Cultura |7 Ago 2008 - 10:45 pm

Exordio en forma de pera

El gato que caminaba solo

Por: Carlos Andrés Almeyda Gómez/ Periódico Lecturas Críticas

Robert Orledge acude  a testimonios de primera mano para dibujar al músico Erik  Satie.

El mundo de Satie
Foto: Archivo

El mundo de Satie propone el hallazgo de una personalidad tan sorprendente y enigmática como su obra.   

A Germán Espinosa. Una acertada biografía hecha de retazos, caso de este libro de y sobre Erik Satie, permite que una postal en blanco y negro pase del plano unidimensional a una justa policromía hecha de la memoria, dado que en ella las múltiples voces que discurren evitan al biógrafo su quehacer de demiurgo. Más allá de la ficción o las fulguraciones propias al pasado ‘recobrado’ de personajes tan emblemáticos como Satie, Robert Orledge ha preferido acudir a toda suerte de “testimonios de primera mano”, artículos críticos, cartas y recortes de diarios y revistas, para permitir no una instantánea de este genial y bizarro músico, por lo demás propenso al mito o la caricatura, sino más bien para enfrentarnos a un hombre desde su condición vital, un “niño triste” cercado por la contradicción y, a su vez, llamado a empresas místicas o descabelladas, caso de un culto sin súbditos que Satie presidiría, L’eglise metropolitaine d’art de Jesús conducteur.

Como un entrañable álbum de fotografías, personajes como Cocteau —compañero de Satie en su apuesta por una estética lejana a la pretensión y la complejidad—, el cineasta René Claire, Blaise Cendrars, Man Ray, Sylvia Beach, Valentine Hugo o Igor Stravinsky, entre muchos otros, van dibujando ese retrato a mano alzada propio a un artista que viniera al mundo “muy joven en un tiempo muy viejo”, el tímido y atormentado alquimista compositor de Las gymnopédies, o los Tres fragmentos en forma de pera, junto a tantas otras piezas para piano, duetos, arreglos orquestales, ballets, música para la escena y episodios de contenida sencillez armónica, ejemplo de su Adagio, una pieza de menos de treinta segundos que mostraba a un Satie de 18 años alejado ya de los arabescos académicos, un joven músico devastadoramente minimalista.

El mundo de Satie propone el hallazgo de una personalidad tan sorprendente y enigmática como su obra. De su naturaleza cambiante, sus hábitos, sus excesos y su relación con amigos y parientes, cada episodio de su vida, organizada aquí con un orden más o menos cronológico, asoma en tanto las conversaciones se hacen más entrañables, lo mismo que al recorrer su proceso como compositor y sus afectaciones y visión frente a la música.  No por nada, el libro trae a colación lo que el músico francés Charles Koechlin afirmara a propósito de un cuento de Rudyard Kipling, “El gato que caminaba solo”, en relación al espíritu de Satie: “Su música tiene la misma elasticidad, la misma economía en el gesto (…) la misma independencia instintiva y absoluta”.

‘El mundo de Satie’.  Robert Orledge.  Adriana Hidalgo Editora. Buenos Aires, 2002

  • Carlos Andrés Almeyda Gómez/ Periódico Lecturas Críticas | Elespectador.com

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