencia para quedar bien ante el mundo.

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