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Cultura 31 Mayo 2008 - 5:42 am

¿Tuvo una hija en Muladó, Valle?

Los hijos del Libertador

Hace pocos días se volvió a desempolvar el tema de la supuesta descendencia de Bolívar.

Por: Héctor Muñoz/ Historiador
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Foto: /Cortesía Museo Nacional

Aún cuando no conduzca a nada concreto ni benéfico, ha surgido nuevamente la controversia sobre si en  la vereda de Muladó, corregimiento de Yumbo, Valle del Cauca, nació la única hija del general Simón Bolívar. La hipotética heredera del Libertador se habría llamado Manuela Josefa Bolívar Cuero. Nunca se demostró que esto fuera cierto.

Algunos historiadores vallecaucanos afirman que Bolívar no tuvo hijos con ninguna mujer y en ninguna parte de América. El presidente de la Academia de Historiadores del Valle, Carlos Calero, ha ido más allá y opina, contrario a lo sostenido por otros académicos del país y del exterior, que “Bolívar era estéril”.

Varios historiadores han dicho que el episodio de Muladó “es una fábula” y que no “se debe seguir sustentando un proyecto turístico en una historia que le hace más mal que bien”. Aparte del caso de Muladó, y revisando viejos documentos, se puede concluir que la mayor parte de los investigadores históricos  está de acuerdo en que Bolívar sí tuvo  hijos con mujeres colombianas y peruanas. Historiadores como Vicente Lecuna, Cornelio Hispano, José María Espinosa, Ricardo Palma, Antonio Maya,   Tomás Cipriano de Mosquera, José Fulgencio García, Antonio Cacua Prada y Héctor Muñoz —para sólo citar unos pocos— sostienen en distintas obras que Bolívar sí tuvo descendientes.

El Libertador era mujeriego, consiguió en diversas ciudades hermosas novias, fue casado con María Teresa del Toro —de quien pronto enviudó—, entabló amores con su prima Fanny Du Villars cuando anduvo por Europa y, como amante, convivió en Santafé de Bogotá con la bella “loca” Manuelita Sáenz, quien lo salvó de un atentado.

Gustaba Bolívar de las mujeres bonitas, distinguidas y elegantes, y acostumbraba besarles las manos, en público, y a elogiarlas exageradamente. Y las damas de la alta sociedad de los países que recorría, solteras y casadas, abrumaban al Libertador de atenciones, sonrisas y obsequios.

Cuando en 1828 se dirigía a Bucaramanga, pernoctó en el Socorro, Santander. En esta villa fue agasajado maravillosamente. Una de las damas que aquella noche sobresalía por su belleza, gentileza y elegancia, era la señorita Concepción Fernández. Bolívar la invitó a dirigir una contradanza, y al terminarla, le dijo: –“Señorita Conchita (así la llamaban en la villa): el hombre que nunca se arredró ante las balas enemigas, ha temblado hoy ante los ojos de una mujer socorrana”.

El baile de los perfumes

En 1805, cuando estaba en París y aún carecía de una idea fija acerca de su destino, Bolívar extrajo la pasión por el baile. En Europa, el vals con sus románticos compases convidaba a los jóvenes elegantes y enamorados, y Bolívar fue, desde el primer momento, uno de sus más constantes cultivadores y practicantes.

Bailó muchísimo y experimentaba la máxima felicidad cuando tenía una dama entre sus brazos. En tiempo de sus campañas, cuando su cuartel general se hallaba en una ciudad, villa o pueblo, se hacían bailes casi todas las noches y su gusto era terminar un vals e ir a dictar algunas órdenes, volver a bailar y después a trabajar.


Consideraba que después de haber bailado, sus ideas eran más claras y su estilo más elocuente.  “Incansablemente valseador, es capaz de estar bailando muchas horas sin parar, sobre todo si hay una mujer que le agrade y le resista; si ésta abandona el partido, toma otra; aun en plena guerra no perderá esta costumbre”, dice uno de sus biógrafos. Era tal su afición por la danza.

La pasión por el baile sólo la fue abandonando Bolívar dos años antes de su muerte, envejecido prematuramente y decepcionado. Pero aunque en mayo de 1830 salió muy enfermo de Bogotá con destino a Santa Marta, en el puerto de Honda, por la noche, no obstante su fatiga y debilidad, asistió a un baile que los principales le habían preparado como afectuoso homenaje.

En Perú, Bolívar vivió como un verdadero sibarita. Según cuenta don Ricardo Palma, muchas veces los militares de la generación que consiguió la independencia peruana decían, cuando se proponían exagerar el gasto que una persona hiciera en el consumo de determinado artículo de no imperiosa necesidad:  “Hombre, usted gasta en cigarros, por ejemplo, más que el Libertador en agua de Colonia”.

Efectivamente, en los cuatro años que permaneció Bolívar en Perú tuvo el Tesoro Nacional que pagar ocho mil pesos, invertidos en agua de Colonia para el uso del Libertador.

