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—¡Ah, preciso...! Lo que faltaba...
Todos vieron cómo el jugador rojo empujó al amarillo dentro del área y el árbitro pitó el penalti, pero nadie reaccionó con alegría; en el piso, el delantero se revolcaba de un lado a otro.
—¿Qué habrá sido?, preguntó con una mueca de desazón Jairo Moreno, ‘director técnico’ de Embrujo Verde (camiseta amarilla y pantaloneta verde esmeralda), que revalidaba así su penúltimo lugar en el torneo perdiendo por un gol. Su ‘asistente’, un negro alto de manos inmensas, que durante muchos años han separado las gemas con valor comercial de las estropeadas, se lamentó con una sonrisa: “Este equipo parece un hospital...”.
Resultó que el delantero se había descuadrado la clavícula. Con la cara apretada por el dolor se sentó junto a un compañero que cinco minutos atrás había sufrido un tirón en el muslo; mucho antes, en el primer tiempo, uno de sus volantes fue sacado en camilla por un esguince en el tobillo.
“Afortunadamente, entre los requisitos para entrar al torneo, está la afiliación a una EPS (Entidad Promotora de Salud). Gracias a eso podemos llevarlos al hospital para que los vean los médicos”, explica José Guerrero, miembro de la junta directiva de Asocoesmeral (Asociación Colombiana del Comercio en Esmeraldas) y coordinador del Comité de Deportes, el culpable de organizar este certamen deportivo que busca la integración de productores, comerciantes y exportadores de esmeraldas.
Su idea: celebrar en familia los 20 años de paz que vive el sector. Veinte años desde julio de 1990, cuando la firma del pacto de Muzo terminó con el derramamiento de sangre causado por la guerra verde. Una época que todo el gremio busca no sólo olvidar, sino borrar del imaginario colectivo de los colombianos.
“La paz nos ha ayudado a todos, le trajo tranquilidad y mucha dinámica al negocio. Antes, si usted hablaba con los del clan X, los del Y, que estaban peleando con ellos, lo fichaban como su enemigo. Pero hoy podemos caminar tranquilos por las calles para reunirnos con nuestros clientes”, explica.
La mejor manera de celebrar esa tranquilidad fue con el deporte. El torneo se llama “Conmemoración 20 años de Paz” y se divide en dos competiciones: fútbol para los hombres y baloncesto para las mujeres. En la primera es obligación que cada uno de los siete equipos que lo conforman tengan en la cancha a cuatro jugadores mayores de 40 años y a dos menores de 17 durante los 90 minutos.
“Yo hago valer mis 23 minutos de juego. Ya después me toca andar con una bala de oxígeno”, admite, seguido de una carcajada, uno de los integrantes de Colonia de Muzo, quien prefirió no identificarse “porque conozco a muchos periodistas que aquí le dicen una cosa a uno y después lo hacen quedar mal”. Su equipo, conformado por comerciantes que viven en Boyacá y Bogotá, viene jugando desde hace cerca de 30 años en cada torneo al que es invitado y nunca pierde la tradición de definir la formación, antes de cada partido, con los carnés de sus integrantes sobre el pasto.
La escena se repite cada sábado en el parque El Jazmín, al sur de Bogotá. “La idea es que los papás jueguen un partido junto a sus hijos, mientras las señoras se dedican al baloncesto. Que sea un día en familia dedicado al deporte. Y que los roces se resuelvan en ‘el tercer tiempo’”, agrega Guerrero, y añade que el Comité invirtió cerca de $20 millones en la organización del torneo.
Uno de los primeros problemas que tuvo que enfrentar fue el de los árbitros, quienes se negaban a participar por viejos complejos. Hoy, sin embargo, han sido autorizados a aplicar con rigurosidad el reglamento para evitar que la más mínima protesta, aquel empujón, esa patada desmedida, no se conviertan en insultos y golpes.