Ni estéril ni impotente

Pero como dicen en Boyacá, ahora sí “hagámosle a lo que vinimos”.  Ciertamente, el gran héroe tuvo hijos con diferentes mujeres de distintos países. Dos militares de la época de la Independencia dejaron escrito que el Libertador sostuvo relaciones íntimas con diecisiete mujeres. El general Carmelo Fernández, pariente de José Antonio Páez. Aseguraba que en La Chagua hubo una hija de Bolívar, pero no dijo quién era la madre.

En Bucaramanga, el Libertador le dijo a Perú de Lacroix, quien fue su amigo íntimo: “No se crea que soy estéril e infecundo, pues tengo pruebas de lo contrario”.

Hijo en Potosí

En 1822 vivía en Potosí una hermosa mujer de veinte años, llamada María Joaquina Costas, distinguida y amable. En esos días llegó Bolívar a la ciudad y entre la suntuosidad del recibimiento y las festividades del ascenso al cerro Potosí, pudo la atractiva joven en el momento de colocar sobre las sienes una corona de oro decirle al oído estas palabras: “Cuidado… quieren asesinarlo”.


Efectivamente, el oficial español León de Gandarias, pariente de María Joaquina, pretendía atacar a mano armada al Libertador. Bolívar no sólo quedó agradecido con la hermosa joven, sino que se enamoró de ella.

En voz baja le dijo: “Quisiera volverte a ver”. María Joaquina respondió:  “Yo, también, señor; necesito volveros a ver y ha de ser esta misma noche”.

Llegó la hora y Bolívar abandonó su alojamiento con el sigilo que era menester, fue a visitar a María Joaquina, y gracias a la invitación amorosa de la gentil muchacha, el Libertador se salvó de la muerte.

Meses después, María Joaquina dio a luz a un niño a quien bautizaron José, que con el correr de los años vino a ser alumno aventajado del Colegio Pichincha. En cualquier reunión familiar, José Costas cautivaba a la concurrencia con su guitarra y su voz. Era uno de los jóvenes más elegantes de su tiempo y ejemplo de la muchachada culta. María Joaquina vivía en Potosí en casa modesta pero decorosa. Se dedicaba principalmente a fabricar disfraces para las fiestas religiosas.

En 1855 dirigió un colegio de niñas internas denominado Santa Rosa. Cuando Bolívar supo en Perú el nacimiento de su hijo, quiso conocerlo y comisionó al general José Miguel de Velasco para que condujera hasta la Quinta de la Magdalena, cerca de Lima, a María Joaquina y a José. El encargo se cumplió con todo secreto para que no se enterara el esposo de la dama de Potosí, que entonces estaba en el ejército de Chile.  Pero algo debió saber o sospechar el marido ausente, pues abandonó definitivamente a su mujer.

A la muerte de su madre, José se dedicó a los trabajos campestres en el pueblo de Caiza, en donde contrajo matrimonio con Pastora Argandoña. Murió él en ese lugar en 1895.

Dice el escritor boliviano Julio Lucas Jaimes que hallándose doña María Joaquina próxima a la muerte hizo llamar al presbítero Ulloa, a quien le expuso lo siguiente: “Deseo y pido que no sea separado de mi cuerpo en la tumba este relicario que lleva el busto del Libertador y que me fue ofrecido por él mismo en prenda de amor y agradecimiento, por haberle salvado la vida en la noche solemne de la subida al cerro. Conocía yo la conjuración contra el héroe fraguada por mi tío, el teniente Gandarias, y no vacilé ni un momento en sacrificar mi honra a mi pasión y a mis deberes de patriota, evitando que fuera aquel grande hombre indignamente asesinado en su lecho. Pedí luego dinero y salvoconducto para aquellos conjurados, y Bolívar fue con ellos grande y generoso como en todo. Dios le haya premiado y me perdone a mí esta única falta grave de mi vida que siempre consagré al bien de mis semejantes y al recuerdo de Bolívar, mi único y solo amor en el mundo”.

También se sabe que de las relaciones de Bolívar con Juana Eduarda de la Cruz, en una cabaña ribereña del Magdalena, nació un hijo que se hizo sacerdote. Esto dizque lo demostró documentalmente Ciro Quintero Osorio. Llevó el apellido de su madre y se ufanó siempre en decir que era hijo del más grande genio de América. Este hijo del Libertador se llamaba Secundino Jácome.

Son citados otros dos hijos de Bolívar, uno de los cuales lo tuvo con una nativa de Piedecuesta, Santander. El muchacho se llamó Miguel Camacho, muy inteligente y con gran parecido físico al héroe. Miguel se casó en Quito.

Todo indica, pues, que el Libertador no fue estéril. Pero claro, no todo el que tuviera el apellido Bolívar era hijo del padre de la patria.

Y afortunadamente el Libertador no fue estéril ni impotente. Porque de lo contrario, el formidable “historiador” Hugo Chávez le hubiera echado ya la culpa a los colombianos.

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