Y mientras en fútbol se ven equipos como Embrujo Verde, El Tercero o El Combo de Rubén, en baloncesto imperan los nombres extranjeros. La competición cuenta con 40 jugadoras divididas en cuatro equipos: Emerald Friends, Omar Stars, Emerald Silver y Emerald Dunk. “Nosotros aún somos un poco autóctonos en los nombres”, remata Guerrero con una sonrisa.
“El campeonato hizo que la amistad mejorara entre nosotras. Y también nos libera el estrés de una jornada de trabajo de 12 horas”, dice Susana Durán, directora del Laboratorio Gemológico para la Investigación de la Esmeralda (CGIE), en donde, de lunes a viernes, realiza cerca de 500 limpiezas de piedra diarias. Pero los aceites y las balanzas se quedan guardados el sábado, cuando junto a su hijo llega al parque El Jazmín y se convierte en encestadora de Omar Stars. En estos momentos en que el torneo está suspendido para que las familias disfruten el festivo, su equipo juega un amistoso contra la Selección de Baloncesto de Garagoa, en Boyacá.
El negocio que no descansa
Iván Arroyo conoce muy bien el trabajo en el socavón. Su adolescencia la pasó en el fondo de las minas de Muzo taladrando la roca en busca de esmeraldas. Las piedras hicieron que sus ojos persiguieran los negocios: por eso, cuando sus compañeros jugaban algún partido de fútbol, él redondeaba las tardes vendiéndoles gaseosa.
Hoy en día está al frente de su propio negocio, Emerald Silver, desarrollando una idea que promete causar una revolución: los anillos de plata con esmeralda certificada, cada pieza a un valor que oscila entre $50.000 y $100.000. “Quiero proyectar la imagen de la esmeralda en el país”, comenta.
Es una forma de aportarle al gremio que lo hizo comerciante. Porque hace más de veinte años era otro de los afectados por la guerra que debía tomar decisiones apresuradas para seguir con vida. Pero la salvación vino con la paz.
Arroyo fue uno de los boyacenses que aceptó la oferta de Pablo Elías Delgadillo, promotor del cese al fuego, de prepararse para cambiar el futuro de la región. Gracias a su ayuda se trasladó a Bogotá para vender esmeraldas y, al mismo tiempo, estudiar joyería en las aulas del Sena. Las compras fueron creciendo, pudo abrir su propia joyería y seguir preparándose en la Corporación Tecnológica Empresarial, donde hoy busca concluir las clases de administración de empresas y de contabilidad.
El trabajo hizo que, a su vez, se convirtiera en un salvador. “Gracias a esto mi hermano, que fue pistolero, dejó esa vida. Es un arma que le quitamos a la guerra”, confiesa.
Y es patrocinador de un equipo de baloncesto que lleva el nombre y los colores de su empresa: verde esmeralda y negro. “Son comisionistas de acá que me pidieron ayuda”, dice Arroyo, quien invirtió alrededor de $1,5 millones en pagar el arbitraje y dotar a las doce jugadoras con uniformes, calzado y bebidas hidratantes. Su objetivo es claro: “Quiero darme a conocer. Que los compradores confíen en mí y así cerrar negocios para el futuro”.
No es el único. Aunque los participantes han respetado los sábados como un día de sano esparcimiento, saben que entre tiempo y tiempo se pueden acordar ventas importantes para la próxima que viene. “Es una buena actividad. Pero estoy aquí para comprar esmeraldas”, confiesa Tavasil Mahdi, comprador indio que vino desde Bangkok buscando gemas. Con seguridad concretará un precio ideal en ‘el tercer tiempo’, el espacio en donde se repasan los goles y los errores de cada jornada, al ritmo de la cerveza, en las tiendas que rodean al parque.
Hacia allí se dirigían los cabizbajos jugadores de Embrujo Verde, que no pudieron evitar una nueva derrota en la cancha. Durante el camino a la salida del parque tuvieron que soportar las críticas de sus familiares quejándose por el penalti fallado: “¡Pero se veía desde afuera que el balón estaba dentro de un hueco!”.